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agosto 19, 2026

muertos s.l._explotar de risa

 

La cuarta y última temporada de Muertos S.L. pisa el acelerador para cerrar el ciclo de la mejor manera posible.

 

 

Creada y dirigida por los hermanos Alberto + Laura Caballero, en asociación con un equipo de colaboradores siempre inventivos, Muertos S.L. cerró su ciclo con el estreno de la cuarta y última temporada, disponible ya en Netflix. La despedida es triste, pero intensa. Basada en los incidentes de la funeraria Torregrosa y su personal, la serie eleva el humor negro a unos niveles de absurdo desternillantes. Mediante diálogos ágiles, los seis episodios de la entrega final aceleran el crescendo de las situaciones hasta llevarlas a un punto de no retorno donde la estampida de carcajadas resulta burbujeante. Como si el equipo de guionistas pisara el acelerador de madrugada, en una noche de fiesta, el impacto del desenlace aturde la respiración. 

 

En su intento por ocupar la dirección de la funeraria, Dámaso (Carlos Areces) y Chemi (Diego Martín) entran a una dinámica del coyote y el correcaminos frenética. A su vez, mientras Abel (Gerald B. Fillmore) se vincula sentimentalmente con una anciana, Olivia (Aitziber Garmendia) descubre que la adivina del tarot es una estafadora confesa, y Manuela (Adriana Torrebejano) se obsesiona en aclarar las circunstancias del accidente donde falleció su novio y la maldición que recae sobre sus pretendientes. Sin dejar fuera la ingenuidad de Nieves (Ascen López), a quien se rinde homenaje póstumo, la astucia de Nino (Salva Reina) o la inefable sumisión de Morales (Roque Ruiz), en el negocio nada funciona como debería y el caos reina de principio a fin.

 

La música original, compuesta por Pedro Barbadillo, añade otra capa de sarcasmo al conjunto. Muertos S.L. juega a ser un divertimento y, desde la ligereza, aviva una reflexión sobre las ambiciones humanas en el breve tránsito de la cuna a la tumba. Y nosotros, simples mortales, explotamos de risa ante lo fatal. Toda vez que crisis, como dice Chemi, significa oportunidad en chino, vale la pena darse una vuelta por el tanatorio de Torregrosa y diseccionar el mayor de nuestros temores a ritmo de jazz. 

 


 

febrero 13, 2024

la brujita que cruzó mi barrio marginal_tristes pixeles

   

Una waifu sobrevuela el Estado de México y aterriza en Ecatepec.  

  

En La brujita que cruzó mi barrio marginal (Trajín, 2023), Omar Ramírez yuxtapone dos universos paralelos y distantes: el real del Estado de México, con su idiosincrasia urbana, y el de Maho Shiro, una serie animada japonesa. De este crossover surge una trama divertida, a veces inverosímil, cuyos giros no siempre resultan consecuentes. Más bien el concepto creativo—una bruja llamada Larissa llega al mundo de Brayan, un adolescente que vive en Ecatepec—dota a la novela de cierta aproximación al coming of age, pero sus numerosos cliffhangers la desploman hacia el limbo de Wattpad. Es de extrañar que Ramírez, quien previamente liberó en modo gratuito el infame volumen de La rata con Thinner, no se haya atrevido a más en su primera incursión formal dentro de la narrativa. 

Como artefacto literario, la obra muestra características que, sin ser propiamente defectos, sí representan un inconveniente para una valoración estética a lo Harold Bloom, para quien una pieza literaria debe incluir tres atributos: poder cognitivo, belleza y sabiduría. Vamos por partes. Las acciones de los personajes surgen de forma automatizada, sin construcción de un perfil psicológico por el cual se perciban motivaciones nítidas. Los diálogos, llenos de modismos y albures innecesarios, podrían fácilmente pertenecer a cualquier Sensacional de traileros. Si bien el autor intenta diseñar un escenario donde colisionen ambos universos, el aura de pastiche prevalece, y esto deriva en una frágil sucesión de capítulos accidentados, grises como unidades habitacionales.


La primera novela de Ramírez esboza una serie de elementos que podrían afinarse en trabajos posteriores, como el entusiasmo por la cultura pop asiática, la recuperación del lenguaje callejero y los guiños al realismo sucio. Lo otro es ornamental y transitorio: su trama casi anecdótica, saturada de fan service, revela una escasez lingüística de niveles pornográficos. Una lectura con perspectiva de género reduciría la existencia de Larissa a mero fetiche sexual. Si al menos la obra en cuestión abordase con osadía los episodios eróticos, podríamos elevarla a la categoría de comedia dramática, pero se conforma con una premisa básica y sobrevuela el cliché adolescente del hentai censurado. Y falla por partida doble: no cumple como obra literaria ni como pieza clandestina. Los tristes pixeles siguen ahí. 


