Mostrando las entradas con la etiqueta Narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Narrativa. Mostrar todas las entradas

febrero 13, 2024

la brujita que cruzó mi barrio marginal_tristes pixeles

   

Una waifu sobrevuela el Estado de México y aterriza en Ecatepec.  

  

En La brujita que cruzó mi barrio marginal (Trajín, 2023), Omar Ramírez yuxtapone dos universos paralelos y distantes: el real del Estado de México, con su idiosincrasia urbana, y el de Maho Shiro, una serie animada japonesa. De este crossover surge una trama divertida, a veces inverosímil, cuyos giros no siempre resultan consecuentes. Más bien el concepto creativo—una bruja llamada Larissa llega al mundo de Brayan, un adolescente que vive en Ecatepec—dota a la novela de cierta aproximación al coming of age, pero sus numerosos cliffhangers la desploman hacia el limbo de Wattpad. Es de extrañar que Ramírez, quien previamente liberó en modo gratuito el infame volumen de La rata con Thinner, no se haya atrevido a más en su primera incursión formal dentro de la narrativa. 

Como artefacto literario, la obra muestra características que, sin ser propiamente defectos, sí representan un inconveniente para una valoración estética a lo Harold Bloom, para quien una pieza literaria debe incluir tres atributos: poder cognitivo, belleza y sabiduría. Vamos por partes. Las acciones de los personajes surgen de forma automatizada, sin construcción de un perfil psicológico por el cual se perciban motivaciones nítidas. Los diálogos, llenos de modismos y albures innecesarios, podrían fácilmente pertenecer a cualquier Sensacional de traileros. Si bien el autor intenta diseñar un escenario donde colisionen ambos universos, el aura de pastiche prevalece, y esto deriva en una frágil sucesión de capítulos accidentados, grises como unidades habitacionales.


La primera novela de Ramírez esboza una serie de elementos que podrían afinarse en trabajos posteriores, como el entusiasmo por la cultura pop asiática, la recuperación del lenguaje callejero y los guiños al realismo sucio. Lo otro es ornamental y transitorio: su trama casi anecdótica, saturada de fan service, revela una escasez lingüística de niveles pornográficos. Una lectura con perspectiva de género reduciría la existencia de Larissa a mero fetiche sexual. Si al menos la obra en cuestión abordase con osadía los episodios eróticos, podríamos elevarla a la categoría de comedia dramática, pero se conforma con una premisa básica y sobrevuela el cliché adolescente del hentai censurado. Y falla por partida doble: no cumple como obra literaria ni como pieza clandestina. Los tristes pixeles siguen ahí. 


La brujita que cruzó mi barrio marginal es no sólo una novela políticamente correcta, sino previsible. Maniquea en su planteamiento de arquetipos, bastante lineal en su ristra de episodios, y confusa: Larissa no se empodera para liberarse de la mirada cosificadora, más bien acumula un capital erótico desmesurado a través de su viaje por Ecatepec. Pero sigue siendo estúpidamente sexualizada, vista como fantasía erótica masculina. Quizás el mayor mérito de esta novela sea que existe un nicho fértil en el que hallará por fin su camino, y será reivindicada por una horda de incels temerosos ante la vida adulta. Si Ramírez intentó higienizar la misoginia latente en la figura de la bruja, erró los tiros. Larissa termina siendo la proyección mental de un chico fascinado por sus tetas. Un holograma onanista.



Una brujita que cruzó mi barrio marginal

Omar Ramírez · Trajín, 2023

 

septiembre 12, 2023

había un perro bajo la cama_la entropía y el caos


Con prosa atmosférica y evocadora, Había un perro bajo la cama, de Eduardo Cerdán, bordea los límites del realismo y lo siniestro.



En principio, el melancólico no es el sujeto fijado al objeto perdido, incapaz de realizar el trabajo del duelo; el melancólico es más bien el sujeto que posee el objeto pero que ha perdido su deseo por él, porque la causa que hacía que lo deseara se ha retirado o ha perdido su eficacia. Lejos de intensificar esta situación de deseo frustrado, la melancolía ocurre cuando finalmente accedemos al objeto deseado, pero quedamos decepcionados por él.


