CONEJOBELGA

04 junio 2021

el precio de la desigualdad_stiglitz, aquí y ahora



El precio de la desigualdad, ensayo divulgativo de Joseph Stiglitz,

Premio Nobel de Economía, mantiene una vigencia perturbadora. 

 

Un pequeño rodeo: Antes de adentrarme en temas financieros, simplemente revisaba noticias y le seguía la pista a ciertos canales de YouTube sobre economía global (CNN, The Economist, incluso Vice o los análisis de Martha Flich en el Huff Post). Quiero decir, nada sistemático ni demasiado intrincado. Aunque en sí misma la economía tiene cierto grado de complejidad, nunca me había detenido a profundizar en la relación causa-efecto de nuestro modelo económico. Sin duda, me interesaban varios temas: los recovecos de la burbuja inmobiliaria de 2008, principalmente después de haber visto Margin Call (J. C. Chandor, 2011); el escándalo Strauss-Khan, diseccionado en Welcome to New York (Abel Ferrara, 2014), y también recuerdo que en su momento conseguí En la orilla, una novela de Rafael Chirbes (Anagrama, 2013) sobre el impacto de la burbuja inmobiliaria en España. Lo más impresionante a nivel sensorial fue el hallazgo de un cuerpo en el pantano de Olba, metáfora de la descomposición moral que se precipita sobre los habitantes de aquella región tras la crisis. Dos perros se pelean por un trozo de carne que resulta ser una mano humana, y el trabajador que descubre el cadáver se siente culpable de haberlo encontrado. 


En suma, la narrativa en torno a la crisis financiera, particularmente cruda y descarnada, me fascinó.


Varios años después, la lectura de El precio de la desigualdad, de Joseph Stiglitz (Taurus, 2012) irradia un tufo similar. El economista analiza los motivos por los cuales la brújula moral de los estadounidenses ha perdido el norte. La radiografía del modelo económico neoliberal reporta un diagnóstico negativo, que en resumidas cuentas ha taladrado la democracia y provocado múltiples protestas ciudadanas. Stiglitz defiende la regulación gubernamental para garantizar un mejor balance entre la equidad y la justicia. Enfatiza la enorme desigualdad entre los ciudadanos ricos y pobres, y esta polarización le obliga a formularse una pregunta que intenta responder en los capítulos que componen su ensayo: ¿Por qué razón los ricos están haciéndose mucho más ricos, por qué la clase media se está despoblando y por qué está aumentando la cifra de personas pobres? Stiglitz integra varios elementos a modo de respuesta, y es abundante al aportar contexto, datos duros y analogías comprensibles. Estamos ante una obra divulgativa, de modo que el ritmo es ágil, aunque repetitivo y tedioso por momentos, como si corriéramos cien veces alrededor del mismo parque. Sin que suene a spoiler, nos dice que para los estadounidenses de abajo y de en medio, la inseguridad económica se ha convertido en una realidad cotidiana.


Un caso particular contra el cual Stiglitz lanza sus dardos es el de las entidades financieras. La falta de transparencia en los mercados, las imperfecciones o asimetrías de información (cuando alguien sabe algo relevante para una transacción que otra persona desconoce) y las contribuciones del sector financiero a las campañas electorales son solo algunas de las contribuciones a la desigualdad. No es un secreto que el crack de 2008 fue desencadenado por las pésimas gestiones del sistema financiero estadounidense: las hipotecas subprime arruinaron el mercado por años. «Nuestros bancos contaminaron la economía mundial con hipotecas tóxicas, y sus fallos llevaron a la economía mundial al borde de la ruina, lo que ha impuesto enormes costes a los trabajadores y a los ciudadanos de todo el mundo. En principio, algunos de esos fallos de los mercados son fáciles de corregir: se puede obligar a una empresa que está contaminando a que pague por la contaminación que está creando. Pero las distorsiones provocadas por la información imperfecta y asimétrica están presentes por doquier, y no son tan fáciles de corregir.» De allí la función reguladora del gobierno, que establece las reglas básicas del juego y hace cumplir las normas. Sobre todo porque, como el autor explica, la desigualdad económica hace temblar a la democracia.


