CONEJOBELGA

20 diciembre 2018

clapclap_tus ideas mueven


 Bienvenido 2019.
 
1. La historia va más o menos así: Hace un par de años, un grupo de colaboradores y yo estábamos freelanceando tras haber adquirido las herramientas necesarias para hacer publicidad. Queríamos ofrecer nuestros servicios al cliente promedio que acude a una agencia y, también, orientarnos hacia la industria naranja, ya bastante visible en Yucatán. Creamos ClapClap con el propósito de ofrecer nuestros servicios de diseño y comunicación con estándares de calidad impecables. Al mismo tiempo, nos empezamos a reunir en La Bierhaus del Centro Histórico de Mérida, en parte porque era mucho más cómodo vernos ahí que en otro lado. Aprendimos dos cosas: Primero, que no es tan fácil emprender un estudio de diseño + comunicación. Y segundo: hay de cervezas a cervezas.

2. El registro en el IMPI vino después, en Diciembre de 2017. Como yo mismo lo tramité, ahora conozco la creación de una marca desde cero. De modo que ClapClap se ha especializado en branding y gestión de contenidos. A últimas fechas, Mérida promueve muchas iniciativas para emprender. Tuvimos suerte, porque hemos desarrollado proyectos clave tanto del medio cultural como del sector tecnológico. Nos ha ido bien, y ahora sabemos que, en cuanto a una marca, todo importa. Lo que dices, cómo lo dices, a quién se lo dices, y porqué lo dices. Cada detalle importa y si crees que no es así, definitivamente lo aprenderás en algún momento. Equivocarse sigue siendo la mejor escuela, pero a veces conviene saltarse la lección.

3. Si hablamos de procesos, ClapClap ha establecido una metodología precisa. Desde el brief hasta el posicionamiento de marca y los conceptos creativos, siempre buscamos que los valores diferenciales reflejen una personalidad auténtica. No vendemos humo de colores, y tampoco nos gusta mentir respecto a la expectativas del cliente. Por ello, establecemos una comunicación exhaustiva durante cada proyecto. Con la práctica, hemos adquirido experiencia y suficientes anécdotas para llenar una Moleskine que incluiría sketches tragicómicos a todo color. Sin embargo, invariablemente seguimos aquí. Porque sabemos que #TusIdeasMueven y es muy satisfactorio verlas en acción. A quienes creyeron en nosotros: gracias. A quienes todavía no nos conocen: Bienvenidos.

¡Felices fiestas a todos!


Proyectos de branding desarrollados por ClapClap

Dudumdush I Plataforma de colaboraciones donde conviven la escritura creativa, el periodismo de inmersión y el pensamiento lateral.  


ConejoBelga I Contenidos digitales para lectores inquietos. Plataforma de reseñas, entrevistas, dossiers y artículos sobre cultura pop.  


Walook I Servicios de desarrollo de software, soluciones informáticas y capacitación a empresas.  


Hamlet/Instructivo para no morir en el intento I Pieza teatral dirigida por Mariano Olivera, presentada en el Centro Cultural Olimpo.  


WheelBe I Sistema de gestión de servicios automotrices mediante una aplicación móvil con respaldo en la nube.


Suburbios de Mérida I Proyecto que promueve el valor cultural, social e histórico del centro de la ciudad de Mérida mediante plataformas digitales.


Redify I Empresa de telecomunicaciones, publicidad y mercadotecnia que opera en el sureste de México.
 


Redes + Contacto
heyclapclap@gmail.com


18 diciembre 2018

libia lizama_poesía y tabú


Un poemario a lo Rulfo, donde
la vida y la muerte bailan desnudas.


Cerca del nuevo fin
Tabú, fuego y dolor
La selva se abrió a mis pies
Y por ti tuve el valor
De seguir.

