CONEJOBELGA

25 diciembre 2021

índex_entre duchamp y gutenberg



Con curaduría de SAMIA FARAH y museografía de OMAR SAID CHARRUF, ÍNDEX: MUESTRA DE LIBROS DE ARTISTA, reúne a 20 creadores + colectivos en el CENTRO DE ARTES VISUALES, ubicado en el barrio de Santa Ana [MÉRIDA, YUCATÁN]. Construidas a partir de leyes efímeras, híbridas, mutables, las piezas motivan reflexiones en torno al libro como objeto y contenedor de experiencias.




NEW WEIRD


En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges relata cómo un reino ficticio, citado en una versión apócrifa de la Enciclopedia Británica, consigue emanciparse de sus orígenes literarios para incidir y apropiarse de la realidad. Lo publica por primera vez en el número 68 de la revista Sur [Mayo de 1940] y sienta las bases de la ficción especulativa. 


Orson Welles logró algo similar el domingo 30 de Octubre de 1938 con la transmisión radiofónica de LA GUERRA DE LOS MUNDOS, que generó un clima conspiranoico de escala masiva en Estados Unidos. Sin ir más lejos, el propio QUIJOTE perseguía gigantes que eran molinos de viento.


Las obras de ÍNDEX amplían estas coordenadas de imaginación new weird. Hay algo de enciclopedismo fantástico, odisea vintage y antología clínica en el orden y la estructura de sus elementos. Como en las novelas de GONÇALO TAVARES, cuya base ensayística desliza situaciones absurdas, o los cuentos atmosféricos y terribles de SAMANTA SCHWEBLIN que nos enseñan a leer personas, objetos y escenarios de forma transversal. 



UNBOXING KANT


El libro de artista se remonta a piezas como la CAJA VERDE (1929) de DUCHAMP y TWENTY SIX GASOLINE STATION (1963) de RUSCHA. Es posible afirmar que admite cualquier tipo de abordaje, materiales, intervenciones y procedimientos, siempre que el artista sea capaz de integrar sus ideas y aterrizarlas en soportes, físicos o virtuales, para una (potencial) exhibición/instalación.


Situado en la esquina más bien CONSERVADORA, HAROLD BLOOM defiende los criterios estéticos del libro por encima de la ideología, la política o el activismo social. También afirma que solo tres cualidades sirven para juzgar la obra literaria: poder cognitivo, belleza y sabiduría. Palabras más o menos, allí radica su esencia, el llamado CANON.


Sin embargo, el libro objeto es de vocación RUPTURISTA. Desafía la propia noción de lectura y la lógica de cómo y qué leer. A través de una visión integral, como emprendió KANT al unir racionalismo y empirismo, ÍNDEX juega con ambos polos. Se trata de una muestra sólida pero también versátil, llena de hilos narrativos invisibles y sorpresivos finales abiertos para pensar fuera de la caja.



LOOK & FEEL


Ciertos artistas presentan dispositivos que dependen de la INTERACCIÓN directa o convencional, una lectura que involucra el uso de las manos, la experiencia de hojear un volumen y apreciar sus atributos sensoriales (textura, paleta cromática, materiales heterogéneos). Otro tipo reúne trabajos de carácter EXPANSIVO: mapas, cronologías, documentaciones o registros lineales/asincrónicos. Se yuxtaponen conceptos que dan como resultado una variante insólita, que mueve a la ironía o al asombro.


El empleo de papel y soportes alternos transmite discursos monotemáticos, (auto) ficcionales, lúdicos, subversivos o introspectivos, para invocar mapas de pensamiento lateral. Cada LIBRO OBJETO contiene su mensaje a través de técnicas o medios que provienen de la escritura, las artes visuales/gráficas, el cine, la fotografía, el videoarte y el performance. Son PIEZAS cuyos rasgos formales mantienen una relación de mutuo beneficio con el ESPACIO MUSEOGRÁFICO. Este las contiene bajo un equilibro de funcionalidad y estética, con criterios de orden, limpieza y claridad conceptual.  