Slavoj Žižek, Cómo leer a Lacan

 

Los diez relatos contenidos en Había un perro bajo la cama (Nitro/Press, 2022), de Eduardo Cerdán, sostienen un tono realista que bordea el límite de lo siniestro. Como sabemos tras ciertas lecturas freudianas, el unheimlich denota una sensación de inquietud en ambientes que deberían resultar familiares. El cuento, que exige concisión y economía narrativa, permite un extrañamiento con variaciones infinitas, ya característico en la narrativa latinoamericana. Una forma de acercarse a la realidad y medir sus fracturas. De ver antiguas grietas y glosar la oscuridad sin trucos de realismo mágico. Según de qué autor se trate, el resultado puede ser más o menos fantástico. En el caso de Cerdán, los clavos de lo real aún sostienen las tablas del relato, pero se vislumbra un más allá deslavado, una suerte de What If…? que dota a sus situaciones de una lectura enriquecedora en términos de imaginación especulativa. Una conversación entre el fantasma de Raymond Carver y el de Clara Rockmore. 


Un concierto para theremin.


El autor ha publicado su tercer libro de cuentos en un volumen editado cuidadosamente por Mauricio Bares y Lilia Barajas. Los personajes que transitan por sus páginas son seres confundidos, volubles, inadaptados, capaces de enternecer o fascinarnos por sus vacíos existenciales. Se perciben atmósferas donde el frágil tejido de la realidad será rasgado en cualquier momento, y lo que deja en el lector es una amalgama de melancolía, tedio, desasosiego, extrañeza. Como lo que uno siente al entrar en casa, prender las luces, recorrer las habitaciones y descubrir que están completamente vacías. Surgen dudas que no se resuelven por la vía descriptiva, finales abiertos en medio de pequeñas catástrofes, elipsis milimétricamente calculadas, y un amor incondicional por los perros en ausencia de vínculos significativos con nuestra especie. Si bien el libro propone como concepto primordial la figura canina, y las historias se desenvuelven con autonomía, fluidez y buen ritmo, el tratamiento cinemático de las secuencias produce la sensación de fresco integrado en un largometraje independiente.  


Una película de Amat Escalante o Tatiana Huezo, quizá. 


Había un perro bajo la cama muestra una sensibilidad legítima hacia sectores desfavorecidos. Las preocupaciones de carácter sociológico de Cerdán son evidentes. Sabe captar los contrastes del status quo y las paradojas de una clase media aspiracional que se muerde la cola. Como espejo del presente y metáfora del instante, su prosa cumple una doble función reflexiva y estética. Nos abre los ojos y desestabiliza el simulacro mediático. Estimula nuestra percepción para reconocer la entropía y el caos. A lo anterior se añade una vidriosa capa de tristeza de la que los dedos quedan impregnados inevitablemente. Uno puede olvidar las palabras de ciertos párrafos, el fragmento aislado, la cita, pero nunca la sensación de abandono y pérdida que subyace en el imaginario del autor. Esta cualidad hace del libro un objeto valioso, casi un amuleto, para los días de lluvia caprichosa, trayectos en metro, esperas en una terminal de autobuses y, por extensión, cualquier experiencia humana que admita cierta dosis de incertidumbre y música con audífonos.


Algunos lectores recordarán la última frase de El proceso de Kafka. Sobre aquellos lejanos acordes—«¡Como un perro!»se construye una música nueva, distinta y distante. El aullido resuena.



Había un perro bajo la cama · Eduardo Cerdán

Nitro/Press  Instituto Veracruzano de la Cultura, 2022

 

julio 07, 2023

megaloceros_el ciervo primigenio


Gerardo Lima teje seis historias de nihilismo cósmico a partir del ciervo como animal ominoso. Reseñamos Megaloceros.

 

Mantener la libertad de perderse, poder salir de la «red» que nos ha capturado a todos, esperar en el silencio sutil de la naturaleza a que algo se revele—y vivir el momento en que nuestro camino depende de esa revelación—es la experiencia original de la espiritualidad y del sentimiento de lo sagrado que el hombre arcaico ha percibido de forma espontánea, que eremitas de todo tiempo han encontrado en los lugares desiertos y que siempre podemos poner a prueba en nosotros mismos con una inmersión total entre la tierra y el cielo. 


Franco Michieli, La vocación de perderse



El horror y el éxtasis religioso guardan extrañas similitudes. Ambos privilegian una sensibilidad particular hacia el mundo y la naturaleza. Un distanciamiento de las cosas materiales, una renuncia. No son pocos los pensadores que advierten sobre los riesgos del consumo acelerado, esa vertiente falaz del turbocapitalismo. Sustraerse de la vorágine implica ir a paso lento, aprender a mirar. Quienes disfrutan del paisaje solitario y la quietud introspectiva, también valoran lo que suele llamarse el movimiento slow. Aprecio de la lentitud, filosofía del ocio, el infinito potencial de los bostezos. Las letras requieren una inmersión equivalente. Ciertas obras se degustan como vinos del intelecto. Exigen maduración, paciencia, entusiasmo. Me sorprendí hace unos meses al oír que un chico en una librería pidió que le recomendaran el libro de Lovecraft más vistoso para tomarse algunas selfies, subirlas a Instagram y viralizarlas. Cthulhu debería estar emputado. Mircea Eliade negaría con la cabeza, imagino sus sermones: «Tira ya tu móvil. En época de religiones uranas, te sentaría bien observar una catástrofe masiva bajo el cielo estrellado. Los dioses primigenios encontrarían la manera de arrojar su furia contra todo ser vivo, incluyéndote. Reconsidera.»


