mayo 29, 2026

rogue flight_polvo de estrellas

 

Gráficos que destilan nostalgia pura, música inmersiva y gameplay adrenalínico. Si eres apasionado de los shooters espaciales tipo arcade, Rogue Flight te dejará sin aliento.

 

Rogue Flight, del estudio indie Truant Pixel, entra por ojos para estremecer tus pupilas. Su estética retro influenciada por el anime (con efectos opcionales de VHS y grano en la imagen) es un claro homenaje a series ya legendarias como Neon Genesis Evangelion y Gundam. Por supuesto, el doblaje en japonés e inglés, a cargo de actores de sagas icónicas, te volará la cabeza. También sabe cómo inducir a un trance de riffs alucinantes con su excelente OST, por cuenta de Fat Bard. La música, compuesta por un puñado de temas vertiginosos y rítmicos, abreva del metal progresivo y además incluye un intro original de la artista de J-Pop Itoki Hana y música adicional de Rinn. 

La historia sigue a Nadia Sawas, una piloto de carga sin experiencia en combate, que asume el mando de la nave Arrow para enfrentarse a una inteligencia artificial conocida como ARGUS. Debe actuar a contrarreloj, pues únicamente tiene 72 horas para concluir su misión. A través de un mapa distribuido en tres distintas rutas—alfa, beta y gamma—, tu objetivo será desactivar el núcleo del sistema centinela y neutralizarlo de forma categórica. Para ello, tendrás a tu alcance un arsenal de armas y dispositivos que mejorarán el desempeño de la nave: desde misiles autodirigidos y giros barrel roll hasta ametralladoras y disparos de onda, láser o plasma.

El sistema de juego invita a completar cada iteración para desbloquear la ruta más completa y el final verdadero. Además, a medida que progreses obtendrás mejoras para la nave y diseños cosméticos. Los mandos DualSense resultan muy responsivos al encadenar combos, en las batallas contra jefes de nivel implacables y a nuestro paso por el Sistema Solar a través de paisajes galácticos y biomas extremos. La acción termina volviéndose frenética, y el sabor a experiencias doradas de shooters clásicos se siente viva. En resumen, el control pulido, las cinemáticas hechas de nostalgia pura y su envolvente diseño sonoro hacen de Rogue Flight un título imprescindible.

Como dato extra, el desempeño en PlayStation 5 alcanza la resolución en 4K a 60 fps.

Con autonomía y originalidad, Rogue Flight construye una trama sólida, despojada de diálogos ociosos. Debido a su premisa mínima, directa y de tono dramático, se aparta del estándar y pisa el acelerador hacia un cierre apoteósico. Nadia Sawas a bordo de la Arrow posee un carácter estoico más cercano a Rei que a Sizuka, y eso no le resta carácter. Por el contrario, la vuelve una heroína capaz de transmitir expresividad con apenas un gesto mínimo desde su cabina o una respuesta lacónica a sus interlocutores. Al final—también ella lo ha intuido—todos somos polvo de estrellas. Así que no lo pienses tanto, y emprende esta aventura antes de que sea demasiado tarde.

 





abril 30, 2026

los domingos_lección de góspel para ateos

 

El impacto a nivel de crítica y público de Los domingos se explica por su aproximación salomónica a los misterios de la fe.

 

The only way to save us

Is through divine intervention

 

Rosalía, Berghain

  

Los domingos (2025), de Alauda Ruiz de Azúa, obtuvo el premio Goya a Mejor Película en su edición 40ª y la Concha de Oro en la 73ª edición del Festival de San Sebastián. La favorable recepción crítica y el excelente desempeño en taquilla obedecen principalmente a que logra integrar una perspectiva equilibrada sobre duelo, fe y autodeterminación sin sesgar el material mostrado. No lo sesga a favor ni en contra, y esta es una de sus grandes virtudes en un mundo que tiende a polarizar complejidades. Es también una película que sabe integrar los nodos que unen y separan a las generaciones españolas actuales con las pasadas, mostrando sus contradicciones más descarnadas con respecto al fenómeno religioso. 

 

Los domingos retrata un tema con varias aristas en medio de una crisis familiar. A sus diecisiete años, a punto de concluir el instituto, Ainara (Blanca Soroa) ha decidido enclaustrarse en un convento de monjas. Expone sus intenciones tanto a Iñaki, su padre (Miguel Garcés), como a su tía Maite (Patricia López Arnaiz), quienes no ven con agrado la vocación religiosa de la adolescente. La familia suele reunirse cada domingo en casa de la abuela Lila (Mabel Rivera), y las conversaciones en la mesa van de un tema a otro acumulando tensiones y un ambiente cargado de silencios, miradas equívocas e intenciones secretas. Frente a ello, Ainara, huérfana de madre, encuentra refugio entre las monjas y su mundo frugal.