Dispuestos en seis módulos, estos objetos tienen presencia física, integridad ontológica y carisma estético. Las 6 salas en el Centro de Artes Visuales/CAV, eje rector de su distribución, destacan por una luz sabiamente dosificada. La secuencia milimétrica del montaje, el mobiliario idóneo para obras que requieren tratamiento especial y los accesos amigables con el espectador dan como resultado una visita de extraordinaria fluidez. 



WHAT IF…?


En suma, se aprecia un CONJUNTO donde artistas de varias generaciones y procedencias integran un cuerpo multiforme. Si bien hay vasos comunicantes (geografías/biografías apócrifas, aproximaciones desde el collage, el facsímil y el palimpsesto, maletas o cápsulas espaciotemporales, archivos íntimos), predominan sensaciones fantasmales de extrañeza y prodigio. De niño, uno solía leer ciertas revistas con el eslogan Believe It Or Not! Al final se preguntaba: “¿Será esto posible?” Así en ÍNDEX. 

Un álbum, una bitácora, un cuaderno científico son especies raras, hallazgos que pueden iluminarnos (como afirma Harold Bloom: Leemos para encontrarnos, para impulsarnos a un sentido más abundante de la vida) durante el trayecto. Cada libro despliega rutas metafísicas: el viaje del héroe, en el sentido de Joseph Campbell, que desde la llamada a la aventura hasta la apoteosis final nos obsequia intuiciones místicas. No leemos a otros: nos leemos en ellos, decía José Emilio Pacheco. ÍNDEX lleva esta consigna al siguiente nivel. 



SHOW, DON’T TELL


Dada la naturaleza irrepetible y única de cada obra—salvo fanzines y folletos impresos—, asistimos a  un escenario lúdico, ajeno a las reglas del mercado editorial. ÍNDEX nos invita a leer imágenes. El fenómeno estético puro nos sonríe. Las piezas rehúsan interpretaciones reduccionistas, exploran el otro lado del espejo, se cuestionan a sí mismas como artículos de consumo cultural. Se agradece la mirada de un testigo entrenado en arte contemporáneo, abierto a la empatía sensorial, cómplice de vivencias, sueños, fantasías, delirios que no reclaman ningún premio de la industria. 


Tal vez sin proponérselo, ÍNDEX sea una lección de humildad, un caballo de Troya contra el ego. Al reivindicar la función del libro sin circo mediático, lo devuelve a sus orígenes: proteger el conocimiento, transmitirlo a las generaciones futuras y mantener el fuego encendido. Esto ya lo intuía GUTENBERG hacia 1455. En La estructura ausente, anota UMBERTO ECO: Utilizar una piedra por primera vez no es cultura. Establecer qué y cómo la función puede repetirse y transmitir esta información del náufrago solitario de hoy al náufrago solitario de mañana, esto sí lo es. Un libro es una isla para evitar naufragios. 



LAS VOCES


Por su nivel de consistencia, alcances y temperamento, ÍNDEX recuerda al álbum Le fil [2005], de CAMILLE, donde todas las canciones fueron encadenadas de forma ininterrumpida sobre la nota SI. Palabras, voces, murmullos, risas. La VIDA misma que se fuga sin tregua. El resultado es asombroso.


Los creadores de ÍNDEX hablan sobre sus obras

 

SAMIA FARAH nos comparte sus impresiones sobre ÍNDEX



Proyecto + Curaduría

Samia Farah


Museografía 

Omar Said Charruf


Artistas

Alex Dorfsman · Anna Karen Miranda · Ariadne Guzmán · Esmeralda Torres · Laboratorio de Imagen · La Duplicadora · Luis Carlos Hurtado · Merma Editorial · Mina Bárcenas · Meghan Cardeña · Marijose Romero · Omar Said Charruf · Patricia Lagarde · Revista Vórtice · Samia Farah · Sofía Paredes · Valeria Sánchez · Vanessa López · Yani Pecanins · Yukari Uzeta 


Sede

Centro de Artes Visuales CAV. Centro Histórico de MID, frente al parque de Santa Ana. Horario de visita  de martes a viernes, de 9 AM a 8 PM; sábados y domingos, de 11 AM a 6 PM.







Este proyecto cuenta con financiamiento del programa Apoyo a Instituciones Estatales de Cultura (AIEC).


CONEJOBELGA agradece a SAMIA FARAH 

las facilidades para visitar la exhibición.