Es completamente lógico. Cuando sabes que un banquero justifica su sueldo por la enorme contribución que le brinda a la sociedad, aun a expensas de que esa misma sociedad se ve afectada por sus malas gestiones, entiendes que el problema de fondo es de índole ético, y que movimientos como Ocuppy Wall Street poseen una gran dosis de verdad. «Gran parte de la desigualdad que existe hoy en día es una consecuencia de las políticas del gobierno, tanto por lo que hace el gobierno como por lo que no hace. El gobierno tiene la potestad de trasladar el dinero de la parte superior a la inferior y a la intermedia o viceversa (para determinar) lo que es una competencia justa o qué actos son los que se consideran anticompetitivos e ilegales, quién percibe qué en caso de quiebra, cuándo un deudor no es capaz de pagar todo lo que debe, qué prácticas son fraudulentas y están prohibidas.» Lo que se denomina virtud ciudadana, el derecho a ejercer el voto, es una versión hipermoderna del antiguo imperativo categórico de Kant—Obra de tal modo que tu acción sea tomada por ley universal—, y le da un giro inesperado al asunto: Si la convicción de que el sistema político está amañado y es injusto persiste, los individuos simplemente se sentirán liberados de las obligaciones de esa virtud ciudadana. Fácil y sencillo.


Vuelvo a una referencia literaria: The catcher in the rye, de J. D. Salinger. Al inicio del capítulo dos, el adolescente Holden Caulfield platica con uno de sus profesores antes de fugarse de la escuela. Este le dice que la vida es un juego y que uno debe jugar según las reglas. Holden responde que sí, pero en su monólogo interior piensa que esas reglas no siempre funcionan. No funcionan cuando estás del lado equivocado. No funcionan si por ahí los tiros simplemente no llegan. ¿De qué juego hablamos entonces? Algo de esto comprendió Mark David Chapman, quien llevaba una copia del libro cuando asesinó a John Lennon en 1980. Y algo de esto han comprendido también los manifestantes contra el 1% más rico de la población mundial y tantos otros apologistas de Mr. Robot. Como teórico de la crisis actual, Stiglitz describe la etiología, el diagnóstico y la cura de cierto tipo de cáncer. Entre líneas, sus reflexiones detectan una metástasis ominosa: lo fatal crece en capas mucho más profundas, a ritmo acelerado y burbujeante.


 


El precio de la desigualdad. Joseph E. Stiglitz. Taurus, 2012.


 

25 mayo 2021

macroeconomía_nuevas reglas del juego

 

La economía mundial se rige por dos fuerzas antagónicas:

Por un lado, Estados Unidos y su capitalismo privado. 

Por el otro, China y su capitalismo de estado. 

¿Dónde queda México en esta ecuación?   

 


Jugarse la vida 


“Life is a game, boy. Life is a game that one plays according to the rules.”

“Yes, sir. I know it is. I know it.”


Game, my ass. Some game. If you get on the side where all the hot-shots are, then it’s a game, all right—I’ll admit that. But if you get on the other side, where there aren’t any hot-shots, then what’s a game about it? Nothing. No game.


J. D. Salinger, The catcher in the rye



Estar en la jugada es una de esas frases que uno utiliza para describir cuándo alguien, además de encontrarse en el lugar correcto con las personas correctas, aprovecha las circunstancias para obtener beneficios propios. Así México, debido a su relación comercial con Estados Unidos y Canadá, renovada en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), puede salir beneficiado de su alianza estratégica. Sobre todo ahora que los tiempos de Donald Trump y sus sanciones arancelarias quedaron atrás. Y, principalmente, a la luz de los retos postCovid19, que son muchos y diversos. Ya hemos visto postales trágicas en los últimos meses, como el caso de India y las cremaciones al aire libre, pero también encontramos cierto alivio al otro lado de la moneda, con los festejos de Madrid por haber superado las restricciones más duras y alcanzar la nueva normalidad. Hacia esa nueva normalidad, que es de todo menos normal, avanza México, con poco más de 19 millones de dosis aplicadas a la población. 

 



Divide y vencerás


A menudo escucho todo tipo de críticas sobre el actual gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO a partir de ahora) y principalmente me preocupan las que señalan su torpeza o desconocimiento en asuntos financieros. Trato de omitir las consignas ideológicas, el fervor casi místico de sus defensores y detractores, unos por odio, otros por amor, ya que no construyen argumentos sino más bien segregan opiniones fervientes o descabelladas, según sea el caso. 


Dambisa Moyo es una economista zambiana que traza un análisis riguroso acerca de las paradojas y similitudes entre Estados Unidos y China, las dos fuerzas en oposición que lideran el mundo. Básicamente, son dos variantes de un modelo similar: en tanto EEUU ha crecido aplicando la fórmula de capitalismo privado más democracia, China lo consiguió con un capitalismo de estado que en los últimos 30 años le ha permitido un impresionante crecimiento económico en detrimento de la democracia.


La pregunta que Moyo se plantea es la misma que los habitantes de los mercados emergentes nos hacemos: ¿es la democracia un requisito esencial para el crecimiento económico? Más bien, China demuestra lo contrario: el crecimiento económico es el factor indispensable para la democracia. Aunque parezca un juego de palabras, esta incógnita alude a una tendencia cada vez más preocupante, que está deteriorando los derechos políticos e individuales en los países de economías emergentes. 