Gustavo Cerati



1. Doce de Diciembre, 12 del día. Entro al mítico Café Pop y ordeno un jugo de naranja + un flan napolitano. Abro el libro de Libia Lizama Crespo, A mis sesenta y más, para sintonizar el foco de nuestra entrevista. Su poemario, dividido en tres partes [Oruga, Metamorfosis y Libertad] se lee de un tirón. Tiene esas cualidades: ser homogéneo, expresivo, insolente. Además, el subtítulo—Poesía que rompe tabúes—resulta una declaración de principios. Libia describe su práctica como una invitación y un atrevimiento. Rápidamente, activo la reportera, ese REC tan sigiloso. Platicamos durante dos horas y le digo que no suelo hacer demasiadas colaboraciones en Mérida. Más bien evito las capillas literarias, me mantengo en los márgenes. Salvo excepciones.   

2. Libia estudió la carrera técnica de creación literaria en el Centro Estatal de Bellas Artes durante el tiempo que impartí varias materias. Ella y su hermana Olda eran las primeras en llegar y las últimas en irse. Hacían preguntas, de todo tipo, algunos sumamente específicas, lo cual habla de su espíritu indagador. Fue durante aquellas sesiones que compartimos experiencias literarias/estéticas que rehuían el protocolo. Y, claro, revisión de textos, comentarios, sugerencias. Luego perdimos contacto varios meses, hasta la publicación de su libro. A la distancia, tras leerlo, reconozco que la obra despliega un pulso lírico estable. Eleva una voz personal entre verso y verso. Las experiencias urden metáforas; hay un lenguaje, un código, una ruta simbólica. En fin.




3. Decir que Libia explora temas universales como el amor, la libertad y el deseo sería simplista. Lo mismo que orientar su discurso hacia el feminismo. Lo primero, porque la voz poética desborda lo abstracto para enaltecer todos los sentidos. Lo segundo, porque no hay protesta en su obra, sino celebración de la carne. Una fiesta que no excluye amarguras. Una fiesta que no descarta episodios trágicos. Una fiesta a lo Rulfo, donde la vida y la muerte bailan desnudas. Lo innovador de su estilo consiste en decir Yo puedo en un circuito artístico que no es precisamente inclusivo. Ella misma señala: Alguien de Bellas Artes me dijo: «¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? Eres una alumna, estás saliendo de la escuela, tienes más de sesenta años y—la palabra mágica—eres mujer

4. A mis sesenta y más cuestiona el establishment yucateco. Es un primer trabajo inteligente. Un caballo de Troya para la ciudad blanca. La literatura no solo consiste en enseñar retórica, sino (quizás) en revertirla contra el patriarcado, la violencia del aparato cultural obsoleto, y lo que venga. Por otro lado, ante el diagnóstico de que ya nadie lee poesía porque es completamente inútil hacerlo, Libia ha escrito un poemario. Y me dice, mientras formulo esto en mi cabeza, que vienen más proyectos. «Estoy planeando otro libro, pero será variado. Incluirá un monólogo, un ovillejo a la manera de Cervantes, varias sorpresas.» Entonces lee algunos versos, en una libreta de espirales, y sonríe, mientras se oye una canción de Los pasteles verdes al fondo.
  

A mis sesenta y más
Libia Lizama Crespo
Edición de autor, 2018


14 diciembre 2018

patrick süskind_la montaña


 
Fragmento de la novela El perfume: historia de un asesino [1985].

Este polo, es decir, el punto más alejado de los hombres en todo el reino, se encontraba en el macizo central de Auvernia, aproximadamente a cinco días de viaje de Clermont, en dirección sur, en la cima de un volcán de dos mil metros llamado Plomb du Cantal.

La montaña era un cono gigantesco de piedra gris plomo y estaba rodeada de una altiplanicie interminable y árida donde sólo crecían un musgo gris y unas matas grises entre las cuales sobresalían aquí y allá rocas puntiagudas, como dientes podridos, y algún que otro árbol requemado por el fuego. Esta región era tan inhóspita, incluso en los días más claros, que ni el pastor más pobre de la misérrima provincia habría llevado hasta allí a sus animales. Y por las noches, a la pálida luz de la luna, su desolación le prestaba un aire que no era de este mundo. Incluso el bandido Lebrun, nacido en Auvernia y muy buscado por la justicia, había preferido trasladarse a Cèvennes, donde fue cogido y descuartizado, que ocultarse en el Plomb du Cantal, en donde seguramente nadie le habría buscado ni encontrado, pero donde habría hallado la muerte para él todavía más terrible de la soledad perpetua. Ningún ser humano vivía en muchas millas a la redonda y apenas algún animal de sangre caliente, sólo unos cuantos murciélagos y un par de escarabajos y víboras. Hacía décadas que nadie había escalado la cima.

