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julio 07, 2023

megaloceros_el ciervo primigenio


Gerardo Lima teje seis historias de nihilismo cósmico a partir del ciervo como animal ominoso. Reseñamos Megaloceros.

 

Mantener la libertad de perderse, poder salir de la «red» que nos ha capturado a todos, esperar en el silencio sutil de la naturaleza a que algo se revele—y vivir el momento en que nuestro camino depende de esa revelación—es la experiencia original de la espiritualidad y del sentimiento de lo sagrado que el hombre arcaico ha percibido de forma espontánea, que eremitas de todo tiempo han encontrado en los lugares desiertos y que siempre podemos poner a prueba en nosotros mismos con una inmersión total entre la tierra y el cielo. 


Franco Michieli, La vocación de perderse



El horror y el éxtasis religioso guardan extrañas similitudes. Ambos privilegian una sensibilidad particular hacia el mundo y la naturaleza. Un distanciamiento de las cosas materiales, una renuncia. No son pocos los pensadores que advierten sobre los riesgos del consumo acelerado, esa vertiente falaz del turbocapitalismo. Sustraerse de la vorágine implica ir a paso lento, aprender a mirar. Quienes disfrutan del paisaje solitario y la quietud introspectiva, también valoran lo que suele llamarse el movimiento slow. Aprecio de la lentitud, filosofía del ocio, el infinito potencial de los bostezos. Las letras requieren una inmersión equivalente. Ciertas obras se degustan como vinos del intelecto. Exigen maduración, paciencia, entusiasmo. Me sorprendí hace unos meses al oír que un chico en una librería pidió que le recomendaran el libro de Lovecraft más vistoso para tomarse algunas selfies, subirlas a Instagram y viralizarlas. Cthulhu debería estar emputado. Mircea Eliade negaría con la cabeza, imagino sus sermones: «Tira ya tu móvil. En época de religiones uranas, te sentaría bien observar una catástrofe masiva bajo el cielo estrellado. Los dioses primigenios encontrarían la manera de arrojar su furia contra todo ser vivo, incluyéndote. Reconsidera.»


Así las cosas, el préambulo sirve para contextualizar Megaloceros, Libros del ciervo (Paraíso Perdido, 2021), de Gerardo Lima, doble volumen de relatos cuyas portadas a cargo del artista ruso Vergvoktre roban el aliento. A simple vista, parece un álbum de metal gótico y uno abre sus primeras páginas con la sensación de irrumpir en un santuario de epifanías oscuras. La prosa edifica una catedral de proporciones monstruosas. Los seis cuentos se articulan en torno a Amarillo, y llevan por título una especie de cérvido en particular: Ciervo Rojo (Cervus Elaphus), Blackwood (Alces Alces), Wapití (Cervus canadiensis), Sibuxiang (Elaphurus Davidianus), Caribú de los páramos desérticos (Rangifer tarandus desertus) y La Antigua (Megaloceros giganteus). Cabe imaginar la amplitud y escala del proyecto con sólo leer los índices. El territorio amarillense, dividido en tres regiones, destila crueldad en sus raíces. Se trata de una región ficticia con ecos de Chambers y la supervisión arquitectónica de Lovecraft. Los habitantes alimentan viejas costumbres y creencias, rumores viajan de boca en boca, el mal se filtra en sus linajes. Una particularidad de la geografía es que fusiona lugares reales con imaginarios en un México deslavado y ocre. Casi puede olfatearse.


Y es ahí donde Lima da rienda suelta a una serie de eventos sobrenaturales protagonizados por ciervos y humanos en continua simbiosis trágica. Un hombre narra el cataclismo: «Amarillo es el carbón que mantendrá viva la hoguera cuando venga la noche helada.» La forma en que la geografía se introyecta en los vasos sanguíneos de las narraciones hace recordar a Faulkner y Rulfo. Hay un modo de narrar que va de lo polvoriento a lo húmedo y profundamente insano. Bosque, niebla, montaña, lago. Amarillo irradia perversión, fundada en espíritus antiguos, míticos, anteriores a la especie humana. El autor documenta sus historias con detalles fascinantes sobre la flora y fauna, ejerce un tipo de hipnosis hacia el lector; sabe cómo arrastrarlo al cataclismo. No hace falta revelar ningún desenlace, pero son contundentes y atroces. De ahí que demore lo necesario en erigir las estructuras argumentales para luego detonarlas. La revelación de lo grotesco surge de forma brutal. Como debe ser. El descendiente de una vieja familia escocesa descubre su filiación con los alces: «Me vi a mí mismo en ellos. Mi rostro. El claro fenotipo de los Blackwood.» Un pintor aislado en medio del bosque, asiduo lector de Cioran, pasará un mal momento durante la noche de Halloween.