A menudo, y lo constato en mis conversaciones con amigos de otros países, la sensación de que China se está convirtiendo en una especie de potencia mundial admirable resulta incómoda porque todo mundo acepta que pisotear la democracia bien vale la pena con tal de conseguir avances más rápidos en períodos relativamente cortos de tiempo. Esa idea no deja de plantear serios cuestionamientos éticos. Aceleración versus razonamiento, eficacia contra derechos humanos.


En sintonía con Moya, el economista Yasheng Huang menciona el caso de China, asombroso sin duda, como resultado de una infraestructura robusta que el gobierno construye a base del patrimonio estatal. Sin embargo, concluye exactamente lo mismo: la consecuencia de este modelo es que la democracia termina siendo un obstáculo para el crecimiento económico. Sin caer en falsas generalizaciones, el México de AMLO, con sus paradojas y similitudes, ¿no tiene un poco de esto?

  



Brújula y burbuja


Por otro lado, ¿qué decir de Estados Unidos tras los primeros capítulos de El precio de la desigualdad, de Stiglitz? En realidad ya tenía un par de certezas blindadas por el análisis duro, y luego de revisar Margin Call o Inside Job, leerlo confirma el efecto mariposa que provocó la burbuja inmobiliaria de 2008. Sobre este asunto, Stiglitz hilvana una lúcida reflexión de reminiscencias kantianas. Cuando Kant afirma en el imperativo categórico que es posible intuir el bien absoluto y practicarlo—y lo expresa en el aforismo Obra de tal modo que tu acción sea tomada por ley universal—está aludiendo a nuestra brújula moral, al hecho de practicar el bien de forma no condicionada y libre, por voluntad propia. En la misma sintonía, Stiglitz advierte:

Algo malo le ha sucedido a la brújula moral de muchísima gente que trabaja en el sector financiero y en otros ámbitos. Que las normas de una sociedad cambien de forma que tanta gente llegue a perder el norte moral dice algo significativo acerca de esa sociedad. Si por lo menos los mercados hubieran cumplido de verdad las promesas de mejorar el nivel de vida de la mayoría de ciudadanos, todos los pecados de las grandes corporaciones, las aparentes injusticias sociales, las injurias a nuestro medio ambiente, la explotación de los pobres podrían perdonarse. Pero para los jóvenes indignados y los manifestantes de otros lugares del mundo, el capitalismo no solo no está cumpliendo lo que prometía, sino que está dando lugar a lo que no prometía: desigualdad, contaminación, desempleo y, lo que es más importante, la degradación de los valores hasta el extremo en que todo es aceptable y nadie se hace responsable. 


 


 

Haciendo match


Y es aquí donde se alinean los astros. El tema de la democracia se hace visible en el análisis de Stiglitz e incluso armoniza con las observaciones previas de Moya y Huang: La desigualdad de Estados Unidos tiene un coste adicional, más allá de esa pérdida del sentido de identidad y más allá de la forma en que está debilitando nuestra economía: está poniendo en peligro nuestra democracia. Es justo en esa intersección donde reconocemos el núcleo de tantas preocupaciones. Más allá de si el modelo neoliberal ha funcionado o no—sobran argumentos y réplicas para editar una enciclopedia con fotos a colores—, muchos economistas temen que a partir de sus estrepitosos fallos los valores de la democracia en Occidente comiencen a desmoronarse. De hecho, ya está ocurriendo. Porque si las reglas del juego no están funcionando, ¿para qué existen? ¿Por qué debemos respetarlas? 


Fue también Kant quien dijo: No somos libres por lo que tenemos, sino por lo que podemos hacer sin tener ningún recurso material. Eso es justamente lo que ocurrió en Estados Unidos con la burbuja inmobiliaria, cuyas consecuencias movilizaron a la gente. Una interpretación del largo retraso en la aparición de las protestas masivas era que, en los inicios de la crisis, la gente confiaba en la democracia, tenía fe en que el sistema político iba a funcionar, que iba a exigir responsabilidades a quienes habían provocado la crisis y a reparar rápidamente el sistema económico—sostiene Stiglitz. Pero varios años después del estallido de la burbuja, quedó claro que nuestro sistema político había fracasado, igual que había fracasado a la hora de evitar la crisis, de frenar el aumento de la desigualdad, de proteger a los más desfavorecidos, de evitar los abusos de las grandes empresas. Solo entonces los manifestantes se echaron a las calles.