Grenouille llegó a la montaña una noche de agosto del año 1756. Amanecía cuando se detuvo en la cumbre, ignorante aún de que su viaje terminaría allí. Pensaba que era sólo una etapa del camino hacia aires cada vez más puros y dio media vuelta para que la mirada de su nariz se paseara por el impresionante panorama del desierto volcánico: hacia el este, la extensa altiplanicie de Saint-Flour y los pantanos del río Riou; hacia el norte, la región por donde había viajado durante días enteros a través de pedregosas y estériles montañas; hacia el oeste, desde donde el ligero viento de la mañana sólo le llevaba el olor de la piedra y la hierba dura; y, por último, hacia el sur, donde las estribaciones del Plomb se prolongaban durante millas hasta las oscuras gargantas del Truyére. Por doquier, en todas direcciones, reinaba idéntico alejamiento de los hombres, por lo que cada paso dado en cualquier dirección habría significado acercarse a ellos. La brújula oscilaba, sin dar ninguna orientación. Grenouille había llegado a la meta, pero al mismo tiempo era un cautivo.

Cuando salió el sol, continuaba en el mismo lugar, olfateando el aire, intentando con desesperado afán encontrar la dirección de donde venía el amenazador olor humano y, por consiguiente, el polo opuesto hacia el que debía dirigir sus pasos. Recelaba de cada dirección, temeroso de descubrir un indicio oculto de olor humano, pero no fue así. Sólo encontró silencio, silencio olfativo, por así decirlo. Sólo flotaba a su alrededor, como un leve murmullo, la fragancia etérea y homogénea de las piedras muertas, del liquen gris y de la hierba reseca; nada más.

Grenouille necesitó mucho tiempo para creer que no olía nada. No estaba preparado para esta felicidad. Su desconfianza se debatió largamente contra la evidencia; llegó incluso, mientras el sol se elevaba, a servirse de sus ojos y escudriñó el horizonte en busca de la menor señal de presencia humana, el tejado de una choza, el humo de un fuego, una valla, un puente, un rebaño. Se llevó las manos a las orejas y aguzó el oído por si captaba el silbido de una hoz, el ladrido de un perro o el grito de un niño. Aguantó durante todo el día el calor abrasador de la cima del Plomb du Cantal, esperando en vano el menor indicio. Su suspicacia no cedió hasta la puesta de sol, cuando lentamente dio paso a un sentimiento de euforia cada vez más fuerte: ¡Se había salvado del odio! ¡Estaba completamente solo! ¡Era el único ser humano del mundo!

Un júbilo inaudito se apoderó de él. Con el mismo éxtasis con que un náufrago saluda tras semanas de andar extraviado la primera isla habitada por seres humanos, celebró Grenouille su llegada a la montaña de la soledad. Profirió gritos de alegría. Tiró mochila, manta y bastón y saltó, lanzó los brazos al aire, bailó en círculo, proclamó su nombre a los cuatro vientos, cerró los puños y los agitó, triunfante, contra todo el paisaje que se extendía a sus pies y contra el sol poniente, con un gesto de triunfo, como si él personalmente lo hubiera expulsado del cielo. Se comportó como un loco hasta altas horas de la noche.

[…]

Se sabe de hombres que buscan la soledad: penitentes, fracasados, santos o profetas que se retiran con preferencia al desierto, donde viven de langostas y miel silvestre. Muchos habitan cuevas y ermitas en islas apartadas o—algo más espectacular—se acurrucan en jaulas montadas sobre estacas que se balancean en el aire, todo ello para estar más cerca de Dios. Se mortifican y hacen penitencia en su soledad, guiados por la creencia de llevar una vida  agradable a los ojos divinos. O bien esperan durante meses o años ser agraciados en su aislamiento con una revelación divina que inmediatamente quieren difundir entre los hombres.

