CONEJOBELGA

14 noviembre 2019

the founder_mcdonald's: detrás de los arcos dorados



La frágil línea que divide
la oportunidad del oportunismo.
   
The Founder, la película que dirige John Lee Hancock, sintetiza la historia del nacimiento de McDonald’s. Protagonizada por Michael Keaton [Ray Kroc], Laura Dern [Ethel Fleming], Nick Offerman y John Carroll Lynch [Dick y Mac McDonald], nos muestra desde adentro cómo el negocio rural de dos hermanos logró convertirse en una franquicia multimillonaria. Bajo las presiones de Kroc, los McDonald redactan un contrato que le permita vender la franquicia del restaurante como un modelo exitoso de negocios. La fórmula es muy simple: hamburguesas, papas fritas y malteadas a bajo costo, a la venta directamente en ventanilla, en un local desprovisto de mobiliario para comensales. Bueno, bonito, barato. En una de las primeras secuencias, Kroc invita a los hermanos McDonald a cenar, y ellos le cuentan cómo, tras varios intentos fallidos, consiguieron consolidarse. Vemos el desarrollo de la idea inicial, los ensayos para estructurar cada departamento en una cadena de trabajo precisa, e incluso el plano arquitectónico de un establecimiento con arcos dorados, símbolo que Kroc utilizará a su favor como argumento de venta para convencer a futuros franquiciatarios.

A pesar de la aparente sencillez y austeridad del negocio, Kroc percibe que puede llevar más lejos la idea de los hermanos McDonald. Como telón de fondo, su vida conyugal es bastante aburrida, con riesgo de una crisis por estancamiento, y podemos percibir cómo la esposa—una magnífica Laura Dern—vive en constante reclamo de tiempo y atención. Las cosas se complican cuando Kroc decide hipotecar su casa y, a pesar que la franquicia se vende exitosamente, no obtiene las ganancias esperadas, ya que los McDonald le han presentado un contrato con muchas restricciones. Justo en ese quiebre, tras varias riñas telefónicas, Kroc recibe el consejo de un abogado astuto: Tu negocio no son las hamburguesas, sino los terrenos donde serán puestas en funcionamiento. Así, el comerciante decide cambiar el rubro de su empresa, logra por fin un crecimiento acelerado, se monetiza y, tras una serie de conflictos con los dueños, les presenta una propuesta económica para comprarles su negocio. Prácticamente, los obliga a vender. Estos firman la oferta, Kroc termina por volverse multimillonario; eventualmente se divorcia y contrae matrimonio con la ex mujer de un inversionista. Los McDonald nunca reciben sus regalías.








El tema de la película nos invita a reflexionar sobre la ambición, los contratos tramposos y la frágil línea que divide la oportunidad del oportunismo. Si bien Kroc no es un estafador, actúa de forma ventajista cuando encuentra el modo de explotar al máximo la idea del restaurante que un par de pueblerinos había concebido. El esfuerzo de toda una vida. Al carecer de control sobre el crecimiento de la franquicia, y desconocer los procedimientos legales para proteger su marca, los McDonald pierden una mina de oro que ellos mismos no supieron explotar. Como guiño irónico, podría decirse que el verdadero fundador de McDonald’s fue Kroc, aunque por malas prácticas. Una de las lecciones básicas de The Founder es precisamente la de mantener discreción sobre una idea de negocios que puede ser replicada o incluso apropiada de forma abusiva por alguien más. En México, existen procedimientos como el registro de marca ante el IMPI que protegen nuestro trabajo. Segundo: en las empresas, se aplica la misma regla para hacer dinero que en Wall Street: ser el primero, el más inteligente o hacer trampa. La elección de Kroc es clarísima. Los hermanos McDonald dieron el paso inicial, pero definitivamente no fueron tan listos.