 

 


Aceleración y simbiosis


Hoy el juego está cambiando, las reglas han sido reescritas. Quienes creían estar en el lugar correcto, con las personas correctas, simplemente podrían haber perdido la brújula, completamente desorientados. Cuando la aceleración turbocapitalista se une al control estatal surgen verdaderos monstruos. Cuando las burbujas financieras explotan, el ciudadano promedio cambia de dirección. Estar en la jugada adquiere nuevos sentidos. Será interesante descubrir la posición de México, con quiénes se jugará la vida, y si estará del lado correcto.





09 mayo 2021

consumo acelerado_apuntes sobre el hámster y la rueda



Desde la burbuja inmobiliaria de 2008 hasta la crisis postcovid, pasando por el derrumbe del Rana Plaza y los homeless en Estados Unidos, el modelo neoliberal y su lógica de consumo están ocasionando estragos a gran escala. Aquí rastreamos las principales variables y formas de resistencia.

 

 

EPISODIO 1: CUANDO LA BURBUJA EXPLOTÓ 

 

Ser los primeros 

A mediados de 2008, la situación económica mundial enfrentaba un panorama complejo. La burbuja inmobiliaria estadounidense, inflada con hipotecas subprime, provocaría desastres a gran escala. El banco de inversión Lehman Brothers se declaró en bancarrota. Más de cien organizaciones del territorio estadounidense quebraron. El nivel de apalancamiento—la deuda utilizada por una empresa para financiar sus activos—había provocado un desplome histórico, comparable al de 1929. Se divisaba una Gran Recesión. 


Margin Call 2011, película dirigida por J. C. Chandor, presenta una visión panorámica del crack financiero orquestado por ejecutivos de Lehman Brothers. En particular, destaca cierto diálogo   agresivo de John Tuld, el director general—interpretado por Jeremy Irons—cuando los convence de liberar al mercado todos sus activos tóxicos: ¿Qué les dije desde el día que llegaron a mi oficina? Hay tres maneras de ganarse la vida en este negocio: ser el primero, el más inteligente, o engañando. Yo no engaño. Y si bien me gusta pensar que tenemos personas muy inteligentes en este edificio, es mucho más fácil ser los primeros.

 

Números y plegarias 

Dos economistas estadounidenses, Richard Wolff y Joseph Stiglitz, se oponen tajantemente al modelo económico neoliberal. Wolff señala que el verdadero problema está dentro del propio sistema. Por su parte, Stiglitz afirma que existen dos formas de llegar a ser rico: crear riqueza o quitársela a los demás. Es aquí donde entran en juego los cuestionamientos morales. En una entrevista al diario El País 12/03/2012, el escritor portugués Gonçalo Tavares decía lo siguiente:


La moral tiene que ver también con lo material; es trágico decirlo pero es así: cuando estamos satisfechos es fácil ser ético; cuando no, aparece una segunda moral y nadie de nosotros sabemos qué haríamos instalados en esa segunda moral. Ninguna ley es explícitamente violenta de inicio, lo que está ocurriendo es que pequeñas leyes van lijando los derechos humanos; aceptamos un pequeño dolor y lo asumimos, desaparece y ya podemos aceptar un pequeño dolor mayor; hoy aceptamos leyes laborales que hace cinco años habrían sido impensables, con despidos casi sin derechos; los derechos humanos, ante la presión económica, van desapareciendo peldaño a peldaño; en los hospitales públicos se miran los costes de los enfermos, como Hitler hacía en sus discursos contables, donde cuantificaba el coste de un alumno normal y de otro sordomudo; eso es el paradigma de la violencia contable, el preanuncio de algo peligroso… Empezamos a no estar lejos de la contabilidad nazi. Hay un personaje de un cuento de Andersen que dice algo así como: “Me pidieron que rezara pero solo me acordaba de las tablas de multiplicar”. Ese, para mí, es uno de los conflictos esenciales del siglo XXI: la gente que solo consigue pensar en las tablas o que solo puede rezar.


 

 

EPISODIO 2: VARIABLES Y CLAROSCUROS 

 

Recesión sin vacunas 

Hoy, tras la emergencia sanitaria del Covid-19, el mundo vive otra crisis agudizada por un sistema económico insostenible. Identificar el papel del capitalismo en el escenario postcovid, qué posición juega el comercio internacional dentro de la ecuación, y cuáles son las consecuencias de asumir este modelo son, de entrada, interrogantes que nos llevan al análisis de fenómenos dantescos. La emergencia sanitaria en países como India, donde el desabasto de oxígeno y las altas tasas de mortalidad están provocando desastres a gran escala, solo arrojan números negativos. El efecto es devastador. El Banco Mundial había previsto que la economía se reduciría un 5.2% durante 2020 y ahora nos encontramos ante la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial:


  • La pandemia está causando estragos en los planos económico y humano en los países más pobres.