El diablo está en los detalles, y Lima se deleita en ellos. Alimenta a sus criaturas con especial delectación morosa. Quizás parezca excesivo, pero nunca desentona. El segundo tomo incluye a un par de documentalistas en espera de una especie que definitivamente no es inofensiva. Ambientado en una zona montañosa, el cuento dará un giro turbio hacia el final. A menudo, los lectores curtidos apreciarán el aroma de la hemoglobina, sus reverberaciones místicas. En reivindicación de la naturaleza como fuente de experiencias tribales, Megaloceros activa nuestro sistema límbico igual que Heilung, la banda de folk metal, o Hellblade, el videojuego de Ninja Theory. En más de una ocasión, terminaba de leer algún cuento pensando en la semejanza de sus fractales con el Lateralus de Tool. Las atmósferas vibran, sus imágenes beben del gore y el weird norteamericano e inglés, pertenecen al espíritu del gótico latinoamericano que Mariana Enriquez enarbola. Mención aparte merecen las dos últimas ficciones, una con aires de noir en el desierto a lo True Detective y la otra decididamente lovecraftiana. Lima teje seis episodios salvajes que fascinarán a los entusiastas del nihilismo cósmico. Suficiente materia siniestra para explorar una región más allá de los eones.



Megaloceros, Libros del ciervo · Gerardo Lima

Paraíso Perdido, Colección Árbol adentro, 2021

 

junio 01, 2023

prueba de resistencia_nadar a contracorriente


Prueba de resistencia, de Bladimir Ramírez, reúne 10 relatos cuyo eje temático es la exploración del deseo entre chicos.


En Prueba de resistencia, volumen compacto y homogéneo, Bladimir Ramírez despliega un arsenal técnico poderoso. El libro, publicado bajo el sello Paraíso Perdido, reúne diez historias cuyo eje temático es la exploración del deseo entre chicos durante la infancia y la adolescencia, esa línea gris de confusión y malestar. En la mayoría de los casos, el humor y la crítica social van de la mano, con diálogos ágiles y finales abiertos. Predomina la economía del lenguaje, el uso de elipsis y la resolución quirúrgica de los arcos argumentales. En cuanto al estilo, Ramírez reconoce la influencia de autores como Lemebel y Arenas, de quienes incluye un par de epígrafes: franca declaración de intenciones. No obstante, su artefacto narrativo funciona con voz propia, sencillez y claridad, atributos encapsulados en tramas turbulentas, divertidas o tristes. Los personajes resultan entrañables en su fragilidad, y un lector sensible conecta rápidamente con sus avatares. El tono evita melodramas y tragedias. La prosa fluye, fresca como un baño de piscina entre amigos. A veces uno echa de menos que la inmersión sea demasiado breve, pero esto hay que verlo como un mérito. De ritmo adictivo, Prueba de resistencia se lee rápido. 


Si bien el panorama de la narrativa en México vive un momento de efervescencia, el cuento no siempre logra posicionarse de la misma forma que la novela. El mercado editorial favorece tramas de largo aliento, que obedecen más a criterios comerciales y tendencias de marketing. En este sentido, Prueba de resistencia confirma la calidad por encima de la cantidad. Como autor de relatos breves, Ramírez sabe urdir de forma sólida. Sus estructuras denotan oficio artesanal y precisión. Por otro lado, está el carisma. Sus personajes fracasados, al borde del colapso y la carcajada, despiertan una empatía profunda, mezcla de vértigo y trascendencia. Eso ya es bastante. Piezas como Ropa sucia, 4-2-3-1, Parques, La memoria de Fausto y El comprador de silencios se leen a modo de miniaturas coming of age que provocan emociones salvajes como puñetazos en el rostro. El autor sabe poner el dedo en la llaga, integrando factores de tensión social—machismo, clasismo, discriminación, homofobia, acoso escolar y fanatismo religioso—en las atmósferas de sus cuentos. Si miramos en coordenadas más amplias a escritores como McEwan y Salinger, podemos imaginar que Prueba de resistencia es apenas la punta del iceberg. Sólo la punta. 