Hacia el final, el fundador advenedizo explica que la grandeza de McDonald’s estriba en la potencia del naming. Evoca la inmensidad de Estados Unidos, es sonoro, compacto, glorioso. Al potenciar lo que dos provincianos habían creado de forma rudimentaria, Kroc improvisó un veloz modelo de crecimiento. La organización de Mac y Dick parecía impecable: todo funcionaba milimétricamente, eran populares (un poco a pesar de sí mismos), pero habían entrado a una fase robotizada, y no querían ver más allá de sus narices. Apenas con un restaurante, consideraban que no había mucho por hacer. Se resistían al cambio; su repudio feroz a implementar malteada en polvo como sustituto del helado lo demuestra. Kroc les enseña, y de qué forma, que el éxito de un negocio, la amplitud de sus límites, implica visión a futuro. Aunque haya que romper un par de corazones en el camino. Una última imagen, poderosa: el serialismo en la cocina durante la producción de las hamburguesas. Es el principio básico de la cultura empresarial que, traída al presente, forma parte de monstruos como Amazon o Alibaba. Un millennial idealista se cuestionaría sobre la deshumanización que hemos alcanzado como especie. O, tal vez, ordenaría una Big Mac.

The Founder -> disponible en Netflix




07 noviembre 2019

eusebio ruvalcaba_la ley de la cerveza



Eusebio Ruvalcaba es tajante en sus ensayos. Unas cervezas bastan para que la crudeza del hombre salga por los poros de su cuerpo, humedeciendo las servilletas de papel barato. Reseñamos Una cerveza de nombre Derrota.


VIEJOS CONOCIDOS
Para los visitantes habituales de bibliotecas o librerías es casi obligatorio tener un buen ojo, además de un instinto nato para encontrar algo más allá de las portadas atractivas o los títulos seductores que en muchas ocasiones llegan a ser lo único de valor que ese libro puede ofrecer. Otra práctica común es revisar siempre el mismo estante. Esto es para los más conservadores: sujetos metódicos que tienen varios minutos de su vida planificados con cautela y precisión. Por otra parte, están los más atrevidos, aquellos que conceden oportunidades a cualquier material que se les cruce, sin importar los efectos secundarios. Y luego estamos los que fallamos en todo eso. No me molesta admitirlo, pero soy casi ciego cuando entro a las bibliotecas o librerías. Demasiadas palabras, mensajes y códigos que descifrar. Debido a esto, me alegra encontrar un nombre familiar, aun en las estanterías más inverosímiles. Es como toparte con un viejo amigo en una fiesta concurrida en donde no conoces a nadie y en la que estar quieto en un rincón no es una opción.
 
UNA CERVEZA, POR FAVOR 
Así es como llegué a este libro, Una cerveza de nombre Derrota. Ruvalcaba no era un desconocido para mí. Trabajos anteriores como 52 tips para escribir claro y entendible, que me sirvió en mis primeros intentos de escribir algo, y un par de novelas como El portador de la fe y Un hilito de sangre, ya habían pasado frente a mis narices en otras ocasiones, aunque solo el primer título fue el que consiguió atraparme.

La honestidad con la que el autor se desenvuelve al compartir sus consejos a los escritores más novatos fue el principal motivo por el que pude empezar a leer sin detenerme. A diferencia de sus novelas, su prosa ensayística desbordaba personalidad, y a pesar de que también se trata de un artificio, es tan verosímil que te atrapa. Esta misma honestidad se repite en Una cerveza de nombre Derrota, una colección de breves ensayos en los que apremia un carisma que desvanece límites, tanto morales como filosóficos, y desafía al lector.
  


PARA TODO HAY LUGAR
El libro se divide en cuatro secciones, enumeradas y que mantienen una continuidad. No hay un tema principal por cada apartado; los temas que le importan al autor se repiten y mezclan conforme avanza la lectura. El cuerpo, el amor, la cerveza, los hijos, los vicios, el dolor, las mujeres, la literatura, el arte. Ruvalcaba revisa, desde lo mental hasta lo carnal, cada uno de estos tópicos. Pero no solo como una excusa para escribir al respecto, en cada una de sus líneas se nota un cúmulo de experiencias y deseos, así como un juego constante para engañar al lector, provocarlo, incomodarlo.  