  • Las perturbaciones a las cadenas de valor mundiales pueden agudizar los efectos de la pandemia sobre el comercio, la producción y los mercados financieros.


  • La recesión impactará directamente la inversión, en detrimento del capital humano debido al desempleo, así como un repliegue del comercio internacional y las relaciones de suministro.

 

Costos y precios 

Además de los números, también están las plegarias. Dentro de la lógica del consumismo acelerado, el documental The True Cost Andrew Morgan, 2015 muestra los estragos de la moda rápida en países como Bangladés. En 2013, el edificio Rana Plaza, que alojaba cuatro fábricas textiles de marcas como Benetton, Mango, Inditex y Primark, colapsó tras varias advertencias. Murieron bajo sus escombros 1134 personas, y 2437 resultaron heridas. Como daño colateral, la producción excesiva obliga a la sobreproducción de algodón con semillas transgénicas de Monsanto, cuyos campos suelen contaminarse con pesticidas que provocan cáncer y enfermedades congénitas.


Así, tenemos un sistema circular perfecto y catastrófico, que destruye la naturaleza mediante la contaminación del suelo. Además, destruye las condiciones laborales básicas para trabajar de forma segura. Por último, extingue derechos humanos y valores éticos. La activista Vandana Shiva explica: Las compañías que hacen las semillas transgénicas y los productos químicos son las mismas que hacen los medicamentos patentados. Así que tienes cáncer, hay más beneficios. Para ellos es ganar, ganar, ganar. Para la naturaleza y la gente, es perder, perder, perder.  Y, de nuevo, los números ya no cuadran. 


Otra contradicción inherente al sistema son las tribus urbanas de homeless en Estados Unidos: perdieron su casa por un divorcio, una enfermedad o porque la pobreza los arrojó a la periferia con las manos vacías. La burbuja inmobiliaria dejó secuelas en los agresivos contratos de alquiler, con sanciones en caso de incumplimiento de pago que incluyen desalojo forzado por cuenta de la policía y la imposibilidad de rentar otro inmueble más adelante. Pierre Simons, dedicado a recolectar latas en las calles de Nueva York, lanza un llamado a la acción frente a la bolsa de valores de Wall Street: Si un día todos nos uniéramos, clase media y pobres, y no fuésemos a trabajar, así de simple, eso haría temblar a todo el país.

 



EPISODIO 3: CONTRA LA LÓGICA DEL CONSUMO

 

Debate 

El escenario luce bastante sombrío, pero no se trata de afirmar que nos hemos equivocado de modelo económico. En el debate sostenido entre Slavoj Žižek y Jordan Peterson, tras la primera ronda de argumentos, Peterson vio con extrañeza que el filósofo esloveno, a pesar de haberse formado en la doctrina marxista, no postulara el comunismo a modo de solución para la compleja trama del mundo. Más bien ambos parecían perplejos, como dos adultos con Alzheimer mirando el horizonte.


Entre las posturas radicales y cinematográficas, tenemos por un lado lo que podríamos llamar la paradoja Godzilla: ante nosotros, un monstruo marino cuyas mutaciones fueron producidas por exposición a la radioactividad, convierte la urbe en un cagadero. Es un kaiju idolatrado por multitudes, un ícono. Podríamos morir calcinados y lo haríamos de buena gana: que sus rayos atómicos nos pulvericen. Así con quienes no dejan de consumir, porque opinan que es un mal necesario. En la esquina opuesta, tenemos a Tyler Durden, el amo de la anarquía, consejero del caos y personaje de Fight Club: Tú no eres tu trabajo, no eres cuánto dinero tienes en el banco. No eres el auto que conduces. No eres el contenido de tu billetera. No eres tus malditos pantalones. Eres la mierda obediente del mundo. Deja de consumir ya.

 

Aceleración y resistencia 

En El mundo como supermercado, Michel Houellebecq reflexiona sobre la dinámica del consumo: 


La publicidad instaura un superyó duro y terrorífico, mucho más implacable que cualquier otro imperativo antes inventado, que se pega a la piel del individuo y le repite sin parar: “Tienes que desear. Tienes que ser deseable. Tienes que participar en la competición, en la lucha, en la vida del mundo. Si te detienes, dejas de existir. Si te quedas atrás, estás muerto.” (…) La publicidad fracasa, las depresiones se multiplican, el desarraigo se acentúa; sin embargo, la publicidad sigue construyendo las infraestructuras de recepción de sus mensajes. Sigue perfeccionando medios de desplazamiento para seres que no tienen ningún sitio adonde ir porque no están cómodos en ninguna parte; sigue desarrollando medios de comunicación para seres que ya no tienen nada que decir; sigue facilitando las posibilidades de interacción entre seres que ya no tienen ganas de entablar relación con nadie.


