CONEJOBELGA

14 abril 2015

la música de videojuegos me cambió la vida



I
Esta historia comienza en algún punto de los años 90’s, tal vez a principios de esa década, cuando estaban de moda las Tortugas Ninja y Dick Tracy, personajes con los que la generación millennial seguramente se familiarizó. Era la época de la devaluación del peso en México, pero aún así podías disfrutar tu infancia sin preocupaciones mayores. Tenías un Super Nintendo, y ya con eso lo demás te valía madres. A veces, llegabas de la escuela y almorzabas rapidísimo para sentarte a jugar 3-4 horas, y nunca te aburrías. Fue un buen momento, pese a la crisis. Tenías—sin saberlo—la mejor consola casera, con un amplio repertorio de títulos chingones: Super Mario WorldSuper MetroidMega Man XSuper Castlevania IVDonkey Kong CountryContra III, y tus favoritos: los shoot ‘em up, también conocidos como matamarcianos—entre ellos AxelayGradius IIIParodiusSuper R-TypeDarius TwinVideojuegos de gran calidad, adictivos y nada complacientes. Nintendo se había convertido en una de las compañías más prestigiosas en el mercado del entretenimiento familiar, en competencia directa con Sega y su mascota puercoespín azul, el simpático Sonic. Sin duda, la industria seguiría creciendo y desarrollándose. Sony aún no entraba a dar batalla, ya no digamos Microsoft, de modo que el futuro era virgen. Cuando el cartucho se ensuciaba, solías soplar hacia adentro como si fuera una especie de Ocarina, sin preocuparte de los circuitos internos. No sólo eran tardes divertidas, sino placenteras: ¿quién se iba a preocupar por salir con chicas, o escribir poemas emulando a Vicente Huidobro? En cambio, prestabas atención a la música ambiental. A las deslumbrantes melodías elaboradas con sintetizadores, pegajosas e inmersivas—ahora que la palabra se ha puesto de moda entre los desarrolladores indies. Te la pasabas de puta madre, tarareando eso que ahora se conoce como VGM. Sin embargo, para ti eran sólo pequeñas perlas auditivas. Canicas sonoras, azules y galácticas.

II
Los años han pasado y el desarrollo de nuevas plataformas, con renovados recursos técnicos, facilitaron el trabajo de los compositores; en suma, permitieron nuevas y mejores experiencias. Imposible pensar, en los noventas, que Óscar Araujo participaría en un ambicioso proyecto para resucitar la franquicia de Castlevania. O que Gustavo Santaolalla se involucraría en el score de esa maravilla que es The Last Of Us. Incluso en juegos para dispositivos móviles se reconoce ya un esfuerzo por parte del equipo creativo para crear la música idónea. Por ahí están el electrizante Dariusburst Second Prologue con el OST de Zuntata, y Nihilumbra, una aventura extrañamente oscura, musicalizada por Álvaro Lafuente. He llegado incluso a conseguir ciertos títulos en función del apartado sonoro. El Donkey Kong Country Tropical Freeze fue uno de ellos—¡gracias David Wise!— y toda la camada de Mega Man para NES. Otros más: Journey, que con la etérea música de Austin Wintory se disfruta de maravilla; Papo & Youna deslumbrante metáfora del alcoholismo y la violencia intrafamiliar que Brian D’Oliveira supo traducir en piezas capaces de conmovernos hasta las lágrimas. Darren Korb aporta increíbles composiciones electrónicas para Bastion Transistor—oigan la versión en ‘modo humming’ de este último— y así podríamos alargarnos como en un viejo papiro japonés. Creo que mi amor por los videojuegos se alimenta siempre de la melomanía + los sucesos mentales que se detonan mientras estoy sumergido en algún túnel oscuro, una fábrica de hielo o, bien, la fortaleza del villano más cabrón del mundo. Por eso me cuesta entender la rivalidad entre gamers de diferentes consolas, tan parecidos a los haters del Barcelona o el Real Madrid. Yo encuentro música extraordinaria, experiencias inolvidables y un sinfín de conexiones a nivel neuronal lo mismo en un dispositivo móvil que en la Wii U o el PS3. En esto no soy nada dogmático.


III  
Existe otro gran tema a debatir, que en cierto modo se ha convertido en un tópico o ya de plano en un cliché. A saber, el de si los videojuegos son una forma de arte o no. Esto me trae a la mente el caso de Amarna Miller, una chica española que se ha convertido en la sensación del porno y francamente con justa razón, porque está buenísima. La cosa es que hace unos días, leyendo los comments sobre un debate en su página web, un tipo le decía que lo suyo rozaba la psicosis, y que en todo caso su (afortunado) novio era igual que ella. En síntesis, un par de chalados que querían parecer demasiado liberales y al final de cuentas no eran más que subproductos del consumismo erótico más vulgar. Pero Amarna sabe muy bien que lo suyo es el porno, aunque la forma de presentarlo sea más o menos conceptual, más o menos performática y cool. Y, volviendo al tema que nos ocupa, los videojuegos son precisamente eso: un producto de entretenimientoNo aspiran a la esfera elitista de las artes, aunque algunos tienen un grado de sofisticación inusual. No hay que perder de vista su objetivo, sus medios de representación, sus persuasivas campañas publicitarias y el modo en el que operan los grandes estudios para ganar adeptos y llenarse los bolsillos de buenos dólares. Ahora bien, la industria se ha desdoblado lo suficiente como para ir más allá del mero entretenimiento. Recuerdo haber visto el tráiler de ABZÛ en el E3 2014 y no me quedó la menor duda de que a veces las categorías salen sobrando. En todo caso, y aquí se me podrá acusar de subjetivo, el arte está en el ojo del que ve, y casi cualquier evento en este mundo puede ser transformado en experiencia estética—y a la inversa, muchas experiencias estéticas pueden terminar volviéndose un lugar común. A principios de los 90’s, recuerdo que comencé a leer cuentos de terror, y mi interés pasó por todos los géneros. Y luego hubo un quiebre. Me di cuenta que el horror también podía ser profundamente oblicuo y atmosférico. Amour de Haneke o Margin Call, de J.C. Chandor (que trata sobre la caída de Lehman Brothers) son dos ejemplos a la mano. Las categorías no sólo resultan reduccionistas, sino insuficientes. Pero insisto: Amarna Miller es un bombón. Seguro ya la están googleando.