Así las cosas, el préambulo sirve para contextualizar Megaloceros, Libros del ciervo (Paraíso Perdido, 2021), de Gerardo Lima, doble volumen de relatos cuyas portadas a cargo del artista ruso Vergvoktre roban el aliento. A simple vista, parece un álbum de metal gótico y uno abre sus primeras páginas con la sensación de irrumpir en un santuario de epifanías oscuras. La prosa edifica una catedral de proporciones monstruosas. Los seis cuentos se articulan en torno a Amarillo, y llevan por título una especie de cérvido en particular: Ciervo Rojo (Cervus Elaphus), Blackwood (Alces Alces), Wapití (Cervus canadiensis), Sibuxiang (Elaphurus Davidianus), Caribú de los páramos desérticos (Rangifer tarandus desertus) y La Antigua (Megaloceros giganteus). Cabe imaginar la amplitud y escala del proyecto con sólo leer los índices. El territorio amarillense, dividido en tres regiones, destila crueldad en sus raíces. Se trata de una región ficticia con ecos de Chambers y la supervisión arquitectónica de Lovecraft. Los habitantes alimentan viejas costumbres y creencias, rumores viajan de boca en boca, el mal se filtra en sus linajes. Una particularidad de la geografía es que fusiona lugares reales con imaginarios en un México deslavado y ocre. Casi puede olfatearse.


Y es ahí donde Lima da rienda suelta a una serie de eventos sobrenaturales protagonizados por ciervos y humanos en continua simbiosis trágica. Un hombre narra el cataclismo: «Amarillo es el carbón que mantendrá viva la hoguera cuando venga la noche helada.» La forma en que la geografía se introyecta en los vasos sanguíneos de las narraciones hace recordar a Faulkner y Rulfo. Hay un modo de narrar que va de lo polvoriento a lo húmedo y profundamente insano. Bosque, niebla, montaña, lago. Amarillo irradia perversión, fundada en espíritus antiguos, míticos, anteriores a la especie humana. El autor documenta sus historias con detalles fascinantes sobre la flora y fauna, ejerce un tipo de hipnosis hacia el lector; sabe cómo arrastrarlo al cataclismo. No hace falta revelar ningún desenlace, pero son contundentes y atroces. De ahí que demore lo necesario en erigir las estructuras argumentales para luego detonarlas. La revelación de lo grotesco surge de forma brutal. Como debe ser. El descendiente de una vieja familia escocesa descubre su filiación con los alces: «Me vi a mí mismo en ellos. Mi rostro. El claro fenotipo de los Blackwood.» Un pintor aislado en medio del bosque, asiduo lector de Cioran, pasará un mal momento durante la noche de Halloween.


El diablo está en los detalles, y Lima se deleita en ellos. Alimenta a sus criaturas con especial delectación morosa. Quizás parezca excesivo, pero nunca desentona. El segundo tomo incluye a un par de documentalistas en espera de una especie que definitivamente no es inofensiva. Ambientado en una zona montañosa, el cuento dará un giro turbio hacia el final. A menudo, los lectores curtidos apreciarán el aroma de la hemoglobina, sus reverberaciones místicas. En reivindicación de la naturaleza como fuente de experiencias tribales, Megaloceros activa nuestro sistema límbico igual que Heilung, la banda de folk metal, o Hellblade, el videojuego de Ninja Theory. En más de una ocasión, terminaba de leer algún cuento pensando en la semejanza de sus fractales con el Lateralus de Tool. Las atmósferas vibran, sus imágenes beben del gore y el weird norteamericano e inglés, pertenecen al espíritu del gótico latinoamericano que Mariana Enriquez enarbola. Mención aparte merecen las dos últimas ficciones, una con aires de noir en el desierto a lo True Detective y la otra decididamente lovecraftiana. Lima teje seis episodios salvajes que fascinarán a los entusiastas del nihilismo cósmico. Suficiente materia siniestra para explorar una región más allá de los eones.