 


Prueba de resistencia · Bladimir Ramírez

Paraíso Perdido, Colección Árbol adentro, 2022


noviembre 24, 2021

los pequeños macabros_eros, tánatos, satanás


Mediante un estilo de resonancias góticas, 

Los pequeños macabros, de Yesenia Cabrera, 

indaga con crudeza en el nihilismo cósmico.

 

Have you gone down

In the dark where none is welcome?

 

Dark Day, No, nothing, never

 

Los Pequeños macabros (Paraíso Perdido, 2020) obtuvo el Premio Estatal de Cuento de Tlaxcala «Beatriz Espejo» 2018. Bajo el pseudónimo Joyce Ligotti, Yesenia Cabrera hace un guiño al escritor de culto estadounidense y organiza una serie de ficciones violentas. Dividido en 5 módulos y un epílogo, además de un potente relato introductorio titulado 13, que recomienda el viejo adagio de no hacer tratos con el diablo, el libro inspira la misma sensación de tragedia, vértigo y morbo al ver un accidente automovilístico desde la ventanilla del automóvil. Atrocidades que bien podrían pasar por crónicas, muertes súbitas en situaciones inesperadas, imágenes de una crudeza naturalista, el bestiario es diverso y divertido. Que la autora cite a Stephen King o Edward Gorey en sus epígrafes en cierto modo tranquiliza. Uno sabe que está en buenas manos. O en sentido inverso: que el libro ha caído en las nuestras y llegaremos hasta el final. Entre monstruos no hay nada que temer. 


La nada, como aspecto fundamental de la vida, nos enseña los bordes del abismo. Más allá se dibuja un enorme agujero negro. En su seno la nada es un bucle o serie de fractales, álbum familiar del cosmos lleno de cuerpos putrefactos, gusanos y bacterias, cuaderno de contabilidad escrito por un autista metafísico. Se aprende, con el paso del tiempo, a reconocer esos límites, carencias o particularidades del sinsentido. Les conferimos valor estético. Los disfrutamos cínicamente. Pero la vida enseña que, tarde o temprano, su propio valor es el cero absoluto. Bienvenido entonces, animal bastardo, hijo de un plan superior fallido.  


El esfuerzo evidente por declarar afinidades, delimitar una franja y cavar hasta el fondo es otro de los atributos que Yesenia Cabrera muestra en su ópera prima. Lápidas, huesos y esquirlas conforman una economía del horror con resonancias góticas. De forma inexplicable, uno siente la atracción del vacío. En memoria de Frankenstein, nos dejamos subyugar por criaturas bestiales que alguna vez fueron humanas. Si la lectura fuese un búnker, en el encierro aprenderíamos lo necesario para evitar cualquier tentativa de socialización. La especie humana va directo al matadero. Respirar es tan solo un trámite. Una ficha fúnebre. Si en el transcurso de la catarsis explotamos en carcajadas, todo habrá valido la pena. En cuanto a humor negro, Los pequeños macabros brinda una terapia más poderosa que la de cualquier frasco de Fluoxetina. Vamos a reír en serio, de nuestra muerte y la de quienes amamos. De nuestras convicciones y las ajenas. A lo lejos ningún horizonte, ningún pájaro, ninguna señal. 


Y así con todo. Así también los colmillos, la tristeza, el bisturí. Así los hospitales y cementerios, el manicomio y la prisión. Así las muchedumbres, los grupos de manifestantes en Wall Street, prostitutas y monjes, la carne y el espíritu. Así las mariposas y luciérnagas que brillan en pupilas de moribundos a diario. Así los túneles donde Lumière y compañía esperan taciturnos. Así los árboles donde hemos enterrado mascotas y secretos de la infancia, así la soga, así la guillotina. Miramos hacia delante y morimos de miedo antes de cerrar los ojos y sentir la quijada del tiranousario rex. 