ÍNDEX. ENTRE DUCHAMP Y GUTENBERG

Contenidos: Christian Núñez

Imágenes: Omar Said Charruf

 

24 noviembre 2021

los pequeños macabros_eros, tánatos, satanás


Mediante un estilo de resonancias góticas, 

Los pequeños macabros, de Yesenia Cabrera

indaga con crudeza en el nihilismo cósmico.

 

Have you gone down

In the dark where none is welcome?

 

Dark Day, No, nothing, never

 

Los Pequeños macabros (Paraíso Perdido, 2020) obtuvo el Premio Estatal de Cuento de Tlaxcala «Beatriz Espejo» 2018. Bajo el pseudónimo Joyce Ligotti, Yesenia Cabrera hace un guiño al escritor de culto estadounidense y organiza una serie de ficciones violentas. Dividido en 5 módulos y un epílogo, además de un potente relato introductorio titulado 13, que recomienda el viejo adagio de no hacer tratos con el diablo, el libro inspira la misma sensación de tragedia, vértigo y morbo al ver un accidente automovilístico desde la ventanilla del automóvil. Atrocidades que bien podrían pasar por crónicas, muertes súbitas en situaciones inesperadas, imágenes de una crudeza naturalista, el bestiario es diverso y divertido. Que la autora cite a Stephen King o Edward Gorey en sus epígrafes en cierto modo tranquiliza. Uno sabe que está en buenas manos. O en sentido inverso: que el libro ha caído en las nuestras y llegaremos hasta el final. Entre monstruos no hay nada que temer. 


La nada, como aspecto fundamental de la vida, nos enseña los bordes del abismo. Más allá se dibuja un enorme agujero negro. En su seno la nada es un bucle o serie de fractales, álbum familiar del cosmos lleno de cuerpos putrefactos, gusanos y bacterias, cuaderno de contabilidad escrito por un autista metafísico. Se aprende, con el paso del tiempo, a reconocer esos límites, carencias o particularidades del sinsentido. Les conferimos valor estético. Los disfrutamos cínicamente. Pero la vida enseña que, tarde o temprano, su propio valor es el cero absoluto. Bienvenido entonces, animal bastardo, hijo de un plan superior fallido.  


El esfuerzo evidente por declarar afinidades, delimitar una franja y cavar hasta el fondo es otro de los atributos que Yesenia Cabrera muestra en su ópera prima. Lápidas, huesos y esquirlas conforman una economía del horror con resonancias góticas. De forma inexplicable, uno siente la atracción del vacío. En memoria de Frankenstein, nos dejamos subyugar por criaturas bestiales que alguna vez fueron humanas. Si la lectura fuese un búnker, en el encierro aprenderíamos lo necesario para evitar cualquier tentativa de socialización. La especie humana va directo al matadero. Respirar es tan solo un trámite. Una ficha fúnebre. Si en el transcurso de la catarsis explotamos en carcajadas, todo habrá valido la pena. En cuanto a humor negro, Los pequeños macabros brinda una terapia más poderosa que la de cualquier frasco de Fluoxetina. Vamos a reír en serio, de nuestra muerte y la de quienes amamos. De nuestras convicciones y las ajenas. A lo lejos ningún horizonte, ningún pájaro, ninguna señal. 


Y así con todo. Así también los colmillos, la tristeza, el bisturí. Así los hospitales y cementerios, el manicomio y la prisión. Así las muchedumbres, los grupos de manifestantes en Wall Street, prostitutas y monjes, la carne y el espíritu. Así las mariposas y luciérnagas que brillan en pupilas de moribundos a diario. Así los túneles donde Lumière y compañía esperan taciturnos. Así los árboles donde hemos enterrado mascotas y secretos de la infancia, así la soga, así la guillotina. Miramos hacia delante y morimos de miedo antes de cerrar los ojos y sentir la quijada del tiranousario rex. 