Megaloceros, Libros del ciervo · Gerardo Lima

Paraíso Perdido, Colección Árbol adentro, 2021

 

noviembre 24, 2021

los pequeños macabros_eros, tánatos, satanás


Mediante un estilo de resonancias góticas, 

Los pequeños macabros, de Yesenia Cabrera

indaga con crudeza en el nihilismo cósmico.

 

Have you gone down

In the dark where none is welcome?

 

Dark Day, No, nothing, never

 

Los Pequeños macabros (Paraíso Perdido, 2020) obtuvo el Premio Estatal de Cuento de Tlaxcala «Beatriz Espejo» 2018. Bajo el pseudónimo Joyce Ligotti, Yesenia Cabrera hace un guiño al escritor de culto estadounidense y organiza una serie de ficciones violentas. Dividido en 5 módulos y un epílogo, además de un potente relato introductorio titulado 13, que recomienda el viejo adagio de no hacer tratos con el diablo, el libro inspira la misma sensación de tragedia, vértigo y morbo al ver un accidente automovilístico desde la ventanilla del automóvil. Atrocidades que bien podrían pasar por crónicas, muertes súbitas en situaciones inesperadas, imágenes de una crudeza naturalista, el bestiario es diverso y divertido. Que la autora cite a Stephen King o Edward Gorey en sus epígrafes en cierto modo tranquiliza. Uno sabe que está en buenas manos. O en sentido inverso: que el libro ha caído en las nuestras y llegaremos hasta el final. Entre monstruos no hay nada que temer. 


La nada, como aspecto fundamental de la vida, nos enseña los bordes del abismo. Más allá se dibuja un enorme agujero negro. En su seno la nada es un bucle o serie de fractales, álbum familiar del cosmos lleno de cuerpos putrefactos, gusanos y bacterias, cuaderno de contabilidad escrito por un autista metafísico. Se aprende, con el paso del tiempo, a reconocer esos límites, carencias o particularidades del sinsentido. Les conferimos valor estético. Los disfrutamos cínicamente. Pero la vida enseña que, tarde o temprano, su propio valor es el cero absoluto. Bienvenido entonces, animal bastardo, hijo de un plan superior fallido.  


El esfuerzo evidente por declarar afinidades, delimitar una franja y cavar hasta el fondo es otro de los atributos que Yesenia Cabrera muestra en su ópera prima. Lápidas, huesos y esquirlas conforman una economía del horror con resonancias góticas. De forma inexplicable, uno siente la atracción del vacío. En memoria de Frankenstein, nos dejamos subyugar por criaturas bestiales que alguna vez fueron humanas. Si la lectura fuese un búnker, en el encierro aprenderíamos lo necesario para evitar cualquier tentativa de socialización. La especie humana va directo al matadero. Respirar es tan solo un trámite. Una ficha fúnebre. Si en el transcurso de la catarsis explotamos en carcajadas, todo habrá valido la pena. En cuanto a humor negro, Los pequeños macabros brinda una terapia más poderosa que la de cualquier frasco de Fluoxetina. Vamos a reír en serio, de nuestra muerte y la de quienes amamos. De nuestras convicciones y las ajenas. A lo lejos ningún horizonte, ningún pájaro, ninguna señal. 


Y así con todo. Así también los colmillos, la tristeza, el bisturí. Así los hospitales y cementerios, el manicomio y la prisión. Así las muchedumbres, los grupos de manifestantes en Wall Street, prostitutas y monjes, la carne y el espíritu. Así las mariposas y luciérnagas que brillan en pupilas de moribundos a diario. Así los túneles donde Lumière y compañía esperan taciturnos. Así los árboles donde hemos enterrado mascotas y secretos de la infancia, así la soga, así la guillotina. Miramos hacia delante y morimos de miedo antes de cerrar los ojos y sentir la quijada del tiranousario rex. 


Ese nihilismo cósmico viene a posteriori, nunca se impone como cátedra. Simplemente ocurre, nos besa el cuello y, mientras desanudamos nuestros zapatos, caemos rendidos a sus pies. El horror es un paroxismo sensorial donde muere el propio lenguaje, una lápida metafísica. Entre ataúdes no hay alarde. La economía del vacío pone en orden las cosas. Yesenia Cabrera organiza relatos oníricos a modo de clústeres, pesadillas arremolinadas que recuerdan las tumbas de Bloodborne. La sensación de asistir a una función circense que terminará de la peor manera es la oferta inicial. Cada acto inspira miedo; es posible que algunos incidentes de insomnio y sombras ambiguas se multipliquen, incluso que prendamos fuego a nuestro dormitorio. Lo que un forense diría es que nada tiene importancia en este limbo de paredes sin techo, excepto la lectura de Los pequeños macabros; en las tinieblas, el cuerpo no miente. Y si pudiéramos oírlo, y si lográramos responderle, ¿pero acaso existe algo más hermoso que el mutismo post mortem?  