La brujita que cruzó mi barrio marginal es no sólo una novela políticamente correcta, sino previsible. Maniquea en su planteamiento de arquetipos, bastante lineal en su ristra de episodios, y confusa: Larissa no se empodera para liberarse de la mirada cosificadora, más bien acumula un capital erótico desmesurado a través de su viaje por Ecatepec. Pero sigue siendo estúpidamente sexualizada, vista como fantasía erótica masculina. Quizás el mayor mérito de esta novela sea que existe un nicho fértil en el que hallará por fin su camino, y será reivindicada por una horda de incels temerosos ante la vida adulta. Si Ramírez intentó higienizar la misoginia latente en la figura de la bruja, erró los tiros. Larissa termina siendo la proyección mental de un chico fascinado por sus tetas. Un holograma onanista.



Una brujita que cruzó mi barrio marginal

Omar Ramírez · Trajín, 2023

 

diciembre 10, 2023

la mesías_el reino y sus demonios

 

Una familia enclaustrada. Una madre mesiánica. Música pop y sectas familiares. Reseñamos La Mesías, de Javier Ambrossi & Javier Calvo, la serie más alucinante del año.




Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,

una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,

mi alma, mi alma: y repito esa palabra

no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,

en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente

para hacer ver que no tiene sentido.


Leopoldo María Panero, El circo


 

Vivimos invadidos por la ideología, los discursos maniqueos, el simulacro digital. Hubo una época previa, embrionaria, en la que Internet no era la máquina de ficciones que es hoy. Un paraíso perdido de estética kitsch, genuina por sus carencias, idealista. Y en aquella caverna de sombras platónicas, ¿qué tan fácil resultaba mentirle a las audiencias, improvisar realidades distorsionadas, condicionar al rebaño con argumentos falaces? Antes de la posverdad, ¿cómo operaba el montaje colectivo, la melodía triste del flautista de Hamelín? 


El encierro en casa, laboratorio en miniatura de tiranías sociales, engendra seres anómalos. Una madre que bordea la psicosis, frustrada, y un padrastro dominante, vetusto. Una camada de hijas que bajo restricciones y amenazas descubren el cine como vía de escape. “A mamá no le habla Dios. Mamá está loca”, expresa Enric, el hermano mayor, ahora rebautizado como Isaías, mientras Resurrección (antes Irene) recibe órdenes como por mandato divino bajo el asfixiante yugo de lo familiar y lo siniestro. Bienvenidos a la España profunda.


Los traumas de infancia también producen monstruos. Alienadas por el dogma, las relaciones de poder originan culpa, resentimiento, incertidumbre. El cristianismo funda una moral de esclavos. Si a lo anterior añadimos una pátina de cultura pop dosmilera, una madre mesiánica tricéfala y un grupo musical de chicas entonando versos delirantes, la fórmula se convierte en experiencia religiosa. Justo lo que Javier Ambrossi & Javier Calvo han logrado amalgamar en La Mesías (2023), serie de 7 episodios transmitida por Movistar Plus+.


Las coordenadas visuales que los Javis cruzan son múltiples y ambiciosas, desde la estética low fi, con claras alusiones al estilo Almodóvar, hasta la saga de Flos Mariae, el grupo musical de hermanas frikis cuyos videos inspirados en la Virgen María llegaron a viralizarse con miles de reproducciones en YouTube. Sin olvidar el alucinante homenaje coreográfico a Cantando bajo la lluvia y la figura espectral de Carlos Saura y su Mamá cumple cien años. Un vórtex de influencias que incluye alienígenas y música original de Hidrogenesse. 


Lo que cambia, respecto a su filmografía anterior, es la complejidad (el arco narrativo abarca tres bloques cronológicos) y el tono (salvo interludios, casi no hay humor, sino drama con añadidos ufológicos). Quienes lleguen a La Mesías por el recuerdo de La llamada, Paquita Salas o Veneno, van a sorprenderse ante la metamorfosis que supone este nuevo mundo, la sofisticada base psicológica de sus personajes, la tesitura de los conflictos trenzados con virtuosismo formal, y el ritmo galopante en sus momentos más desgarradores.