 

El tono realista del filme se distancia del melodrama, y la contención emocional en escenas cruciales resulta de lo más logrado. Se plantea una batalla ideológica entre la fe de Ainara, el ateísmo rencoroso de Maite y la imparcialidad pragmática del padre, todo bajo el contexto de las legendarias comidas dominicales. La mirada íntima que disecciona los pleitos de familia, el peligro de las herencias ideológicas y los prejuicios personales conduce la trama con solvencia, transformando la simple anécdota en un colapso generacional. Mención aparte merece la secuencia del coro juvenil interpretando una versión gloriosa de Into My Arms, de Nick Cave and the Bad Seeds. Góspel puro.

 

Como en una epifanía, Los domingos vale por lo que muestra y lo que expresa silenciosamente. En el apartado técnico, varias de sus viñetas deslumbran a nivel sensorial y fundan un evangelio propio. Pero cuidado: la película no hace propaganda religiosa. Tampoco intenta desacreditar el catolicismo. Sabe repartir salomónicamente sus virtudes y algunos mínimos vicios: tanto quienes la defienden como sus detractores la han calificado como demasiado sutil o terrorífica, según el caso. Que un debate sobre un filme coming of age resuene extramuros indica no sólo la pertinencia del tema, sino la necesidad de abrir la conversación, examinar traumas colectivos y desinfectarse las heridas. Lo demás es proyección psicológica. 





Los domingos

Alauda Ruiz de Azúa

BTeam Pictures, 2025

 

febrero 09, 2026

the plague_run away and save your life

 

The Plague, de Charlie Polinger, es un dispositivo de angustia adolescente. Monstruo bicéfalo que fusiona coming of age 

y body horror con incisivo tinte político.

  

Charlie Polinger dirige The Plague (2025), opera prima que ha cautivado en su recorrido por festivales de cine independiente, recibiendo varios premios en diversas categorías. El soundtrack, a cargo de Johan Lenox, es deslumbrante: coros de intensidad trágica y ludismo siniestro se yuxtaponen con ritmos sincopados de una carga eléctrica que paraliza, y a ratos recuerdan las piezas experimentales del Medúlla de Björk o Le Fil de Camille. Mención aparte merecen las tomas subacuáticas cuyas coreografías remiten al David Lynch de cortometrajes como Six Men Getting Sick, The Alphabet o The Grandmother. 

The Plague aborda la ansiedad social y el acoso juvenil en el contexto de un campamento de waterpolo. Ben (Everett Blunck) debe enfrentarse a las burlas de Jake (Kayo Martin) y compañía por su timidez y mala pronunciación de la letra t, lo que le obliga a decir Sop en lugar de Stop, y recibir el apodo de Soppy. Este casi humorístico incidente va en crescendo y destruye todo a su paso. Eli (Kenny Rasmussen), otro preadolescente que padece dermatitis atópica, es el blanco de las burlas más feroces. Ambos chicos terminan por compartir desgracias, de modo que la atmósfera se vuelve más insoportable y tribal. 

La trama, un monstruo bicéfalo que fusiona coming of age y body horror, se sostiene por las actuaciones sobresalientes de los jóvenes, equilibrados por la figura del entrenador (Joel Edgerton), cuya presencia paternal y protectora resulta fallida, pese a todo. No obstante, The Plague tiene la rara cualidad de no atrincherarse en un solo género y, particularmente, de no aleccionar sobre lo que muestra. De ahí su elegancia, pues cuando parece moverse en una dirección específica—digamos, Carrie—, desvía las coordenadas y sorprende de forma positiva empleando un lenguaje propio, sin la sensación de macguffin. 





Desde que vemos al desdichado Eli sentado aparte, con los audífonos reproduciendo Run Away de Real McCoy, podemos intuir que The Plague nos romperá el corazón. El horror es crecer, dejar atrás la infancia para hacerse mayor, sobrellevar ese proceso doloroso. Por momentos las imágenes del filme remiten a los episodios más crudos de Las partículas elementales, de Houellebecq, cuando Bruno sufre abusos en el instituto, y nada puede borrar ese recorrido vergonzoso hacia la adultez. Que las hormonas jueguen en contra nuestra, que haya eccema donde uno esperaba piel luminosa, que las chicas sientan asco en medio de una erección involuntaria.

Como dispositivo de angustia adolescente, La Plague pone el dedo en la llaga y lo hunde, pero la herida sigue abierta porque el filme concluye de un modo poético y se desvincula de cualquier moraleja hipócrita. Su mensaje sugiere un incisivo tinte político, aunque tal lectura no opaca la experiencia estética de sumergirse en el miedo a ser distinto, a la marginación casi ontológica, terrorífica. El núcleo del conflicto no es tanto la disculpa protocolaria sino el miedo primitivo al otro, a lo que imaginamos antes de lanzar la primera piedra. La acumulación de burlas, agresiones físicas e insultos desembocan en una catarsis capaz de iluminarnos en un sentido más profundo. 

Advertidos están.


The Plague

Charlie Polinger

IFC Films, 2025