Su alternativa para combatirlo es, quizá, la más coherente: 


Cada individuo es capaz de producir en sí mismo una especie de revolución fría, situándose por un instante fuera del flujo informativo-publicitario. Es muy fácil de hacer; de hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una posición estética con respecto al mundo: basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos.


El núcleo de ideas contenidas en este ensayo, publicado originalmente en 1997, ha tenido continuidad en las aportaciones de otros pensadores como Luciano Concheiro. En Contra el tiempo: filosofía práctica del instante (2016), describe con agudeza el funcionamiento de la lógica capitalista, donde la velocidad se desea con fruición:


Ir más rápido significa mayores ganancias. A la inversa, cada minuto desperdiciado conlleva pérdidas monetarias. Mientras que la rapidez, la eficiencia y la agilidad se santifican, la lentitud, la torpeza y la pereza resultan aberrantes. Téngase presente que la etimología de «negocio» es negotium, la negación del ocio y, así, del reposo. (…) El capitalismo como sistema económico y social está basado en un principio simple: «el apetito insaciable de ganar» (Marx). Su singularidad radica, más que en la búsqueda de ganancias, en que esta búsqueda es eterna. Un verdadero capitalista querrá incrementar su riqueza perpetuamente, jamás estará satisfecho y nada le será suficiente. Existieron sociedades en las cuales se obtenían ganancias monetarias por la compraventa de mercancías, pero el dinero conseguido era utilizado para adquirir otras mercancías. En el capitalismo, por el contrario, el dinero obtenido en los intercambios mercantiles es invertido para generar aún más dinero: la circulación del dinero es un fin en sí mismo.


El capitalismo acelera la rotación del capital con el fin de obtener mayor rendimiento. La plusvalía, o excedente logrado tras el desplazamiento de la mercancía, se maximiza. Así, explica Concheiro, la pulsión por aumentar la velocidad subyace en el devenir del capitalismo, que alcanza su siguiente fase, como Godzilla, bajo la denominación de turbocapitalismo: necesita de la velocidad para mantener los ritmos de crecimiento y las persistentes exigencias de ganancia.


Nuestras vidas están atrapadas en el consumo: vivimos consumiendo y consumimos para darles sentido a nuestras vidas. (…) El consumo se ha convertido en un sistema simbólico de comunicación mediante el cual los individuos construyen sus identidades dentro de un orden social que está basado en la desigualdad y la jerarquización. Cada objeto sirve no tanto para satisfacer una necesidad como para expresar una diferenciación entre un individuo y otro. La función de determinada bolsa de mano poco importa, lo central es el icono estampado en su exterior, aquel que implica un alto poder adquisitivo. La posesión del objeto termina siendo algo secundario, lo fundamental es lo que se expresa a través del propio consumo. Por ello, el deseo nunca puede ser saciado: no nos saturamos ni quedamos satisfechos al consumir porque lo que se quiere es comunicar—y la comunicación no tiene fin. (…) Por supuesto, la prioridad ya no es lograr que los individuos consuman, sino que lo hagan a una mayor velocidad.

 

Lo superfluo y lo necesario 

Si la economía es funcional bajo el modelo capitalista, siempre se paga un precio. Deseamos hasta límites inconcebibles, como en Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), el drama de una niña enferma de cáncer terminal cuyo padre, profesor de literatura en paro, extorsiona a una mujer con problemas mentales para complacer a su hija, comprándole cierto vestido rosa de un personaje nipón. 


Nadie tiene derecho a lo superfluo cuando alguien carece de lo necesario. A menudo nos cuesta distinguir una cosa de la otra. No obstante, lo superfluo y lo necesario son dos categorías yuxtapuestas en la lógica de consumo. Nos ahogamos en falsas dicotomías cuando somos los principales agentes dinámicos del sistema: el hámster, la jaula y la rueda que gira, todo al mismo tiempo. 


Uno pensaría que se trata de un asunto bizantino, pero no lo es. La velocidad está repercutiendo en los movimientos sociales y las jugarretas políticas. La lógica de la aceleración posibilita la concentración de poder y la toma de decisiones súbitas. ¿No hemos visto acaso que, tras la pandemia, nuestras condiciones de gobernabilidad se sienten como provisionales, y en cualquier momento se aprueba una reforma por debajo de la mesa? 


El valor del tiempo es uno de los videos más populares de José Mujica, el ex presidente uruguayo, y bien puede servir de colofón: O logras ser feliz con poco, y liviano de equipaje, porque la felicidad está adentro tuyo, o no logras nada. Pero como hemos inventado un consumismo, y la economía tiene que crecer, porque si no crece es una tragedia, inventamos una montaña de consumo superfluo. Y hay que tirar, y vivir comprando y tirando. Y lo que estamos gastando es tiempo de vida. Porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad.