Ese nihilismo cósmico viene a posteriori, nunca se impone como cátedra. Simplemente ocurre, nos besa el cuello y, mientras desanudamos nuestros zapatos, caemos rendidos a sus pies. El horror es un paroxismo sensorial donde muere el propio lenguaje, una lápida metafísica. Entre ataúdes no hay alarde. La economía del vacío pone en orden las cosas. Yesenia Cabrera organiza relatos oníricos a modo de clústeres, pesadillas arremolinadas que recuerdan las tumbas de Bloodborne. La sensación de asistir a una función circense que terminará de la peor manera es la oferta inicial. Cada acto inspira miedo; es posible que algunos incidentes de insomnio y sombras ambiguas se multipliquen, incluso que prendamos fuego a nuestro dormitorio. Lo que un forense diría es que nada tiene importancia en este limbo de paredes sin techo, excepto la lectura de Los pequeños macabros; en las tinieblas, el cuerpo no miente. Y si pudiéramos oírlo, y si lográramos responderle, ¿pero acaso existe algo más hermoso que el mutismo post mortem?  


Reyes y bufones en el mismo circo que arde día y noche hasta que las cenizas manosean nuestros párpados. Uno se pregunta qué clase de Dios permite que sus criaturas sufran endemoniadamente. Uno se pregunta si esa deidad no es un monstruo, una serpiente que se muerde la cola. Uno se pregunta. Muere y se pregunta. La fauna cadavérica sigue su viaje al cataclismo. Y entonces la nada cobra sentido. Es en realidad lo único que no muere. Uno muere. La nada sigue ahí. Es una economía perfecta, profunda y misteriosa. Ecuación de una incógnita que siempre da cero. Eros y Tánatos. Satanás.

 

Los pequeños macabros

Yesenia Cabrera

Paraíso Perdido, 2020


octubre 12, 2021

cuando las luces aparezcan_un atentado celeste


En sus ficciones, Roberto Abad crea un código

a partir del realismo y los géneros fantásticos.



Yo no estoy y estoy

Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco


Vicente Huidobro, La poesía es un atentado celeste



Constelaciones y nodos


En 1919, Freud publica el ensayo Lo siniestro (Das Unheimliche) para consignar sus observaciones acerca de cierto tipo de sensibilidad estética. Este concepto, que designa la extrañeza familiar, sirve a menudo para referirse al género fantástico desde una aproximación teórica. Hay semejanzas entre el término unheimlich y locus suspectus -> lugar indeseable (latín), xenos -> extraño (griego), uncanny -> raro (inglés). Como sea, la incertidumbre intelectual es condición indispensable para invocar lo siniestro. En palabras sencillas: nos asusta lo que no viene de casa. 


En Lo raro y lo espeluznante (2017), Mark Fisher intenta ir un poco más lejos. Primero traza una dicotomía entre lo unheimlich y este par de conceptos. Después concluye:


«Sin duda alguna, hay algo que comparten lo raro, lo espeluznante y lo unheimlich. Son sensaciones, pero también modos: modos cinematográficos y narrativos, modos de percepción, y, al fin y al cabo, se podría llegar a decir que son modos de ser. En todo caso, no llegan a ser géneros. Quizá la diferencia más importante entre, por un lado, lo unheimlich y, por el otro, lo raro y lo espeluznante sea su manera de lidiar con lo extraño. Lo unheimlich freudiano se relaciona con lo extraño dentro de lo familiar, lo extrañamente familiar, lo familiar como extraño; la manera en la que el mundo doméstico no coincide consigo mismo. (…) Lo raro y lo espeluznante actúan a la inversa: nos permiten ver el interior desde la perspectiva exterior. Y, como veremos más adelante, lo raro es aquello que no debería estar allí. Lo raro trae al dominio de lo familiar algo que, por lo general, está más allá de esos dominios y que no se puede reconciliar con lo "doméstico" (incluso como su negación). La forma que quizá encaja mejor con lo raro es el collage, la unión de dos o más cosas que no deberían estar juntas.»


Subgéneros como la ficción especulativa, el horror y el fantástico se ubican en tales coordenadas. De hecho, a partir del análisis de Lovecraft, Houellebecq define la estructura del relato fantástico como sigue: «Al principio, no ocurre absolutamente nada. Una felicidad trivial y beatífica inunda a los personajes, felicidad adecuadamente representada por la vida de familia de un agente de seguros en una zona residencial norteamericana. Los niños juegan al béisbol, la esposa toca un poco el piano, etc. Todo va bien. Luego, poco a poco, empiezan a multiplicarse incidentes casi insignificantes, que coinciden de manera peligrosa. El barniz de la trivialidad se agrieta, dejando paso a inquietantes hipótesis. Inexorablemente, las fuerzas del mal hacen su entrada en escena.»


