CONEJOBELGA

24 noviembre 2021

los pequeños macabros_eros, tánatos, satanás


Mediante un estilo de resonancias góticas, 

Los pequeños macabros, de Yesenia Cabrera

indaga con crudeza en el nihilismo cósmico.

 

Have you gone down

In the dark where none is welcome?

 

Dark Day, No, nothing, never

 

Los Pequeños macabros (Paraíso Perdido, 2020) obtuvo el Premio Estatal de Cuento de Tlaxcala «Beatriz Espejo» 2018. Bajo el pseudónimo Joyce Ligotti, Yesenia Cabrera hace un guiño al escritor de culto estadounidense y organiza una serie de ficciones violentas. Dividido en 5 módulos y un epílogo, además de un potente relato introductorio titulado 13, que recomienda el viejo adagio de no hacer tratos con el diablo, el libro inspira la misma sensación de tragedia, vértigo y morbo al ver un accidente automovilístico desde la ventanilla del automóvil. Atrocidades que bien podrían pasar por crónicas, muertes súbitas en situaciones inesperadas, imágenes de una crudeza naturalista, el bestiario es diverso y divertido. Que la autora cite a Stephen King o Edward Gorey en sus epígrafes en cierto modo tranquiliza. Uno sabe que está en buenas manos. O en sentido inverso: que el libro ha caído en las nuestras y llegaremos hasta el final. Entre monstruos no hay nada que temer. 


La nada, como aspecto fundamental de la vida, nos enseña los bordes del abismo. Más allá se dibuja un enorme agujero negro. En su seno la nada es un bucle o serie de fractales, álbum familiar del cosmos lleno de cuerpos putrefactos, gusanos y bacterias, cuaderno de contabilidad escrito por un autista metafísico. Se aprende, con el paso del tiempo, a reconocer esos límites, carencias o particularidades del sinsentido. Les conferimos valor estético. Los disfrutamos cínicamente. Pero la vida enseña que, tarde o temprano, su propio valor es el cero absoluto. Bienvenido entonces, animal bastardo, hijo de un plan superior fallido.  


El esfuerzo evidente por declarar afinidades, delimitar una franja y cavar hasta el fondo es otro de los atributos que Yesenia Cabrera muestra en su ópera prima. Lápidas, huesos y esquirlas conforman una economía del horror con resonancias góticas. De forma inexplicable, uno siente la atracción del vacío. En memoria de Frankenstein, nos dejamos subyugar por criaturas bestiales que alguna vez fueron humanas. Si la lectura fuese un búnker, en el encierro aprenderíamos lo necesario para evitar cualquier tentativa de socialización. La especie humana va directo al matadero. Respirar es tan solo un trámite. Una ficha fúnebre. Si en el transcurso de la catarsis explotamos en carcajadas, todo habrá valido la pena. En cuanto a humor negro, Los pequeños macabros brinda una terapia más poderosa que la de cualquier frasco de Fluoxetina. Vamos a reír en serio, de nuestra muerte y la de quienes amamos. De nuestras convicciones y las ajenas. A lo lejos ningún horizonte, ningún pájaro, ninguna señal. 


Y así con todo. Así también los colmillos, la tristeza, el bisturí. Así los hospitales y cementerios, el manicomio y la prisión. Así las muchedumbres, los grupos de manifestantes en Wall Street, prostitutas y monjes, la carne y el espíritu. Así las mariposas y luciérnagas que brillan en pupilas de moribundos a diario. Así los túneles donde Lumière y compañía esperan taciturnos. Así los árboles donde hemos enterrado mascotas y secretos de la infancia, así la soga, así la guillotina. Miramos hacia delante y morimos de miedo antes de cerrar los ojos y sentir la quijada del tiranousario rex. 