19 abril 2021

sharp objects_esquirlas del gótico sureño



En Sharp Objects, Gillian Flynn explora

las turbias relaciones madre-hija con ejemplar salvajismo.

Reseñamos la adaptación del libro a la miniserie de HBO.



A veces nada te detiene cuando vas descendiendo

Y en el fondo no se encuentra la salida

En el fondo solo existen los comienzos


La Barranca, Cuervos



Llegué a la adaptación de Sharp Objects (2018) en HBO tras el impacto que Gone Girl me había producido, y lo hice a través de una reseña sobre el material audiovisual de Gillian Flynn, una autora de la que no he leído los libros originales. Mismo caso que con Game of Thrones, cuyos voluminosos tomos están esperando en algún lugar de mi biblioteca de series basadas en películas. Por supuesto, esa biblioteca no existe y es conocida la advertencia de que resulta engañoso juzgar el legado de un autor a partir de sus productos derivados. Ya en el colmo de la ironía, si uno es cínico, puede fingir que ha leído las obras originales con tan solo ver tal serie o filme, y construirse un concepto alternativo y personalísimo del asunto en cuestión. Errado y pretencioso, sí, pero honesto. Tantas obras de Stephen King se han diseminado gracias al cine que sería inútil y descabellado exigirle al consumidor cultural una devoción estrictamente lectora. 

Dirigida por Jean-Marc Vallée, la miniserie de Sharp Objects desarrolla el eje de la trama en torno al asesinato de dos niñas en Wind Gap, pueblo natal de la periodista Camille Preaker [Amy Adams/Sophia Lillis], quien es enviada por su jefe a cubrir el crimen. En cuanto se instala en la casa materna, olfatearemos una atmósfera que detonará recuerdos incómodos: la pérdida de su hermanita, el maltrato recibido por parte de Adora [Patricia Clarkson], su madre, y la tensa relación de amor-odio con Amma [Eliza Scanlen], su media hermana. En esa elegante casa victoriana se tejen resentimientos disfrazados de sobreprotección, antiguas culpas sublimadas en postales familiares, consumo masivo de alcohol y la melodía del gótico sureño destilando en los atardeceres opresivos. Naturalmente, la investigación de Camille se tuerce al conocer al detective Richard Willis [Chris Messina]; los giros de tuerca suben de tono hasta conseguir un crescendo malsano, y el final no decepciona.

Con Sharp Objects, tanto Amy Adams como Patricia Clarkson obtuvieron varios premios y nominaciones, y aunque las afinidades electivas se imponen al criterio consensuado, sin duda estamos ante una obra rica en matices, poderosa, decadente. Parece inofensiva pero no deja de escupir veneno. En la búsqueda del asesino, Camille pierde la propia estabilidad emocional, y ese derrumbe interior, manifestado en forma de alcoholismo y depresión, en plena edad adulta, ejerce una fuerza gravitatoria irresistible. Caemos en espirales para llegar a una última secuencia post créditos cargada de tanto sarcasmo que es imposible fingir que no ha pasado nada. Así como en la primera temporada de True Detective nos asomamos al problema del mal en estado puro, las disecciones de Gillian Flynn sobre el cuerpo familiar, las relaciones madre-hija y los fantasmas heredados provocan escalofríos. Y todo envuelto en un precioso gótico sureño de pesadilla. 








27 marzo 2021

novecientos noventa y nueve_lo duro y lo tupido

 

En Novecientos noventa y nueve, de Cástulo Aceves,

el agente Nepomuceno Castilla debe resolver los

crímenes cometidos en nombre de Arturo Belano. 

 

Recuerdo haber leído a Roberto Bolaño justo cuando ciertos amigos que estudiaban letras hispanas se convirtieron en fieles creyentes y conformaron una secta invisible pero agresiva contra los ateos y, peor aún, los paganos que se atrevían a cuestionarla, principalmente en las borracheras, toda vez que, tras haber leído Los detectives salvajes, 2666, Putas asesinas y demás títulos se creían portadores de autoridad para erigir al autor chileno como la cumbre de la literatura latinoamericana, un iluminado de su propia decadencia que enseñaría el evangelio a los neófitos. 


Con esa pátina de mesianismo izquierdista era difícil aproximarse a sus libros sin sentir repulsa, no obstante la experiencia me dejó bastante claro hasta qué punto el fantasma de Bolaño sería indestructible: mis amigos terminaron siendo lo que más detestaban, al arrullo de la publicidad, el marketing, las becas nacionales, quienes eran de izquierda se pasaron a la derecha, alguno acuñó la expresión vividores culturales para autodefinirse, en las presentaciones de libros y openings de artes visuales era posible reconocerlos bebiendo vino y tragando canapés tras haber leído lo nuevo de Alejandro Zambra y lo viejo de Raúl Zurita.