Reyes y bufones en el mismo circo que arde día y noche hasta que las cenizas manosean nuestros párpados. Uno se pregunta qué clase de Dios permite que sus criaturas sufran endemoniadamente. Uno se pregunta si esa deidad no es un monstruo, una serpiente que se muerde la cola. Uno se pregunta. Muere y se pregunta. La fauna cadavérica sigue su viaje al cataclismo. Y entonces la nada cobra sentido. Es en realidad lo único que no muere. Uno muere. La nada sigue ahí. Es una economía perfecta, profunda y misteriosa. Ecuación de una incógnita que siempre da cero. Eros y Tánatos. Satanás.

 

Los pequeños macabros

Yesenia Cabrera

Paraíso Perdido, 2020


octubre 12, 2021

cuando las luces aparezcan_un atentado celeste


En sus ficciones, Roberto Abad crea un código

a partir del realismo y los géneros fantásticos.



Yo no estoy y estoy

Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco


Vicente Huidobro, La poesía es un atentado celeste



Constelaciones y nodos


En 1919, Freud publica el ensayo Lo siniestro (Das Unheimliche) para consignar sus observaciones acerca de cierto tipo de sensibilidad estética. Este concepto, que designa la extrañeza familiar, sirve a menudo para referirse al género fantástico desde una aproximación teórica. Hay semejanzas entre el término unheimlich y locus suspectus -> lugar indeseable (latín), xenos -> extraño (griego), uncanny -> raro (inglés). Como sea, la incertidumbre intelectual es condición indispensable para invocar lo siniestro. En palabras sencillas: nos asusta lo que no viene de casa. 


En Lo raro y lo espeluznante (2017), Mark Fisher intenta ir un poco más lejos. Primero traza una dicotomía entre lo unheimlich y este par de conceptos. Después concluye:


«Sin duda alguna, hay algo que comparten lo raro, lo espeluznante y lo unheimlich. Son sensaciones, pero también modos: modos cinematográficos y narrativos, modos de percepción, y, al fin y al cabo, se podría llegar a decir que son modos de ser. En todo caso, no llegan a ser géneros. Quizá la diferencia más importante entre, por un lado, lo unheimlich y, por el otro, lo raro y lo espeluznante sea su manera de lidiar con lo extraño. Lo unheimlich freudiano se relaciona con lo extraño dentro de lo familiar, lo extrañamente familiar, lo familiar como extraño; la manera en la que el mundo doméstico no coincide consigo mismo. (…) Lo raro y lo espeluznante actúan a la inversa: nos permiten ver el interior desde la perspectiva exterior. Y, como veremos más adelante, lo raro es aquello que no debería estar allí. Lo raro trae al dominio de lo familiar algo que, por lo general, está más allá de esos dominios y que no se puede reconciliar con lo "doméstico" (incluso como su negación). La forma que quizá encaja mejor con lo raro es el collage, la unión de dos o más cosas que no deberían estar juntas.»


Subgéneros como la ficción especulativa, el horror y el fantástico se ubican en tales coordenadas. De hecho, a partir del análisis de Lovecraft, Houellebecq define la estructura del relato fantástico como sigue: «Al principio, no ocurre absolutamente nada. Una felicidad trivial y beatífica inunda a los personajes, felicidad adecuadamente representada por la vida de familia de un agente de seguros en una zona residencial norteamericana. Los niños juegan al béisbol, la esposa toca un poco el piano, etc. Todo va bien. Luego, poco a poco, empiezan a multiplicarse incidentes casi insignificantes, que coinciden de manera peligrosa. El barniz de la trivialidad se agrieta, dejando paso a inquietantes hipótesis. Inexorablemente, las fuerzas del mal hacen su entrada en escena.»


Si trazáramos nodos entre autores latinoamericanos, sería fácil reconocer la obra de Samanta Schweblin, Mariana Enriquez y Luciano Lamberti dentro de la lista. Por lo menos diríamos que, sin renunciar a una tradición, es notable su entusiasmo por los subgéneros. También destaca otro rasgo: todos ellos reflexionan sobre procesos sociopolíticos en sus ficciones, tendencia que ya se podía apreciar en el Informe sobre ciegos de Ernesto Sabato, que pertenece a otra generación. «Hay una cuestión política en todo esto. La dictadura argentina, entre las múltiples perversiones que cometió, entregaba hijos de personas asesinadas a otras familias para que los criaran. Básicamente, les quitaba el derecho a la identidad, a saber quiénes eran», comenta Enriquez a propósito de su novela Nuestra parte de noche. 