Si trazáramos nodos entre autores latinoamericanos, sería fácil reconocer la obra de Samanta Schweblin, Mariana Enriquez y Luciano Lamberti dentro de la lista. Por lo menos diríamos que, sin renunciar a una tradición, es notable su entusiasmo por los subgéneros. También destaca otro rasgo: todos ellos reflexionan sobre procesos sociopolíticos en sus ficciones, tendencia que ya se podía apreciar en el Informe sobre ciegos de Ernesto Sabato, que pertenece a otra generación. «Hay una cuestión política en todo esto. La dictadura argentina, entre las múltiples perversiones que cometió, entregaba hijos de personas asesinadas a otras familias para que los criaran. Básicamente, les quitaba el derecho a la identidad, a saber quiénes eran», comenta Enriquez a propósito de su novela Nuestra parte de noche. 


A últimas fechas, ya se insinúa un gótico latinoamericano y un refrescante new weird latinoamericano. Si esto es así, hablamos no solo de movimientos nutridos por el influjo de la cultura pop, que disuelve jerarquías académicas, sino también de fajas impresas oportunamente para efectos de marketing. 



Ufología y conspiranoia


Cuando las luces aparezcan (Paraíso Perdido, 2020), de Roberto Abad, estructura seis relatos que bien podría insertarse dentro de los antecedentes arriba descritos. Conformado por dos mitades simétricas, Formas de abducción y Después del contacto, produce cuestionamientos en torno al otro como fuente de situaciones angustiantes y oníricas. A menudo sus personajes padecen pesadillas que remiten lo mismo a fenómenos extraterrestres que a fracturas del tejido social. De forma inversa, los trances oníricos insinúan realidades ajenas al orden lógico. Un Creepshow de alienígenas y alienados que sobrevuelan en tramas insanas. 


Formas de abducción, primer bloque del libro, reúne Historia sobre mi familia, El retrato y Amatlán. Tres episodios en ambientes rurales que se nutren de la ficción extraña y el realismo estadounidense, con giros argumentales precisos, angustia acumulativa y desenlaces abruptos. Después del contacto, la segunda camada de relatos, modifica su estrategia. El tratamiento de lo fantástico mezcla tonos y atmósferas, noir y sci-fi de manera menos cohesionada. Los visitantes, Hijo y El último experimento recuerdan episodios nunca vistos de series distópicas. Por contraste, ambas mitades hacen clic.


Cuando las luces aparezcan indica que Abad ha estudiado las señales de universos lejanos y sabe cómo crear símbolos propios. Pone las cartas sobre la mesa y sale bien librado. Va en busca de soluciones formales cinemáticas. Más de una secuencia en sus relatos crea la ilusión de estar viendo una película. El cuidado de la forma, los diálogos, algunas caricias al melodrama. Como sea, el título inspira optimismo respecto al futuro de la ficción especulativa en las mesas de novedades editoriales. Las historias ejercen un poder magnético devastador. Nos inducen al desconcierto, al epílogo del detective Cole en True Detective: 


«Hubo un momento, cuando estaba en la oscuridad: pude sentir que mis límites se agotaban. Y debajo de esa oscuridad, hay otra más profunda. Desaparecí. Luego desperté.» 


La tensión nunca resuelta entre ufología y conspiranoia, piezas de un puzzle destrozado, mapa que Borges jamás pudo ver, construye momentos de ansiedad tan ambivalentes como tortuosos. Danza húngara de agujeros negros. «No puedo juzgar la oscuridad, pero sí a los que habitamos en ella», informa uno de los personajes. «Adentro de mí crece un abismo», otro parece responderle. Incapaces de ver, imaginamos la farsa. Pero nunca sabremos si el truco del mago pertenece a un plan mucho más ambicioso. Y si es posible que incluso esta reseña sea parte del complot: hacernos creer que lo descubrimos.   

 

Cuando las luces aparezcan

Roberto Abad

Paraíso Perdido, 2020


marzo 27, 2021

novecientos noventa y nueve_lo duro y lo tupido

 

En Novecientos noventa y nueve, de Cástulo Aceves, el agente Nepomuceno Castilla debe resolver los crímenes cometidos en nombre de Arturo Belano. 

