The Plague, de Charlie Polinger, es un dispositivo de angustia adolescente. Monstruo bicéfalo que fusiona coming of age
y body horror con incisivo tinte político.
Charlie Polinger dirige The Plague (2025), opera prima que ha cautivado en su recorrido por festivales de cine independiente, recibiendo varios premios en diversas categorías. El soundtrack, a cargo de Johan Lenox, es deslumbrante: coros de intensidad trágica y ludismo siniestro se yuxtaponen con ritmos sincopados de una carga eléctrica que paraliza, y a ratos recuerdan las piezas experimentales del Medúlla de Björk o Le Fil de Camille. Mención aparte merecen las tomas subacuáticas cuyas coreografías remiten al David Lynch de cortometrajes como Six Men Getting Sick, The Alphabet o The Grandmother.
The Plague aborda la ansiedad social y el acoso juvenil en el contexto de un campamento de waterpolo. Ben (Everett Blunck) debe enfrentarse a las burlas de Jake (Kayo Martin) y compañía por su timidez y mala pronunciación de la letra t, lo que le obliga a decir Sop en lugar de Stop, y recibir el apodo de Soppy. Este casi humorístico incidente va en crescendo y destruye todo a su paso. Eli (Kenny Rasmussen), otro preadolescente que padece dermatitis atópica, es el blanco de las burlas más feroces. Ambos chicos terminan por compartir desgracias, de modo que la atmósfera se vuelve más insoportable y tribal.
La trama, un monstruo bicéfalo que fusiona coming of age y body horror, se sostiene por las actuaciones sobresalientes de los jóvenes, equilibrados por la figura del entrenador (Joel Edgerton), cuya presencia paternal y protectora resulta fallida, pese a todo. No obstante, The Plague tiene la rara cualidad de no atrincherarse en un solo género y, particularmente, de no aleccionar sobre lo que muestra. De ahí su elegancia, pues cuando parece moverse en una dirección específica—digamos, Carrie—, desvía las coordenadas y sorprende de forma positiva empleando un lenguaje propio, sin la sensación de macguffin.
Desde que vemos al desdichado Eli sentado aparte, con los audífonos reproduciendo Run Away de Real McCoy, podemos intuir que The Plague nos romperá el corazón. El horror es crecer, dejar atrás la infancia para hacerse mayor, sobrellevar ese proceso doloroso. Por momentos las imágenes del filme remiten a los episodios más crudos de Las partículas elementales, de Houellebecq, cuando Bruno sufre abusos en el instituto, y nada puede borrar ese recorrido vergonzoso hacia la adultez. Que las hormonas jueguen en contra nuestra, que haya eccema donde uno esperaba piel luminosa, que las chicas sientan asco en medio de una erección involuntaria.
Como dispositivo de angustia adolescente, La Plague pone el dedo en la llaga y lo hunde, pero la herida sigue abierta porque el filme concluye de un modo poético y se desvincula de cualquier moraleja hipócrita. Su mensaje sugiere un incisivo tinte político, aunque tal lectura no opaca la experiencia estética de sumergirse en el miedo a ser distinto, a la marginación casi ontológica, terrorífica. El núcleo del conflicto no es tanto la disculpa protocolaria sino el miedo primitivo al otro, a lo que imaginamos antes de lanzar la primera piedra. La acumulación de burlas, agresiones físicas e insultos desembocan en una catarsis capaz de iluminarnos en un sentido más profundo.
Advertidos están.
The Plague
Charlie Polinger
IFC Films, 2025