Cuando viajé con ellos a Guadalajara en el contexto de unas jornadas académicas, entre los temas de moda se hablaba de infrarrealismo, pero sobre todo de la reacción violenta contra Octavio Paz, el escritor de las élites intelectuales que durante décadas marcaron el rumbo de la cultura en México, en tal sentido la oposición de Bolaño, incluso las amenazas de secuestrar a Paz eran un síntoma de hartazgo transferido a los más jóvenes, quienes simpatizaban con cualquier ideología antisistema, y perdían un poco la perspectiva entre el heroísmo de rechazar protocolos y los berrinches de ovejas descarriadas.


Lo mejor y lo peor de Bolaño está en su vocación incendiaria de prenderle fuego a falsos ídolos. Desde allí entonces abordo la reseña de Novecientos noventa y nueve (Paraíso Perdido, 2018), de Cástulo Aceves, historia en clave de novela negra que indaga el rastro de Bolaño en el círculo literario tapatío, bajo la identidad de su alter ego Arturo Belano, y los recovecos pasionales de discípulos apócrifos, varios de ellos asesinados por una supuesta logia. Aceves formula preguntas que si bien pertenecen a un registro narrativo ya codificado, fluyen hacia su propio cauce, de modo que la obra es funcional como pieza independiente.


El hilo de la trama no teme arriesgar su postulado base y, de forma sorpresiva, introduce cameos con los editores del sello al que pertenece la propia novela, giro tarantinesco, como parte de los interrogatorios del agente Nepomuceno Castilla, experto en asesinos seriales, para encontrar al autor de los crímenes, por demás crueles, y aunque los arquetipos literarios predominan no es difícil remitirnos al imaginario cinematográfico, surgen referencias pop aquí y allá. Desde luego derribar ídolos nunca será fácil, menos aún cuando se trata de Bolaño, deificado en manos de sus adeptos cuando él mismo era un desmitificador.


Aceves muestra ese conflicto, su melodía es la dialéctica del artista marginado que deviene rockstar, el escritor anti-stablishment absorbido por el mainstream, oh paradojas del liberalismo económico: Fidel Castro con sudaderas Adidas. Y, sin embargo, hay en Novecientos noventa y nueve la suficiente madurez para reírse del real visceralismo y rendirle homenaje sin aparente contradicción, mediante un buen manejo del ritmo, personajes maliciosos pero entrañables, relaciones conyugales deshechas, intriga policíaca y humor negro en grandes dosis, atributos suficientes para leer sus páginas salvajes.


La regla de oro es el escepticismo, la defensa melancólica de ciertos valores literarios por encima de las poses de vanguardia, el llamado al sentido común en tiempos dogmáticos, porque nunca dejan de haber hooligans de las letras que terminan por esgrimir su histeria colectiva, así como intelectuales orgánicos que jamás jugaron fútbol en la terraza del vecino, un poco de ambos se integra al conjunto, entre lo duro y lo tupido, Novecientos noventa y nueve sabe cómo armar ese combo, surfea en el océano de metaficciones con bastante fluidez y no exige la lectura previa de ningún mamotreto.


Como artefacto literario, se vale de la parodia antes de darnos el golpe y como tributo al corpus de Bolaño, siembra dudas respecto a las razones de su prestigio. Aceves no siente la obligación de justificar a ningún personaje, Nepomuceno Castilla posee su propio sistema de valores, se rodea de frikis, escritores amateurs y demás fauna nociva y uno quiere ahorrarle ese vano sufrimiento, pero es parte de la curva dramática por la cual debe ascender y luego desplomarse, solo cuando el caso lo sobrepasa, intuimos lo que hay detrás, los hilos del mundillo cultural, la mafia, la cosa nostra, se manifiestan.


Castilla descubre auténticos fraudes auspiciados por jerarquías de saber y poder, pero en él no hay corrupción, permanece intacto como el toro de Bukowski: y cuando lo sacan arrastrando, nada ha muerto, y el hedor final es el mundo. Los treces capítulos que componen Novecientos noventa y nueve vienen cargados de kryptonita. No traicionan la inteligencia del lector; poseen garra para hacernos sufrir lo justo y necesario. Por su atención al detalle, el riguroso tratamiento de los homicidios y la intempestiva jugarreta del final, es la novela idónea para quienes han establecido con Bolaño una tierna relación de amor-odio.

Novecientos noventa y nueve

Cástulo Aceves

Paraíso Perdido, 2018