Ese nihilismo cósmico viene a posteriori, nunca se impone como cátedra. Simplemente ocurre, nos besa el cuello y, mientras desanudamos nuestros zapatos, caemos rendidos a sus pies. El horror es un paroxismo sensorial donde muere el propio lenguaje, una lápida metafísica. Entre ataúdes no hay alarde. La economía del vacío pone en orden las cosas. Yesenia Cabrera organiza relatos oníricos a modo de clústeres, pesadillas arremolinadas que recuerdan las tumbas de Bloodborne. La sensación de asistir a una función circense que terminará de la peor manera es la oferta inicial. Cada acto inspira miedo; es posible que algunos incidentes de insomnio y sombras ambiguas se multipliquen, incluso que prendamos fuego a nuestro dormitorio. Lo que un forense diría es que nada tiene importancia en este limbo de paredes sin techo, excepto la lectura de Los pequeños macabros; en las tinieblas, el cuerpo no miente. Y si pudiéramos oírlo, y si lográramos responderle, ¿pero acaso existe algo más hermoso que el mutismo post mortem?  


Reyes y bufones en el mismo circo que arde día y noche hasta que las cenizas manosean nuestros párpados. Uno se pregunta qué clase de Dios permite que sus criaturas sufran endemoniadamente. Uno se pregunta si esa deidad no es un monstruo, una serpiente que se muerde la cola. Uno se pregunta. Muere y se pregunta. La fauna cadavérica sigue su viaje al cataclismo. Y entonces la nada cobra sentido. Es en realidad lo único que no muere. Uno muere. La nada sigue ahí. Es una economía perfecta, profunda y misteriosa. Ecuación de una incógnita que siempre da cero. Eros y Tánatos. Satanás.

 

Los pequeños macabros

Yesenia Cabrera

Paraíso Perdido, 2020


12 octubre 2021

cuando las luces aparezcan_un atentado celeste

 

En sus ficciones, Roberto Abad crea un código

a partir del realismo y los géneros fantásticos.



Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco


Vicente Huidobro, La poesía es un atentado celeste




Constelaciones y nodos


En 1919, Freud publica el ensayo Lo siniestro (Das Unheimliche) para consignar sus observaciones acerca de cierto tipo de sensibilidad estética. Este concepto, que designa la extrañeza familiar, sirve a menudo para referirse al género fantástico desde una aproximación teórica. Hay semejanzas entre el término unheimlich y locus suspectus -> lugar indeseable (latín), xenos -> extraño (griego), uncanny -> raro (inglés). Como sea, la incertidumbre intelectual es condición indispensable para invocar lo siniestro. En palabras sencillas: nos asusta lo que no viene de casa. 


En Lo raro y lo espeluznante (2017), Mark Fisher intenta ir un poco más lejos. Primero traza una dicotomía entre lo unheimlich y este par de conceptos. Después concluye:


Sin duda alguna, hay algo que comparten lo raro, lo espeluznante y lo unheimlich. Son sensaciones, pero también modos: modos cinematográficos y narrativos, modos de percepción, y, al fin y al cabo, se podría llegar a decir que son modos de ser. En todo caso, no llegan a ser géneros. Quizá la diferencia más importante entre, por un lado, lo unheimlich y, por el otro, lo raro y lo espeluznante sea su manera de lidiar con lo extraño. Lo unheimlich freudiano se relaciona con lo extraño dentro de lo familiar, lo extrañamente familiar, lo familiar como extraño; la manera en la que el mundo doméstico no coincide consigo mismo. (…) Lo raro y lo espeluznante actúan a la inversa: nos permiten ver el interior desde la perspectiva exterior. Y, como veremos más adelante, lo raro es aquello que no debería estar allí. Lo raro trae al dominio de lo familiar algo que, por lo general, está más allá de esos dominios y que no se puede reconciliar con lo «doméstico» (incluso como su negación). La forma que quizá encaja mejor con lo raro es el collage, la unión de dos o más cosas que no deberían estar juntas.


Subgéneros como la ficción especulativa, el horror y el fantástico se ubican en tales coordenadas. De hecho, a partir del análisis de Lovecraft, Houellebecq define la estructura del relato fantástico como sigue: «Al principio, no ocurre absolutamente nada. Una felicidad trivial y beatífica inunda a los personajes, felicidad adecuadamente representada por la vida de familia de un agente de seguros en una zona residencial norteamericana. Los niños juegan al béisbol, la esposa toca un poco el piano, etc. Todo va bien. Luego, poco a poco, empiezan a multiplicarse incidentes casi insignificantes, que coinciden de manera peligrosa. El barniz de la trivialidad se agrieta, dejando paso a inquietantes hipótesis. Inexorablemente, las fuerzas del mal hacen su entrada en escena.»


