Uno recuerda su
infancia como el mejor tiempo posible. La cronología es cosa de adultos. Un
niño nace para jugar, no para medir intervalos. Juega como si practicara una
religión, con los ídolos que tiene a su alcance. Durante un tiempo prolongado,
es ecologista: cree que las luciérnagas dominan el mundo. Al rato se aburre,
aprende a construir papalotes: su Dios tiene forma de rombo. Un día decide
fabricar cientos de barcos de papel por el puro deleite de irse lejos. Se
retira y vuelve a conseguir la felicidad.
A un niño no le
sobran malos ratos pero los cataliza con la rabia de ser feliz. Un niño visto
por otro niño es el aparato más ingenioso que existe: nunca terminan de
aparecer y desaparecer. La realidad es un acto de magia. El sueño es una
convención de magos y payasos. Despertarse consiste en nunca abrir los ojos. O
nunca darse cuenta que están cerrados. La infancia, el sueño y la realidad
tejen una sábana con la que un niño duerme sobre la tierra. Para soñar
salvajemente.
Al niño que juega con
tierra le dicen que no lo haga. Que se lave las manos, se ponga una camisa y
aprenda a comportarse. Error. Quienes no se comportan son los adultos, que han
olvidado su origen y sólo podrán recordarlo en circunstancias difíciles. Al
niño, lo difícil se le hace fácil. Vivir, morir, se le hace tan sencillo. La
tierra de donde nace, con la que juega, en la que dormirá. El mundo se reduce a
jugar con tierra, a querer la tierra como si fuera una madre. Madretierra, tú
los traes, tú los miras caer.
El aprendizaje básico
de la vida se encuentra en los primeros años. Nunca en los últimos, que son una
regresión a los primeros cuando ya no queda mucho tiempo. Cuando el tiempo se
ha ido incluso de los relojes. Cuando los adultos se han ido al mundo de los
niños. Y cuando los niños ya no están. Son los adultos los que hacen poesía
para buscar a los niños perdidos. Exploran lo ausente. Lloran como si
estuvieran locos. Desembocan en un clima de nostalgia tardía. El tiempo cobra
sus facturas.
La nostalgia es
nuestra segunda oportunidad para ser niños. O al menos así lo entiende Miguel
A. Cimé con su exposición Niños del
camino, actualmente exhibida en la sala 2 del MACAY. El aire bucólico y
una espontaneidad naïf se proyectan en los cuadros de este experimentado pintor
de la niñez difuminada. La niñez vuelta nube de polvo. Cimé reconstruye una
infancia idílica donde la simplicidad de un aguacero es más disfrutable que
Disney Channel. Porque antes, cuando llovía, uno intentaba mojarse a propósito.
El óleo en tonos
cálidos y fríos reanima las tradiciones infantiles hoy en desventaja por los
medios digitales. El internet le cortó la cabeza al trompo. La computadora le
mutiló un brazo al columpio. El teléfono móvil traicionó a la bicicleta. Y no
se trata de acusar. Eso es fácil de comprender y el público maduro —finalmente,
los testigos del cambio de civilización— captarán el enigma de estos trabajos.
Su derrumbe, su inocencia. Su lenta caída libre.
-Christian
Núñez
[Imágenes: cortesía del MACAY]
Reseña publicada en la columna EL MACAY EN LA CULTURA del Diario de Yucatán [23.01.2012]


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