A últimas fechas, ya se insinúa un gótico latinoamericano y un refrescante new weird latinoamericano. Si esto es así, hablamos no solo de movimientos nutridos por el influjo de la cultura pop, que disuelve jerarquías académicas, sino también de fajas impresas oportunamente para efectos de marketing. 



Ufología y conspiranoia


Cuando las luces aparezcan (Paraíso Perdido, 2020), de Roberto Abad, estructura seis relatos que bien podría insertarse dentro de los antecedentes arriba descritos. Conformado por dos mitades simétricas, Formas de abducción y Después del contacto, produce cuestionamientos en torno al otro como fuente de situaciones angustiantes y oníricas. A menudo sus personajes padecen pesadillas que remiten lo mismo a fenómenos extraterrestres que a fracturas del tejido social. De forma inversa, los trances oníricos insinúan realidades ajenas al orden lógico. Un Creepshow de alienígenas y alienados que sobrevuelan en tramas insanas. 


Formas de abducción, primer bloque del libro, reúne Historia sobre mi familia, El retrato y Amatlán. Tres episodios en ambientes rurales que se nutren de la ficción extraña y el realismo estadounidense, con giros argumentales precisos, angustia acumulativa y desenlaces abruptos. Después del contacto, la segunda camada de relatos, modifica su estrategia. El tratamiento de lo fantástico mezcla tonos y atmósferas, noir y sci-fi de manera menos cohesionada. Los visitantes, Hijo y El último experimento recuerdan episodios nunca vistos de series distópicas. Por contraste, ambas mitades hacen clic.


Cuando las luces aparezcan indica que Abad ha estudiado las señales de universos lejanos y sabe cómo crear símbolos propios. Pone las cartas sobre la mesa y sale bien librado. Va en busca de soluciones formales cinemáticas. Más de una secuencia en sus relatos crea la ilusión de estar viendo una película. El cuidado de la forma, los diálogos, algunas caricias al melodrama. Como sea, el título inspira optimismo respecto al futuro de la ficción especulativa en las mesas de novedades editoriales. Las historias ejercen un poder magnético devastador. Nos inducen al desconcierto, al epílogo del detective Cole en True Detective: 


«Hubo un momento, cuando estaba en la oscuridad: pude sentir que mis límites se agotaban. Y debajo de esa oscuridad, hay otra más profunda. Desaparecí. Luego desperté.» 


La tensión nunca resuelta entre ufología y conspiranoia, piezas de un puzzle destrozado, mapa que Borges jamás pudo ver, construye momentos de ansiedad tan ambivalentes como tortuosos. Danza húngara de agujeros negros. «No puedo juzgar la oscuridad, pero sí a los que habitamos en ella», informa uno de los personajes. «Adentro de mí crece un abismo», otro parece responderle. Incapaces de ver, imaginamos la farsa. Pero nunca sabremos si el truco del mago pertenece a un plan mucho más ambicioso. Y si es posible que incluso esta reseña sea parte del complot: hacernos creer que lo descubrimos.   

 

Cuando las luces aparezcan

Roberto Abad

Paraíso Perdido, 2020


agosto 18, 2021

nuestra parte de noche_línea de sangre


En su exploración del terror con elementos de crítica política y social, Mariana Enriquez crea un artefacto literario en sintonía con autores como Ernesto Sabato y Stephen King.


Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enriquez, relata la historia de una poderosa familia involucrada en sangrientos rituales, en el corazón de la selva argentina, y de cómo intenta perpetuar ese legado a través de un médium y su hijo. Es una novela de 667 páginas, dividida en 6 partes, que termina girando sobre su propio eje gracias a un ingenioso sistema de tiempo, espacio y acción. Los intereses temáticos que Enriquez dominaba en los dos libros de relatos publicados en Anagrama, espeluznantes como un par de mellizos malvados—Los peligros de fumar en la cama + Las cosas que perdimos en el fuego—, se amplían ahora en una polifónica estructura de voces alucinadas, donde muertos y desaparecidos por la dictadura argentina siguen flotando en pesadillas y trances. 