Si trazáramos nodos entre autores latinoamericanos, sería fácil reconocer la obra de Samanta Schweblin, Mariana Enriquez y Luciano Lamberti dentro de la lista. Por lo menos diríamos que, sin renunciar a una tradición, es notable su entusiasmo por los subgéneros. También destaca otro rasgo: todos ellos reflexionan sobre procesos sociopolíticos en sus ficciones, tendencia que ya se podía apreciar en el Informe sobre ciegos de Ernesto Sabato, que pertenece a otra generación. «Hay una cuestión política en todo esto. La dictadura argentina, entre las múltiples perversiones que cometió, entregaba hijos de personas asesinadas a otras familias para que los criaran. Básicamente, les quitaba el derecho a la identidad, a saber quiénes eran», comenta Enriquez a propósito de su novela Nuestra parte de noche. 


A últimas fechas, ya se insinúa un gótico latinoamericano y un refrescante new weird latinoamericano. Si esto es así, hablamos no solo de movimientos nutridos por el influjo de la cultura pop, que disuelve jerarquías académicas, sino también de fajas impresas oportunamente para efectos de marketing. 



Ufología y conspiranoia


Cuando las luces aparezcan (Paraíso Perdido, 2020), de Roberto Abad, estructura seis relatos que bien podría insertarse dentro de los antecedentes arriba descritos. Conformado por dos mitades simétricas, Formas de abducción y Después del contacto, produce cuestionamientos en torno al otro como fuente de situaciones angustiantes y oníricas. A menudo sus personajes padecen pesadillas que remiten lo mismo a fenómenos extraterrestres que a fracturas del tejido social. De forma inversa, los trances oníricos insinúan realidades ajenas al orden lógico. Un Creepshow de alienígenas y alienados que sobrevuelan en tramas insanas. 


Formas de abducción, primer bloque del libro, reúne Historia sobre mi familia, El retrato y Amatlán. Tres episodios en ambientes rurales que se nutren de la ficción extraña y el realismo estadounidense, con giros argumentales precisos, angustia acumulativa y desenlaces abruptos. Después del contacto, la segunda camada de relatos, modifica su estrategia. El tratamiento de lo fantástico mezcla tonos y atmósferas, noir y sci-fi de manera menos cohesionada. Los visitantes, Hijo y El último experimento recuerdan episodios nunca vistos de series distópicas. Por contraste, ambas mitades hacen clic.


Cuando las luces aparezcan indica que Abad ha estudiado las señales de universos lejanos y sabe cómo crear símbolos propios. Pone las cartas sobre la mesa y sale bien librado. Va en busca de soluciones formales cinemáticas. Más de una secuencia en sus relatos crea la ilusión de estar viendo una película. El cuidado de la forma, los diálogos, algunas caricias al melodrama. Como sea, el título inspira optimismo respecto al futuro de la ficción especulativa en las mesas de novedades editoriales. Las historias ejercen un poder magnético devastador. Nos inducen al desconcierto, al epílogo del detective Cole en True Detective: 


«Hubo un momento, cuando estaba en la oscuridad: pude sentir que mis límites se agotaban. Y debajo de esa oscuridad, hay otra más profunda. Desaparecí. Luego desperté.» 


La tensión nunca resuelta entre ufología y conspiranoia, piezas de un puzzle destrozado, mapa que Borges jamás pudo ver, logra momentos de ansiedad tan atractivos como tortuosos. Danza húngara de agujeros negros. «No puedo juzgar la oscuridad, pero sí a los que habitamos en ella», informa uno de los personajes. «Adentro de mí crece un abismo», otro parece responderle. Incapaces de ver, imaginamos la farsa. Pero nunca sabremos si el truco del mago pertenece a un plan mucho más ambicioso. Y si es posible que esto mismo sea parte del complot: hacernos creer que lo descubrimos.   

 

Cuando las luces aparezcan

Roberto Abad

Paraíso Perdido, 2020


18 agosto 2021

nuestra parte de noche_línea de sangre



En su exploración del terror con elementos de crítica política y social, Mariana Enriquez crea un artefacto literario en sintonía con autores como Ernesto Sabato y Stephen King.