 

Recuerdo haber leído a Roberto Bolaño justo cuando un grupo de amigos que estudiaban letras hispanas se convirtieron en fieles creyentes y conformaron una secta invisible pero agresiva contra los ateos y, peor aún, los paganos que se atrevían a cuestionarla, principalmente en las borracheras, toda vez que, tras haber examinado las doradas páginas de Los detectives salvajes, 2666, Putas asesinas y demás títulos se creían portadores de autoridad pontificia para erigir al autor chileno como la cumbre de la literatura latinoamericana, un iluminado de su propia decadencia que enseñaría el evangelio a los neófitos. 


Con esa pátina de mesianismo izquierdista era difícil aproximarse a sus libros sin sentir repulsa, no obstante la experiencia me dejó bastante claro hasta qué punto el fantasma de Bolaño sería indestructible: mis amigos terminaron siendo lo que más detestaban, al arrullo de la publicidad, el marketing, las becas nacionales, quienes eran de izquierda se pasaron a la derecha, alguno acuñó la expresión vividores culturales para autodefinirse, en las presentaciones de libros y openings de artes visuales era posible reconocerlos bebiendo vino y tragando canapés tras haber leído lo nuevo de Alejandro Zambra y lo viejo de Raúl Zurita.


Cuando viajé con ellos a Guadalajara en el contexto de unas jornadas académicas, entre los temas de moda se hablaba de infrarrealismo, pero sobre todo de la reacción violenta contra Octavio Paz, el escritor de las élites intelectuales que durante décadas marcaron el rumbo de la cultura en México, en tal sentido la oposición de Bolaño, incluso las amenazas de secuestrar a Paz eran un síntoma de hartazgo transferido a los más jóvenes, quienes simpatizaban con cualquier ideología antisistema, y perdían un poco la perspectiva entre el heroísmo de rechazar protocolos y los berrinches de ovejas descarriadas.


Lo mejor y lo peor de Bolaño está en su vocación incendiaria de prenderle fuego a falsos ídolos. Desde allí entonces abordo la reseña de Novecientos noventa y nueve (Paraíso Perdido, 2018), de Cástulo Aceves, historia en clave de novela negra que indaga el rastro del autor chileno en el círculo literario tapatío, bajo la identidad de su alter ego Arturo Belano, y los recovecos pasionales de discípulos apócrifos, varios de ellos asesinados por una supuesta logia. Aceves formula preguntas que pertenecen a un registro narrativo codificado, pero fluyen hacia su propio cauce, de modo que la obra es funcional y autónoma. 


El hilo de la trama no teme arriesgar su postulado base y, de forma sorpresiva, introduce cameos con los editores del sello al que pertenece la propia novela, giro tarantinesco, como parte de los interrogatorios del agente Nepomuceno Castilla, experto en asesinos seriales, para encontrar al autor de los crímenes, por demás crueles, y aunque los arquetipos literarios predominan no es difícil remitirnos al imaginario cinematográfico, surgen referencias pop aquí y allá. Desde luego derribar ídolos nunca será fácil, menos aún cuando se trata de Bolaño, deificado en manos de sus adeptos cuando él mismo era un desmitificador.


Aceves muestra ese conflicto, su melodía es la dialéctica del artista marginado que deviene rockstar, el escritor anti-stablishment absorbido por el mainstream, oh paradojas del liberalismo económico: Fidel Castro con sudaderas Adidas. Y, sin embargo, hay en Novecientos noventa y nueve la suficiente madurez para reírse del real visceralismo y rendirle homenaje sin aparente contradicción, mediante un buen manejo del ritmo, personajes maliciosos pero entrañables, relaciones conyugales deshechas, intriga policíaca y humor negro en grandes dosis, atributos suficientes para leer sus páginas salvajes.


La regla de oro es el escepticismo, la defensa melancólica de ciertos valores literarios por encima de las poses de vanguardia, el llamado al sentido común en tiempos dogmáticos, porque nunca dejan de haber hooligans de las letras que terminan por esgrimir su histeria colectiva, así como intelectuales orgánicos que jamás jugaron fútbol en la terraza del vecino, un poco de ambos se integra al conjunto, entre lo duro y lo tupido, Novecientos noventa y nueve sabe cómo armar ese combo, surfea en el océano de metaficciones con bastante fluidez y no exige la lectura previa de ningún mamotreto.