SI HAS LLEGADO A ESTE PUNTO, ERES UN MORBOSO...
Eusebio, el de los ensayos, llena sus párrafos con afirmaciones que muchos pueden percibir como desagradables. Ve y escribe el mundo desde una visión pesimista y cruda. Las diversiones que se permite siempre son ácidas, nada es sagrado para un habitual consumidor de la Derrota. No hay espacio para romantizar. Sin embargo, el humor se desborda. La ausencia de espacios sagrados permite ver lo que ignoramos en nuestras acciones más humanas, razonamientos tan extraños como encontrar un buen compañero de borracheras en el hombre que ha tenido sexo con tu mujer, todo por el gusto de compartir. O los muchos motivos para beber ron, porque no siempre alcanza para un whisky. Incluso las ficciones que hace compartiendo un trago con personajes como Mozart o Wagner gozan de una verosimilitud tangible, pareciera incluso que somos los cómplices que escuchan, recordando, esa vieja anécdota que desata risas colectivas.
 
… O UN DERROTADO
Al menos estos ensayos nos dejan en claro algo: la derrota se debe tomar de la mejor manera, con un brindis y con historias para hacer una antología. Ruvalcaba nos enseña que detrás de un derrotado hay una confesión que nos libera de nuestra pesadumbre, que renueva la vista y agudiza el oído, ya sea para escuchar buena música, o un concierto completo que armonice con los gemidos compartidos que solo el buen sexo puede entregar. Una derrota no es tan mala, sobre todo si es con cerveza, y se sirve fría.



Una cerveza de nombre Derrota
Eusebio Ruvalcaba
Almadía, 2005
 


05 noviembre 2019

v for vendetta_recuerden, recuerden, el 5 de noviembre



Días que vale la pena festejar.

Más de 400 años han pasado desde que Guy Fawkes trató de hacer volar el parlamento inglés en un intento de asesinar al rey Jacobo I y restaurar así los poderes de la iglesia católica. Siglos después, en el XXI, esa fecha cobró relevancia más allá de lo local, pues lo ocurrido aquel 5 de noviembre dejó de ser un suceso aislado, propio de los textos históricos ingleses, para convertirse en una especie de símbolo de la lucha por la defensa de los ideales y derechos de los oprimidos por los poderes absolutos y totalitarios, gracias a la magia de los medios masivos de comunicación.

Cosa curiosa, Guy Fawkes fue un terrorista católico, un ultraderechista; idea lejana de lo que muchos portadores de una máscara con su rostro, en protestas antisistema, imaginarían; y su captura y muerte, ocurrida un 5 de noviembre, fue siempre motivo de alegría para el pueblo inglés que cada año se lanzaba a las calles a quemar efigies de Fawkes para recordar y reiterar el rechazo ante los excesos y lujos de la iglesia. En pocas palabras, la muerte de Fawkes significó el fracaso de una conspiración que pretendía devolverle a la jerarquía católica todos sus poderes, y un triunfo de sus opositores.

Sin embargo, ese rostro sonriente ya no es más Guy Fawkes, pues se ha convertido en V, gracias al cómic V for Vendetta y sobre todo a la adaptación al cine que del mismo se hiciera en el año 2005. La aparición de este film significó un giro de tuerca en la percepción que sobre Guy Fawkes se tenía, pues no solo lo puso en el mapa del interés mundial, sino que convirtió su rostro en un nuevo símbolo liberal de lucha y libertad, algo así como lo que por mucho tiempo representó el rostro del Che Guevara. Si en los años sesentas y setentas abundaban pintas del rostro del Che en las calles de muchas ciudades, hoy no es raro encontrar igual (o más) frases e imágenes de este personaje.

No obstante, Guy Fawkes no era como V, pero esto dejó de importar en el imaginario popular cuando a Fawkes le tomaron prestada la identidad para convertirla en un commodity mucho más interesante, universal, y vendible: "una idea, más allá de la carne y el hueso, a prueba de balas, simplemente inmortal". V lucha por la justicia, por la libertad, y por la revalorización del pueblo, y eso es quizá lo único que cuente ahora. El juicio sobre Fawkes, que quede en manos de los historiadores ingleses. Por otra parte, lo que V representa, aunque producto del cine como actividad comercial más que artística, es ahora patrimonio del mundo entero.

"Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre, no hay razón alguna para olvidar la conspiración de la pólvora" dice la canción, y esta frase nunca tuvo tanto sentido como ahora. Y aunque sea más por V que por el propio Fawkes, no olvidemos (por no decir entendamos) de dónde vino aquella maquinación tan popular y apreciada por muchos conocida como V for Vendetta.