 

Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enriquez, relata la historia de una poderosa familia involucrada en sangrientos rituales, en el corazón de la selva argentina, y de cómo intenta perpetuar ese legado a través de un médium y su hijo. Es una novela de 667 páginas, dividida en 6 partes, que termina girando sobre su propio eje gracias a un ingenioso sistema de tiempo, espacio y acción. Los intereses temáticos que Enriquez dominaba en los dos libros de relatos publicados en Anagrama, espeluznantes como un par de mellizos malvados—Los peligros de fumar en la cama + Las cosas que perdimos en el fuego—, se amplían ahora en una polifónica estructura de voces alucinadas, donde muertos y desaparecidos por la dictadura argentina siguen flotando en pesadillas y trances. 


En Mariana Enriquez lo político es consustancial para fijar sus fobias y filias. No hay terror sin enfrentamiento con realidades turbias, muchas de las cuales ya se han documentado periodísticamente. En sus numerosas entrevistas, la escritora suele aportar datos complementarios, mencionar referencias. Como el caso de Omaira Sánchez, la niña colombiana cuya muerte a causa de un deslave volcánico fue televisada en 1985. El mecanismo mediante el cual se integran sucesos policíacos a tramas contiene tanto crítica social como pertinencia narrativa. La técnica, que también se observa en la producción de Stephen King, consiste en alternar varias capas de realidad a la ficción de manera dosificada. Hay suficiente elegancia en su modo de hacer sufrir a través de golpes emocionales.


Nuestra parte de noche incluye secuencias donde el terror seco, la violencia súbita y la angustia son tangibles. Aludir al terrorismo de estado durante la dictadura y ambientar el primer bloque de sucesos en un contexto turbio, de sonrisas ambiguas y falsas amabilidades, genera más miedo que un fantasma. También veremos fantasmas: todos los desaparecidos están frente a nosotros. Tras la muerte de Rosario, su esposa, Juan y el pequeño Gaspar viajan en auto hasta la casa donde Mercedes los recibirá en Puerto Reyes. Sabemos que el asunto terminará mal. La suegra es perversa; ella y la Orden están obsesionados con la inmortalidad—transferir su conciencia a otro cuerpo—y nosotros debemos caminar entre tinieblas, por senderos que recuerdan a las ilustraciones de Alfred Kubin.


La Oscuridad es un dios que solo Juan puede invocar, pese a sus problemas cardíacos. Esto lo convierte en un ser frágil, desconfiado. Enriquez consigue crear un personaje complejo, aislado socialmente, cuyo hijo heredará los mismos patrones. Ese legado inevitable convierte a Gaspar en un prisionero de una cárcel sin muros. Porque tiene a la Orden a sus espaldas, y aunque jamás los haya visto, es capaz de intuir el mal. La paranoia por una amenaza invisible lo está enloqueciendo: Gaspar huye de algo que está en su interior. Los dos bloques narrativos de sus aventuras con Vicky, Adela y Pablo, primero durante la infancia y luego en la adolescencia, son entrañables y tristísimos, nostalgia hardcore como en Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist. 


Pero aquí no hay vampiros, sino una casa que hace desaparecer a las personas. Quizá, también, los ecos de Shirley Jackson. Y mucha, muchísima sangre.  


Los homenajes remiten tanto al Informe sobre ciegos de Sabato como a It de King, pasando por Cumbres borrascosas de Brontë, dioses primigenios marca Lovecraft, imaginarios ocultistas del gótico inglés y canciones de Bowie, quien hace un par de cameos. Lo malo: en detrimento del ritmo, se acumulan demasiados nexos argumentales que eslabonan pasado y presente. Lo bueno: dado que se trata de un artefacto literario cerrado sobre sí mismo, como el reloj en Cronos de Guillermo del Toro, este monstruo sagrado se ha ganado un sitio de honor en la narrativa contemporánea. Sabato: “Existe una belleza trágica, que puede ser tenebrosa. La belleza tenebrosa de ciertos sueños, por ejemplo. Lo que pasa es que la palabra belleza es muy proclive a ser frivolizada. Porque lo lindo nunca puede ser trágico o tenebroso. La belleza, sí.” 


Desde ya les anticipo que el cierre es devastador.  


Nuestra parte de noche. Mariana Enriquez. Anagrama, 2019.