Ese nihilismo cósmico viene a posteriori, nunca se impone como cátedra. Simplemente ocurre, nos besa el cuello y, mientras desanudamos nuestros zapatos, caemos rendidos a sus pies. El horror es un paroxismo sensorial donde muere el propio lenguaje, una lápida metafísica. Entre ataúdes no hay alarde. La economía del vacío pone en orden las cosas. Yesenia Cabrera organiza relatos oníricos a modo de clústeres, pesadillas arremolinadas que recuerdan las tumbas de Bloodborne. La sensación de asistir a una función circense que terminará de la peor manera es la oferta inicial. Cada acto inspira miedo; es posible que algunos incidentes de insomnio y sombras ambiguas se multipliquen, incluso que prendamos fuego a nuestro dormitorio. Lo que un forense diría es que nada tiene importancia en este limbo de paredes sin techo, excepto la lectura de Los pequeños macabros; en las tinieblas, el cuerpo no miente. Y si pudiéramos oírlo, y si lográramos responderle, ¿pero acaso existe algo más hermoso que el mutismo post mortem?  


Reyes y bufones en el mismo circo que arde día y noche hasta que las cenizas manosean nuestros párpados. Uno se pregunta qué clase de Dios permite que sus criaturas sufran endemoniadamente. Uno se pregunta si esa deidad no es un monstruo, una serpiente que se muerde la cola. Uno se pregunta. Muere y se pregunta. La fauna cadavérica sigue su viaje al cataclismo. Y entonces la nada cobra sentido. Es en realidad lo único que no muere. Uno muere. La nada sigue ahí. Es una economía perfecta, profunda y misteriosa. Ecuación de una incógnita que siempre da cero. Eros y Tánatos. Satanás.

 

Los pequeños macabros

Yesenia Cabrera

Paraíso Perdido, 2020


12 octubre 2021

cuando las luces aparezcan_un atentado celeste

 

En sus ficciones, Roberto Abad crea un código

a partir del realismo y los géneros fantásticos.



Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco


Vicente Huidobro, La poesía es un atentado celeste




Constelaciones y nodos


En 1919, Freud publica el ensayo Lo siniestro (Das Unheimliche) para consignar sus observaciones acerca de cierto tipo de sensibilidad estética. Este concepto, que designa la extrañeza familiar, sirve a menudo para referirse al género fantástico desde una aproximación teórica. Hay semejanzas entre el término unheimlich y locus suspectus -> lugar indeseable (latín), xenos -> extraño (griego), uncanny -> raro (inglés). Como sea, la incertidumbre intelectual es condición indispensable para invocar lo siniestro. En palabras sencillas: nos asusta lo que no viene de casa. 


En Lo raro y lo espeluznante (2017), Mark Fisher intenta ir un poco más lejos. Primero traza una dicotomía entre lo unheimlich y este par de conceptos. Después concluye:


Sin duda alguna, hay algo que comparten lo raro, lo espeluznante y lo unheimlich. Son sensaciones, pero también modos: modos cinematográficos y narrativos, modos de percepción, y, al fin y al cabo, se podría llegar a decir que son modos de ser. En todo caso, no llegan a ser géneros. Quizá la diferencia más importante entre, por un lado, lo unheimlich y, por el otro, lo raro y lo espeluznante sea su manera de lidiar con lo extraño. Lo unheimlich freudiano se relaciona con lo extraño dentro de lo familiar, lo extrañamente familiar, lo familiar como extraño; la manera en la que el mundo doméstico no coincide consigo mismo. (…) Lo raro y lo espeluznante actúan a la inversa: nos permiten ver el interior desde la perspectiva exterior. Y, como veremos más adelante, lo raro es aquello que no debería estar allí. Lo raro trae al dominio de lo familiar algo que, por lo general, está más allá de esos dominios y que no se puede reconciliar con lo «doméstico» (incluso como su negación). La forma que quizá encaja mejor con lo raro es el collage, la unión de dos o más cosas que no deberían estar juntas.


Subgéneros como la ficción especulativa, el horror y el fantástico se ubican en tales coordenadas. De hecho, a partir del análisis de Lovecraft, Houellebecq define la estructura del relato fantástico como sigue: «Al principio, no ocurre absolutamente nada. Una felicidad trivial y beatífica inunda a los personajes, felicidad adecuadamente representada por la vida de familia de un agente de seguros en una zona residencial norteamericana. Los niños juegan al béisbol, la esposa toca un poco el piano, etc. Todo va bien. Luego, poco a poco, empiezan a multiplicarse incidentes casi insignificantes, que coinciden de manera peligrosa. El barniz de la trivialidad se agrieta, dejando paso a inquietantes hipótesis. Inexorablemente, las fuerzas del mal hacen su entrada en escena.»