Como artefacto literario, se vale de la parodia antes de darnos el golpe y como tributo al corpus de Bolaño, siembra dudas respecto a las razones de su prestigio. Aceves no siente la obligación de justificar a ningún personaje, Nepomuceno Castilla posee su propio sistema de valores, se rodea de frikis, escritores amateurs y demás fauna nociva y uno quiere ahorrarle ese vano sufrimiento, pero es parte de la curva dramática por la cual debe ascender y luego desplomarse, solo cuando el caso lo sobrepasa, intuimos lo que hay detrás, los hilos del mundillo cultural, la mafia, la cosa nostra, se manifiestan.


Lógicamente, Castilla descubre auténticos fraudes auspiciados por jerarquías de saber y poder, pero en él no hay corrupción, permanece intacto como el toro de Bukowski: y cuando lo sacan arrastrando, nada ha muerto, y el hedor final es el mundo. Los treces capítulos que componen Novecientos noventa y nueve vienen cargados de kryptonita. No traicionan la inteligencia del lector; poseen garra para hacernos sufrir lo justo y necesario. Por su atención al detalle, el riguroso tratamiento de los homicidios y la intempestiva jugarreta del final, es la novela idónea para quienes han establecido con Bolaño una tierna relación de amor-odio.

Novecientos noventa y nueve

Cástulo Aceves

Paraíso Perdido, 2018



febrero 08, 2021

cien caballos en el mar_sonora en la ficción

 

Seis cuentos sobre el peso de lo irremediable 

en el norte mexicano. 

  

Incluso si nunca has visitado Sonora, si nunca has experimentado el calor abrasivo de sus tierras, si nunca transitaste por la textura de sus regiones, la prosa de Alfonso López Corral ofrece una aproximación salvaje, un panorama físico y mental de lo que allí acontece, paisaje de traiciones, infamias y delirios, coordenadas para viajeros huérfanos. Cien caballos en el mar (Paraíso Perdido, 2017) incluye seis relatos cuyos personajes orbitan alrededor de la estafa, la destrucción provocada por el entorno, el oportunismo y la falta de oportunidades, los simulacros del crimen organizado, las prisiones mentales, la vergüenza y la enfermedad. A su modo, cada uno muestra de forma descarnada, directa, sin rodeos cómo es la vida y la muerte en el norte mexicano. 


La narrativa de López Corral emana un tono realista, desengañado; en ocasiones parece que oímos voces tostadas por el sol, con sus jadeos, presentimientos y suspiros atroces ante el infortunio. En la tierra de nadie no hay lugar para los ingenuos, ni para quienes reaccionan contra la corrupción moral, simplemente no hay resguardo para los héroes pues todo heroísmo implica ondear valores absolutos, cierto afán platónico, y desde hace tiempo que el clima se cargó de nubes violentas. Esas nubes arrojan sus dardos contra sujetos que corren en círculos mientras la tormenta devasta el horizonte. A menudo, la sensación de lo irremediable carcome el interior de las historias y transmite un efecto de patetismo visceral y convincente.


La ironía es otro agente estilístico que funge como catalizador del desamparo. La carretera de Sonora, Karma por amor y Poliomielitis se sostienen por un travieso humor negro que deviene tragicomedia. No es difícil emitir algún bufido mientras nos enganchamos a sus tramas. Resulta comprensible lanzar insultos al aire cuando reconocemos en sus conflictos las huellas de nuestros psicodramas. Tanto en la vida real como en la ficción, lo que expresa Octavio Paz como esencia del mexicano es axioma. «Para el mexicano—escribe en El laberinto de la soledad—la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado. Es decir, de humillar, castigar y ofender. O a la inversa.» Cualquiera de los senderos conduce a destinos similares: a la chingada, a la pura nada, al tristísimo desierto.


Cien caballos en el mar es un viaje sin retorno, quizás el mejor de todos. Espejo de cuerpo entero para fantasmas vivos, logra destruir certezas, y es posible que al concluirlo aún flote sobre las aguas el cadáver de nuestras propias ficciones, el peso de lo irremediable.

 


Cien caballos en el mar

Alfonso López Corral

Paraíso Perdido, 2017


febrero 26, 2019

édgar velasco_los yerros galopantes



Fe de erratas, de Édgar Velasco:
un breviario bestiario del pensamiento mágico.


