CONEJOBELGA

07 julio 2020

formol_notas para un corazón arrancado




En Formol, Carla Faesler urde

una trama de herencia y sacrificio.

    

I’m gonna break into your heart

I’m gonna crawl under your skin.

 

Iggy Pop

   

Asomarse a México como ejercicio tragicómico. Lo que se finge sonrisa puede ser un llanto atroz y desmesurado. Basta con mirar la historia reciente del país para no querer mirarla. Se acumulan cadáveres por guerras contra el narcotráfico, a las que se suman víctimas civiles del gobierno en turno, cascada púrpura. Si valiera la pena gritar, si en ello encontráramos consuelo, seríamos una boca doliente -> el Guernica.

 

Formol, de Carla Faesler, es un dispositivo literario que disecciona las reflexiones de Larca y, como contrapunto, el itinerario histórico de una víscera sumergida en formaldehído, su herencia familiar. Hasta aquí, se adapta a las convenciones mínimas de un relato. No obstante, el argumento se ramifica en apuntes, anécdotas gastronómicas, diálogos hilarantes, epígrafes líricos. Hay subtramas, minitramas e hipertramas: los vasos sanguíneos.

 

El libro tiene un origen peculiar, como Faesler puntualiza: «Formol era un libro de poemas. Llevaba mucho tiempo trabajándolo pero no estaba satisfecha con el resultado. En esas andaba cuando un buen día, recibí un correo de Mariana Castillo Deball, artista mexicana que vive en Berlín, invitándome a participar en su proyecto Never odd or even. La idea es que lxs participantes envíen una portada de un libro imposible, un libro que nunca podrá ver la luz, un libro de tema descabellado, inimaginable. Entonces me dije: claro, nunca voy a poder resolver Formol, es imposible. Entonces mandé la portada imaginaria, las pestañas, la cuarta de forros imaginaria e incluso, fragmentos de crítica imaginaria. A ella le gustó muchísimo, me dijo que era una idea extraordinaria. Ahí fue que pensé: tengo que escribir este libro y curiosamente, el haber imaginado el libro impreso, el libro como un objeto terminado, me sacó de la parálisis que me producía el asunto.»

 

De modo que sí, Formol es una novela y a la vez un libro-objeto, un artefacto duchampiano, parte de una metáfora vintage y dispone sus aristas o esquirlas a modo de instalación conceptual. Con yuxtaposiciones arriesgadas, ficción historiográfica y mucho humor negro, sus fantasías fúnebres le rinden homenaje al otro mundo. Encontrárselo es como llegar a Twin Peaks por cuenta propia, sin vanas recomendaciones, desde la pulsión interna.

 

Existe un trasfondo, una línea más o menos dibujada, boceto previo, y por encima vemos una pintura negra -> Goya. Es el adagio, cíclico y atroz, de nuestra sangre. Faesler ahonda en el paisaje emocional de la víscera que somos. Dialoga con Salvador Elizondo y su Camera lucida, trae al presente los sacrificios prehispánicos de Tenochtitlan y la extrañeza de lo familiar -> unheimlich. El mexicano respira muerte; Formol conserva ese legado.

 


 

Formol, 2014. Carla Faesler. Tusquets, Colección Andanzas.

 


02 julio 2020

roger torres agüero_el amor, esa energía



Pensar el amor, amar el pensamiento son los ejes

que activan este breve tratado filosófico.

 

 

A modo de novela filosófica, Hoy he vuelto a escribir, de Roger Torres Agüero describe un encuentro virtual que más tarde será decisivo en la vida del protagonista. Tamara, a quien está dedicado el libro, actúa como interlocutora de una intensa reflexión sobre el amor, la verdad y la realidad. El tratamiento es narrativo y conceptual a partes iguales, como una confesión íntima sobre la naturaleza platónica de las almas, el sentido de la existencia o la armonía de los opuestos. Asuntos que demandan, quizás, el buscador de Google a la mano.

 

Bajo el abrigo de intelectuales como Jaspers o Heidegger, el pensamiento fluye y lo que parece prolegómeno muta hacia la epístola, expande sus alas con fragmentos de prosa poética: adquiere una textura flexible, por momentos tan espontánea y sinuosa como un álbum de jazz. Una de las características más notables del texto es la formulación de preguntas que, a reserva de quien las responda, plantean un juego donde la ficción y la no ficción se traslucen. El narrador desmonta las palabras, observa sus mecanismos internos, la energía detrás de todo lo que es creado.