Si trazáramos nodos entre autores latinoamericanos, sería fácil reconocer la obra de Samanta Schweblin, Mariana Enriquez y Luciano Lamberti dentro de la lista. Por lo menos diríamos que, sin renunciar a una tradición, es notable su entusiasmo por los subgéneros. También destaca otro rasgo: todos ellos reflexionan sobre procesos sociopolíticos en sus ficciones, tendencia que ya se podía apreciar en el Informe sobre ciegos de Ernesto Sabato, que pertenece a otra generación. «Hay una cuestión política en todo esto. La dictadura argentina, entre las múltiples perversiones que cometió, entregaba hijos de personas asesinadas a otras familias para que los criaran. Básicamente, les quitaba el derecho a la identidad, a saber quiénes eran», comenta Enriquez a propósito de su novela Nuestra parte de noche. 


A últimas fechas, ya se insinúa un gótico latinoamericano y un refrescante new weird latinoamericano. Si esto es así, hablamos no solo de movimientos nutridos por el influjo de la cultura pop, que disuelve jerarquías académicas, sino también de fajas impresas oportunamente para efectos de marketing. 



Ufología y conspiranoia


Cuando las luces aparezcan (Paraíso Perdido, 2020), de Roberto Abad, estructura seis relatos que bien podría insertarse dentro de los antecedentes arriba descritos. Conformado por dos mitades simétricas, Formas de abducción y Después del contacto, produce cuestionamientos en torno al otro como fuente de situaciones angustiantes y oníricas. A menudo sus personajes padecen pesadillas que remiten lo mismo a fenómenos extraterrestres que a fracturas del tejido social. De forma inversa, los trances oníricos insinúan realidades ajenas al orden lógico. Un Creepshow de alienígenas y alienados que sobrevuelan en tramas insanas. 


Formas de abducción, primer bloque del libro, reúne Historia sobre mi familia, El retrato y Amatlán. Tres episodios en ambientes rurales que se nutren de la ficción extraña y el realismo estadounidense, con giros argumentales precisos, angustia acumulativa y desenlaces abruptos. Después del contacto, la segunda camada de relatos, modifica su estrategia. El tratamiento de lo fantástico mezcla tonos y atmósferas, noir y sci-fi de manera menos cohesionada. Los visitantes, Hijo y El último experimento recuerdan episodios nunca vistos de series distópicas. Por contraste, ambas mitades hacen clic.


Cuando las luces aparezcan indica que Abad ha estudiado las señales de universos lejanos y sabe cómo crear símbolos propios. Pone las cartas sobre la mesa y sale bien librado. Va en busca de soluciones formales cinemáticas. Más de una secuencia en sus relatos crea la ilusión de estar viendo una película. El cuidado de la forma, los diálogos, algunas caricias al melodrama. Como sea, el título inspira optimismo respecto al futuro de la ficción especulativa en las mesas de novedades editoriales. Las historias ejercen un poder magnético devastador. Nos inducen al desconcierto, al epílogo del detective Cole en True Detective: 


«Hubo un momento, cuando estaba en la oscuridad: pude sentir que mis límites se agotaban. Y debajo de esa oscuridad, hay otra más profunda. Desaparecí. Luego desperté.» 


La tensión nunca resuelta entre ufología y conspiranoia, piezas de un puzzle destrozado, mapa que Borges jamás pudo ver, logra momentos de ansiedad tan atractivos como tortuosos. Danza húngara de agujeros negros. «No puedo juzgar la oscuridad, pero sí a los que habitamos en ella», informa uno de los personajes. «Adentro de mí crece un abismo», otro parece responderle. Incapaces de ver, imaginamos la farsa. Pero nunca sabremos si el truco del mago pertenece a un plan mucho más ambicioso. Y si es posible que esto mismo sea parte del complot: hacernos creer que lo descubrimos.   

 

Cuando las luces aparezcan

Roberto Abad

Paraíso Perdido, 2020