La Mesías sabe surfear temas polémicos con determinación y madurez. En tanto ficción, revierte el juicio unilateral del fanatismo religioso. La advertencia del autoengaño y la búsqueda legítima de redención oscilan en ambos extremos de la fe. Quizás por ello su crescendo alcanza la cúspide en el sexto capítulo, y el séptimo sirve como epílogo para restañar heridas del pasado y asimilar el trauma. Su mensaje llega claro y conciso. En el reino de Dios, la rebeldía se torna soledad y silencio. Pero vale la pena alzar la voz, revertir el pecado, fugarse al mundo.


Las tres versiones de Montserrat, interpretadas por Ana Rujas, Lola Dueñas y Carmen Machi, son brillantes. Perfilan un personaje voluble, contradictorio, terrorífico. Los hermanos mayores, Enric e Irene, en sus distintas capas, ejercen contrapeso dramático. Los roles adultos corresponden a Roger Casamajor y Macarena García. El reparto de las niñas/adolescentes concentra un rango expresivo hipnótico, con Amaia entre filas. Albert Pla como padrastro fanático transmite desasosiego. Cecilia Roth en su odisea ufoespiritual es la cereza del pastel.


La Mesías incluye una escena realizada con Inteligencia Artificial en la que Irene visita la casa de su infancia, y en un viaje de ketamina fusiona pasado y presente de modo fantasmagórico, mientras la música de Stella Maris resuena: escuchamos sintetizadores ominosos en un trance de criaturas lisérgicas, ángeles caídos y vírgenes nocturnas. “Pom, pom, toc, toc, queremos entrar en el reino de Dios”, entonan las niñas, luciendo vestidos de princesas. El mundo es una rave llena de voces infantiles. No hay sentido. No hay salida. 

Sólo el vacío de nuestra inmersión emocional.

 











agosto 17, 2022

lost at sea_monólogos en el maletero



A partir del viaje como metáfora central, Lost At Sea, 

de Bryan Lee O’Malley, relata la melancólica transición 

que emprende Raleigh de la adolescencia a la joven adultez.




Todo comenzó con un chico—Stillman—, a quien ella amó más de lo que debía. Luego fueron sus padres, separados cuando el amor no fue suficiente. Ahora Raleigh, vacía, está atrapada en un viaje por carretera con tres desconocidos tratando de regresar a casa, si es que hay una casa a la que regresar. Viajes, vacíos, Lost At Sea.

Perderse es una de esas experiencias que todos vivimos de una forma u otra. Pudo ser en un viaje de carretera durante las vacaciones. Quizá nuestra primera noche en una nueva ciudad. Incluso los pasillos de un supermercado pueden convertirse en un auténtico laberinto cuando la estatura no nos da para ver más allá de la segunda estantería del anaquel. Perderse es inherente a viajar, ya que implica alejarnos del camino establecido y deambular intentando rectificar sobre las huellas que dejamos. Todavía más interesante, viajar no siempre implica trasladarse de un punto físico a otro. Hay viajes que nos dejan estáticos en un sitio y nos llevan a los confines de nuestra propia mente. Quizá este tipo sea el más aterrador de todos.

Raleigh está atrapada entre dos viajes. Por un lado, el roadtrip de regreso a Canadá junto a sus compañeros de universidad. Por el otro, en el asiento trasero del auto, muy adentro de sí misma, evoca recuerdos impostores, traumas y emociones sin salida. Dos travesías simultáneas que avanzan hacia el mismo destino aunque en un principio no lo parezca. Nuestra protagonista es una chica especial, rodeada de un aura melancólica discreta para no aparentar debilidad. Ella es Raleigh, la voz y ojos que nos cuentan la historia del cómic y a través de quien experimentamos soledad, tristeza y esperanza. En el mismo auto viajan Ian, Dave y Stephanie, tres chicos de la universidad que solo se cruzaron por accidente y ahora parecen abrumados por horas y kilómetros, más de los que la carretera puede señalar.

La compañía es un elemento central de esta historia. Uno de los traumas con los que Raleigh carga es precisamente la soledad y el abandono. Hablamos de un personaje que ha visto cómo el amor se desvanece: sus padres, sus amigos, Stillman. El amor, en todas sus formas, ha desaparecido de la vida de Raleigh, quien todavía busca explicaciones donde no las hay y recuerdos impostores que la alejan más de su objetivo. Sin embargo, es en esta soledad donde los tres desconocidos que la acompañan irán entablando, poco a poco, lazos con la melancólica chica, especialmente Stephanie, quien coprotagoniza varias de las escenas con mayor carga sentimental.