Si decís: Esto es real, el mundo es real, lo real existe (yo lo he encontrado), nadie ríe. Si decís: Esto es un simulacro, no somos más que un simulacro, esta guerra es un simulacro, todos se parten de risa. Con una risa de conejo y condescendiente, o convulsiva, como ante una broma pueril o una proposición obscena. Todo lo que se refiere al simulacro es tabú u obsceno, al igual que lo que se refiere al sexo o a la muerte. Sin embargo, lo que es obsceno es más bien la realidad y la evidencia. La verdad es lo que tendría que darnos risa. Cabe imaginar una cultura en la que todos rían espontáneamente cuando alguien dice: Esto es verdad, esto es real.

Jean Baudrillard, El crimen perfecto


La paradoja del mentiroso

1. Fe de erratas es un libro accesible, artefacto conveniente para irse a la playa, hacer tiempo en una plaza comercial o procrastinar un domingo por la mañana, en vez de ir a misa. Leerlo en lugares públicos activa la crítica social; basta con mirar de reojo la falda de la chica sentada frente a nosotros—con el pretexto del texto—o prestar atención al francés iracundo en el autobús turístico que vocifera a 35 grados de temperatura. Es un libro que indaga en los miedos recurrentes de una sociedad que por creer en todo, termina creyendo en nada. Repara en el error de cálculo al momento de interactuar con el cosmos. Capta nuestras propias ideas equivocadas, nuestros yerros galopantes. Nuestro gran simulacro.

2. En este volumen desfilan un par de ojos sádicos en el cuerpo del donante, cenizas de progenitores adictos al béisbol, mujeres devotas que le rezan a una virgen hastiada, viudas vampíricas y ancianos vengativos. Las tramas, hilarantes o esperpénticas, dramáticas o sensacionalistas, sirven como termómetro de la locura humana, siempre dispuesta a pellizcarnos. Una niña en un pony de plástico cabalga junto a mí, en este momento. Un par de adolescentes me venden chocolates para el viaje imposible de su amigo imaginario. El anuncio de la plaza comercial, con lenguaje académico, informa: La realidad es solo percepción. Y ahora Fe de erratas se apropia del mundo, según veo.


Relativismo y traición

3. Édgar Velasco abre las ventanas a lo religioso, a lo indecible, de forma sarcástica, como si lo místico fuera una acrobacia de la imaginación, un resbalón patafísico. Ridiculiza los prejuicios de una sociedad mexicana que transita entre la nota roja y el puritanismo, el fútbol y los secuestros. Quizá no los retrata en tono moralizante, quizá no ejerce ninguna catarsis trágica. Más bien afila un sentido del humor malicioso, pero al mismo tiempo desesperado, negro y amarillo. Y dispone de recursos que aderezan su imaginario con giros fantásticos. Un pez nihilista, un perro cínico. La fauna nos mira, recelosa. Fe de erratas es un libro sobre los errores de juicio, la incredulidad y el bestiario de lo cotidiano.

4. Por un lado, acomete contra sesgos, obsesiones y lecturas fallidas. Por el otro, deja en manos del lector la posibilidad de conmoverse ante situaciones-límite de personajes tristísimos. En filosofía, Karl Popper introdujo el término falsacionismo para designar el proceso de blindaje de toda teoría científica. Basta con refutarla mediante un contraejemplo, y observar en qué punto de la racionalidad nos encontramos. Lo curioso aquí es cómo el autor mexicano atribuye a los procesos mentales de sus criaturas un arsenal de creencias surrealistas, capaces de moverlos hacia el delirio por la vía racional. ¿Cuál será el próximo puñetazo de nuestras ficciones? ¿En las narices de quién quedará estampado? Etcétera.


(M)ateo 17:20

5. Si, a final de cuentas, la realidad nos abofetea con sus ridículos simulacros a toda hora, Velasco contraataca mediante el humor ácido, las historias truculentas y el sabor de la desgracia real—como lo haría un sepulturero. Y le cobra diente por diente cada gancho, cada rasguño, a través de un espejo nada promisorio, con destellos periodísticos. Eso, en el caso de que la realidad sea el punto de partida. Si las historias aquí reunidas son ficciones puras & duras, casualmente inspiradas en sucesos que superaron la barrera del amarillismo en pro de un mejor futuro, bienvenidas sean. En ciertos ámbitos, la provocación mueve montañas. A unos cuantos metros, la idílica niña del pony está vomitando. Por fin.

Fe de erratas
Édgar Velasco
Paraíso Perdido, 2018