 

 
 

Esa cualidad de ensamblaje lingüístico—armar y desarmar ideas, frases, aporías, sistemas—le imprime al texto una función crítica: la de analizar supuestos y, solo entonces, adquirir saberes atemporales sobre la naturaleza del ser amado, el sentido último del cosmos y la metafísica que subyace en los límites de la nada. Las respuestas no son tan importantes como esclarecer nuestro pathos existencial. El cogito, ergo sum cartesiano se tropieza con Protágoras: el amor se manifiesta vía Facebook.

 

Pensar el amor, amar el pensamiento son los ejes que activan este breve tratado filosófico. A veces como novela, otras como ensayo, el cauce de las emociones proyecta un testimonio genuino. «Y el alma no conoce de tiempos ni de espacios. Solo conecta seres (dondequiera que estén) y les transmite esa energía», afirma la voz de un internauta impetuoso frente al teclado de la computadora. Hormigueos súbitos, emojis extravagantes, dudas y escepticismo. Quien no haya intentado semejante conexión de almas por wifi que arroje la primera piedra.

 

 
Disponible en Amazon

 

Hoy he vuelto a escribir, 2020

Roger Torres Agüero

Fondo Editorial Cultura Peruana

 

 

Imágenes: Unsplash I Calum Macaulay




30 junio 2020

possessor_cuerpos invadidos



El segundo filme de Brandon Cronenberg

destila refinamiento visual y gore filosófico.

   

Precious and fragile things

Need special handling.

 

Depeche Mode

 

 

Possessor (2020) concentra los elementos gore de Antiviral (2012), el acercamiento mórbido a la sangre y la reflexión filosófica sobre los alcances éticos de la neurociencia. Con honestidad y perversión a partes iguales, Brandon Cronenberg sienta las bases del argumento en los primeros minutos y las lleva a sus últimas consecuencias dramáticas mediante un zoom introspectivo. Hurga en las heridas de sus personajes hasta, literalmente, desquiciarlos. Y no lo hace por afán de efectismo, sino por la lógica y el tono que sus historias exigen, cargadas de nihilismo y soledad.

 

A través de implantes cerebrales, Vos [Andre Riseborough] controla cuerpos inocentes para cometer asesinatos de alto nivel. Es decir, a modo de parásito manipula mentalmente a los autores materiales de tales crímenes. Dirigida por Girder [Jennifer Jason Leigh], regresa al mundo real con secuelas psicológicas que le hacen cuestionar su identidad y la desorientan emocionalmente. La situación se complicará cuando invada el cuerpo de un traficante de drogas [Christopher Abbott] para matar a su suegro [Sean Bean], dueño de una empresa tecnológica.

 

El argumento detona escenas crueles que provocan un crescendo emocionante. Hay elegancia cinematográfica en los homicidios a sangre fría y una construcción de personajes diseñada con frialdad quirúrgica. Todo lo que ocurre en un plano físico, el curso de la acción pura y dura, tiene un trasfondo psicológico que pone en perspectiva la relación causa-efecto, pero a la vez desestabiliza las percepciones del espectador. La identidad como máscara, la hipervigilancia corporativa o los límites de la ciencia aplicada son las esquirlas que se nos clavan en el cuello.

 

Possessor bebe de fuentes conocidas—el cine de Cronenberg Padre, los futuros distópicos de J. G. Ballard, la fragmentación de la realidad llevada al límite por Philip K. Dick—y, sin embargo, fluye en sus 104 minutos, no se dispersa en vanas ambiciones. Los hilos conductores tejen una elaborada trenza hi tech: desde la crítica a la hegemonía del cuerpo hasta el control de los monopolios empresariales, pasando por la fragmentación del yo y el peligroso influjo de la tecnología en el ámbito privado. Aquí Cronenberg Hijo brilla con luz propia.

 

Vale la pena mencionar que, si bien no es excluyente, la trama se dirige a cierto tipo de espectador salvaje que no se arredra con la contemplación de vísceras pero sobrevuela el ámbito del gore en busca de narrativas tortuosas y cerebrales. Si ya has disfrutado los episodios más subversivos de Black Mirror o las pesadillas sanguinolentas de Mariana Enríquez, adelante: lo que verás oscila del asesinato reflexivo a la violencia descarnada sin aburrir, sin adoctrinar. Y eso, en tiempos de Covid19 y caretas de Anonymous, ya es ganancia.