En Mariana Enriquez lo político es consustancial para fijar sus fobias y filias. No hay terror sin enfrentamiento con realidades turbias, muchas de las cuales ya se han documentado periodísticamente. En sus numerosas entrevistas, la escritora suele aportar datos complementarios, mencionar referencias. Como el caso de Omaira Sánchez, la niña colombiana cuya muerte a causa de un deslave volcánico fue televisada en 1985. El mecanismo mediante el cual se integran sucesos policíacos a tramas contiene tanto crítica social como pertinencia narrativa. La técnica, que también se observa en la producción de Stephen King, consiste en alternar varias capas de realidad a la ficción de manera dosificada. Hay suficiente elegancia en su modo de hacer sufrir a través de golpes emocionales.


Nuestra parte de noche incluye secuencias donde el terror seco, la violencia súbita y la angustia son tangibles. Aludir al terrorismo de estado durante la dictadura y ambientar el primer bloque de sucesos en un contexto turbio, de sonrisas ambiguas y falsas amabilidades, genera más miedo que un fantasma. También veremos fantasmas: todos los desaparecidos están frente a nosotros. Tras la muerte de Rosario, su esposa, Juan y el pequeño Gaspar viajan en auto hasta la casa donde Mercedes los recibirá en Puerto Reyes. Sabemos que el asunto terminará mal. La suegra es perversa; ella y la Orden están obsesionados con la inmortalidad—transferir su conciencia a otro cuerpo—y nosotros debemos caminar entre tinieblas, por senderos que recuerdan a las ilustraciones de Alfred Kubin.


La Oscuridad es un dios que solo Juan puede invocar, pese a sus problemas cardíacos. Esto lo convierte en un ser frágil, desconfiado. Enriquez consigue crear un personaje complejo, aislado socialmente, cuyo hijo heredará los mismos patrones. Ese legado inevitable convierte a Gaspar en un prisionero de una cárcel sin muros. Porque tiene a la Orden a sus espaldas, y aunque jamás los haya visto, es capaz de intuir el mal. La paranoia por una amenaza invisible lo está enloqueciendo: Gaspar huye de algo que está en su interior. Los dos bloques narrativos de sus aventuras con Vicky, Adela y Pablo, primero durante la infancia y luego en la adolescencia, son entrañables y tristísimos, nostalgia hardcore como en Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist. 


Pero aquí no hay vampiros, sino una casa que hace desaparecer a las personas. Quizá, también, los ecos de Shirley Jackson. Y mucha, muchísima sangre.  


Los homenajes remiten tanto al Informe sobre ciegos de Sabato como a It de King, pasando por Cumbres borrascosas de Brontë, dioses primigenios marca Lovecraft, imaginarios ocultistas del gótico inglés y canciones de Bowie, quien hace un par de cameos. Lo malo: en detrimento del ritmo, se acumulan demasiados nexos argumentales que eslabonan pasado y presente. Lo bueno: dado que se trata de un artefacto literario cerrado sobre sí mismo, como el reloj en Cronos de Guillermo del Toro, este monstruo sagrado se ha ganado un sitio de honor en la narrativa contemporánea. Sabato: “Existe una belleza trágica, que puede ser tenebrosa. La belleza tenebrosa de ciertos sueños, por ejemplo. Lo que pasa es que la palabra belleza es muy proclive a ser frivolizada. Porque lo lindo nunca puede ser trágico o tenebroso. La belleza, sí.” 


Desde ya les anticipo que el cierre es devastador.  


Nuestra parte de noche. Mariana Enriquez. Anagrama, 2019.

 

marzo 27, 2021

novecientos noventa y nueve_lo duro y lo tupido

 

En Novecientos noventa y nueve, de Cástulo Aceves, el agente Nepomuceno Castilla debe resolver los crímenes cometidos en nombre de Arturo Belano. 

 

Recuerdo haber leído a Roberto Bolaño justo cuando un grupo de amigos que estudiaban letras hispanas se convirtieron en fieles creyentes y conformaron una secta invisible pero agresiva contra los ateos y, peor aún, los paganos que se atrevían a cuestionarla, principalmente en las borracheras, toda vez que, tras haber examinado las doradas páginas de Los detectives salvajes, 2666, Putas asesinas y demás títulos se creían portadores de autoridad pontificia para erigir al autor chileno como la cumbre de la literatura latinoamericana, un iluminado de su propia decadencia que enseñaría el evangelio a los neófitos. 


Con esa pátina de mesianismo izquierdista era difícil aproximarse a sus libros sin sentir repulsa, no obstante la experiencia me dejó bastante claro hasta qué punto el fantasma de Bolaño sería indestructible: mis amigos terminaron siendo lo que más detestaban, al arrullo de la publicidad, el marketing, las becas nacionales, quienes eran de izquierda se pasaron a la derecha, alguno acuñó la expresión vividores culturales para autodefinirse, en las presentaciones de libros y openings de artes visuales era posible reconocerlos bebiendo vino y tragando canapés tras haber leído lo nuevo de Alejandro Zambra y lo viejo de Raúl Zurita.


