CONEJOBELGA

30 junio 2020

possessor_cuerpos invadidos



El segundo filme de Brandon Cronenberg

destila refinamiento visual y gore filosófico.

   

Precious and fragile things

Need special handling.

 

Depeche Mode

 

 

Possessor (2020) concentra los elementos gore de Antiviral (2012), el acercamiento mórbido a la sangre y la reflexión filosófica sobre los alcances éticos de la neurociencia. Con honestidad y perversión a partes iguales, Brandon Cronenberg sienta las bases del argumento en los primeros minutos y las lleva a sus últimas consecuencias dramáticas mediante un zoom introspectivo. Hurga en las heridas de sus personajes hasta, literalmente, desquiciarlos. Y no lo hace por afán de efectismo, sino por la lógica y el tono que sus historias exigen, cargadas de nihilismo y soledad.

 

A través de implantes cerebrales, Vos [Andre Riseborough] controla cuerpos inocentes para cometer asesinatos de alto nivel. Es decir, a modo de parásito manipula mentalmente a los autores materiales de tales crímenes. Dirigida por Girder [Jennifer Jason Leigh], regresa al mundo real con secuelas psicológicas que le hacen cuestionar su identidad y la desorientan emocionalmente. La situación se complicará cuando invada el cuerpo de un traficante de drogas [Christopher Abbott] para matar a su suegro [Sean Bean], dueño de una empresa tecnológica.

 

El argumento detona escenas crueles que provocan un crescendo emocionante. Hay elegancia cinematográfica en los homicidios a sangre fría y una construcción de personajes diseñada con frialdad quirúrgica. Todo lo que ocurre en un plano físico, el curso de la acción pura y dura, tiene un trasfondo psicológico que pone en perspectiva la relación causa-efecto, pero a la vez desestabiliza las percepciones del espectador. La identidad como máscara, la hipervigilancia corporativa o los límites de la ciencia aplicada son las esquirlas que se nos clavan en el cuello.

 

Possessor bebe de fuentes conocidas—el cine de Cronenberg Padre, los futuros distópicos de J. G. Ballard, la fragmentación de la realidad llevada al límite por Philip K. Dick—y, sin embargo, fluye en sus 104 minutos, no se dispersa en vanas ambiciones. Los hilos conductores tejen una elaborada trenza hi tech: desde la crítica a la hegemonía del cuerpo hasta el control de los monopolios empresariales, pasando por la fragmentación del yo y el peligroso influjo de la tecnología en el ámbito privado. Aquí Cronenberg Hijo brilla con luz propia.

 

Vale la pena mencionar que, si bien no es excluyente, la trama se dirige a cierto tipo de espectador salvaje que no se arredra con la contemplación de vísceras pero sobrevuela el ámbito del gore en busca de narrativas tortuosas y cerebrales. Si ya has disfrutado los episodios más subversivos de Black Mirror o las pesadillas sanguinolentas de Mariana Enríquez, adelante: lo que verás oscila del asesinato reflexivo a la violencia descarnada sin aburrir, sin adoctrinar. Y eso, en tiempos de Covid19 y caretas de Anonymous, ya es ganancia.