Nada de todo esto concernía a Grenouille, que no pensaba para nada en Dios, no hacía penitencia ni esperaba ninguna inspiración divina. Se había aislado del mundo para su propia y única satisfacción, sólo a fin de estar cerca de sí mismo. Gozaba de su propia existencia, libre de toda influencia ajena, y lo encontraba maravilloso. Yacía en su tumba de rocas como si fuera su propio cadáver, respirando apenas, con los latidos del corazón reducidos al mínimo y viviendo, a pesar de ello, de manera tan intensa y desenfrenada como jamás había vivido en el mundo un libertino.

Ilustración: CONEJOBELGA



11 diciembre 2018

fernando pessoa_tedio


 
Fragmento del Libro del desasosiego [2011].

Nadie ha definido todavía, en un lenguaje comprensible para quien no lo haya experimentado, lo que es el tedio. Unos llaman tedio a lo que no es más que aburrimiento; otros, a lo que sólo es malestar; otros aún dicen tedio queriendo decir cansancio. Pero el tedio, aunque participe del cansancio, del malestar y del aburrimiento, participa de ellos como el agua participa del hidrógeno y del oxígeno de que está compuesta. Los incluye sin parecerse a ellos.

[…]

El tedio es, en efecto, el aburrimiento del mundo, el malestar de estar viviendo, el cansancio de haber vivido; el tedio es, realmente, la sensación carnal de la múltiple vaciedad de las cosas. Pero el tedio, más que eso, es el aburrimiento de otros mundos, tanto si existen como si no; el malestar de tener que vivir, aunque sea como otro, aunque sea de otro modo, aunque sea en otro mundo; el cansancio, no sólo del ayer y del hoy, sino también del mañana, de la eternidad, si es que existe, y de la nada, si es que en ello consiste la eternidad. Y tampoco es sólo la vaciedad de las cosas y de los seres la que duele en el alma cuando se halla en estado de tedio: es también la vaciedad de alguna otra cosa que no son las cosas y los seres, la vaciedad de la propia alma que siente el vacío, que se siente ella misma vacío, y que en ese vacío se enoja y se repudia.

El tedio es la sensación física del caos y de que el caos lo es todo. El aburrido, el que siente malestar, el cansado se sienten presos en una celda estrecha. El que está a disgusto con la estrechez de la vida se siente encadenado en una celda amplia. Pero el que sufre de tedio se siente preso en libertad frustrada dentro de una celda infinita.

Ilustración: CONEJOBELGA


e. m. cioran_anécdota


Fragmento de Cuadernos 1957-1972 [2000].

Nunca olvidaré la emoción que sentí, hace mucho tiempo, cuando leí en Barrès la “anécdota” siguiente: un niño (siete, ocho años) enfermo se había encerrado en un completo mutismo. Lo velaba su padre. Un día, el niño rompió el silencio para decir solo estas palabras y qué palabras: “Papá, me aburre morirme.”

Ilustración: CONEJOBELGA


gaston bachelard_lágrimas


Fragmento de La poética del espacio [1957].

En sus memorias, Alejandro Dumas dice que era un niño aburrido hasta llorar. Cuando su madre lo encontraba así, llorando de aburrimiento, le decía:

—¿Por qué llora Dumas?
—Dumas llora, porque Dumas tiene lágrimas—contestaba el niño de seis años.

Ilustración: CONEJOBELGA


30 noviembre 2018

monterroso_la rana


Un texto de Monterroso incluido en
La oveja negra y demás fábulas, de 1969.


Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.


josé saramago_desquite



Incluido en el libro de cuentos Casi un objeto, Desquite construye una brillante metáfora, en clave onírica, sobre la violencia y el instinto.

 
El muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe, flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil. El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una palabra que no se oyó. El río fluía, lento.

El muchacho subió la ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos. Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera temblaba.

La casa era baja, achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el pausado brotar de sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos, sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos, agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.

Corrió hacia el patio, pero no pasó del umbral de la puerta. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo. Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad. Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta. Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja, suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre.

El muchacho volvió al interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja. Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba.

El muchacho se quedó quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la primera, con los ojos redondo bajo las arcadas salientes, parecía estar esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían. Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio, vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua el relámpago azul.

El muchacho se quitó la camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después, con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría. Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.

El muchacho miró una vez más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila, mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.