Cuando viajé con ellos a Guadalajara en el contexto de unas jornadas académicas, entre los temas de moda se hablaba de infrarrealismo, pero sobre todo de la reacción violenta contra Octavio Paz, el escritor de las élites intelectuales que durante décadas marcaron el rumbo de la cultura en México, en tal sentido la oposición de Bolaño, incluso las amenazas de secuestrar a Paz eran un síntoma de hartazgo transferido a los más jóvenes, quienes simpatizaban con cualquier ideología antisistema, y perdían un poco la perspectiva entre el heroísmo de rechazar protocolos y los berrinches de ovejas descarriadas.


Lo mejor y lo peor de Bolaño está en su vocación incendiaria de prenderle fuego a falsos ídolos. Desde allí entonces abordo la reseña de Novecientos noventa y nueve (Paraíso Perdido, 2018), de Cástulo Aceves, historia en clave de novela negra que indaga el rastro del autor chileno en el círculo literario tapatío, bajo la identidad de su alter ego Arturo Belano, y los recovecos pasionales de discípulos apócrifos, varios de ellos asesinados por una supuesta logia. Aceves formula preguntas que pertenecen a un registro narrativo codificado, pero fluyen hacia su propio cauce, de modo que la obra es funcional y autónoma. 


El hilo de la trama no teme arriesgar su postulado base y, de forma sorpresiva, introduce cameos con los editores del sello al que pertenece la propia novela, giro tarantinesco, como parte de los interrogatorios del agente Nepomuceno Castilla, experto en asesinos seriales, para encontrar al autor de los crímenes, por demás crueles, y aunque los arquetipos literarios predominan no es difícil remitirnos al imaginario cinematográfico, surgen referencias pop aquí y allá. Desde luego derribar ídolos nunca será fácil, menos aún cuando se trata de Bolaño, deificado en manos de sus adeptos cuando él mismo era un desmitificador.


Aceves muestra ese conflicto, su melodía es la dialéctica del artista marginado que deviene rockstar, el escritor anti-stablishment absorbido por el mainstream, oh paradojas del liberalismo económico: Fidel Castro con sudaderas Adidas. Y, sin embargo, hay en Novecientos noventa y nueve la suficiente madurez para reírse del real visceralismo y rendirle homenaje sin aparente contradicción, mediante un buen manejo del ritmo, personajes maliciosos pero entrañables, relaciones conyugales deshechas, intriga policíaca y humor negro en grandes dosis, atributos suficientes para leer sus páginas salvajes.


La regla de oro es el escepticismo, la defensa melancólica de ciertos valores literarios por encima de las poses de vanguardia, el llamado al sentido común en tiempos dogmáticos, porque nunca dejan de haber hooligans de las letras que terminan por esgrimir su histeria colectiva, así como intelectuales orgánicos que jamás jugaron fútbol en la terraza del vecino, un poco de ambos se integra al conjunto, entre lo duro y lo tupido, Novecientos noventa y nueve sabe cómo armar ese combo, surfea en el océano de metaficciones con bastante fluidez y no exige la lectura previa de ningún mamotreto.


Como artefacto literario, se vale de la parodia antes de darnos el golpe y como tributo al corpus de Bolaño, siembra dudas respecto a las razones de su prestigio. Aceves no siente la obligación de justificar a ningún personaje, Nepomuceno Castilla posee su propio sistema de valores, se rodea de frikis, escritores amateurs y demás fauna nociva y uno quiere ahorrarle ese vano sufrimiento, pero es parte de la curva dramática por la cual debe ascender y luego desplomarse, solo cuando el caso lo sobrepasa, intuimos lo que hay detrás, los hilos del mundillo cultural, la mafia, la cosa nostra, se manifiestan.


Lógicamente, Castilla descubre auténticos fraudes auspiciados por jerarquías de saber y poder, pero en él no hay corrupción, permanece intacto como el toro de Bukowski: y cuando lo sacan arrastrando, nada ha muerto, y el hedor final es el mundo. Los treces capítulos que componen Novecientos noventa y nueve vienen cargados de kryptonita. No traicionan la inteligencia del lector; poseen garra para hacernos sufrir lo justo y necesario. Por su atención al detalle, el riguroso tratamiento de los homicidios y la intempestiva jugarreta del final, es la novela idónea para quienes han establecido con Bolaño una tierna relación de amor-odio.

Novecientos noventa y nueve

Cástulo Aceves

Paraíso Perdido, 2018