Con este arco emocional tan explícito, para muchos será una sorpresa que la mente detrás del cómic sea Bryan Lee O’Malley, guionista e ilustrador canadiense que es mejor conocido por crear los seis volúmenes de Scott Pilgrim, su obra más importante. Lost At Sea antecede a los siete ex novios malvados y aunque no comparte nada con el universo de Scott, es evidente que la historia de Raleigh dio los primeros pasos para que el infame bajista de Sex Bob-Omb pudiera correr. Pero aquí no hay videojuegos, música pegajosa o ex novios con superpoderes; esta es una obra más intimista que coquetea con el dolor, los sentimientos y los recuerdos que todavía nos atormentan. No obstante, si rastreamos semejanzas, ambos cómics comparten en su ADN el mismo conflicto: la transición de la adolescencia a la adultez joven, etapa que representa cambios de personalidad, obligaciones, deseos y para la que muy pocos nos sentimos preparados cuando llega. 

Estos conflictos laten a través de la protagonista. Llegar a los veinte años es problemático. En solo dos décadas hemos pasado por numerosas situaciones, y la conciencia del tiempo nos permite ver que dicho lapso fue casi una eternidad. La infancia se siente como la historia de alguien ajeno. La adolescencia reposa a lo lejos a pesar de que la frontera sea de apenas una pizca de años. ¿Se supone que ya debo saber qué quiero hacer? Cierto, hemos tomado decisiones importantes y enfrentado sus consecuencias, somos jóvenes y aun así nos sentimos como si no hubiera tiempo suficiente para corregir. Tener veinte años provoca miedo y este cómic es la prueba. 

Hay algo en Raleigh que nos identifica: una amistad perdida, una relación que no llegó a nada, distancias que no volverán y recuerdos que buscamos disfrazar por mentiras que nos harán sentir mejor. Peleamos contra el tiempo a pesar de que reconocemos el vértigo que nos arrasa. Lost At Sea se atreve a zambullirse en estos miedos que palpitan mientras escribo su reseña, porque es la única forma en la que puedo dejar evidencia de lo reales que son. 

Crecer, forjar lazos, superar miedos y encontrarse con nuevos desafíos es parte de crecer. Es un viaje en carretera que muta a cada kilómetro. Un amigo nos acompaña en el asiento del copiloto, con las culpas y los deseos peleando en el asiento trasero, mientras que los recuerdos buscan la forma de escapar del maletero. No encuentro más palabras para explicar Lost at Sea salvo el monólogo que cierra el cómic: 

Estoy recostada y lidiando con ello mirando a las estrellas y tengo once, tengo dieciséis, tengo dieciocho, soy una recién nacida, soy todos en todas partes, contigo, sin ti, libre en el limbo, perdida en el mar.

¿Qué significa? Eso es algo que tendrás que descubrir en tu propio viaje. 



Lost At Sea

Bryan Lee O’Malley

Oni Press, 2005 (2ª edición)



enero 29, 2021

30 monedas_legado de judas

 

30 monedas: el mejor Álex de la Iglesia regresa con una serie demoníaca. 

 

Sabemos que Judas traiciona a Jesús, se cuelga de un árbol y las treinta monedas de su traición se dispersan por el mundo. Pero siglos más tarde, en Pedraza, Elena (Megan Montaner) asiste a una vaca durante su parto y, en lugar de un borrico, el animal da luz a un bebé. Paco, el alcalde (Miguel Ángel Silvestre) se involucra en el fenómeno y hay sospechas de que el padre Vergara (Eduard Fernández), exorcista y ex boxeador en el destierro, está vinculado al incidente. De qué modo, corre por cuenta del espectador averiguarlo.


30 monedas, la serie de HBO Europa dirigida por Álex de la Iglesia, funciona como un clúster de obsesiones en clave de horror. Cada episodio se presenta de forma independiente y con identidad propia, subordinada al ambicioso guión que el director español ha coescrito con Jorge Guerricaecheverría. Dupla creativa que ha liberado legítimas joyas, prácticamente una filmografía completa desde El día de la bestia (1995) hasta Perfectos desconocidos (2017), y ahora esto. Estamos ante un Álex de la Iglesia en estado puro, dice la crítica, y vaya que es verdad.


¿De qué va 30 monedas? De la lucha entre el bien el mal con el trasfondo de un complot religioso internacional. Si bien Álex de la Iglesia insiste en haber filmado una serie de horror puro y duro, la producción es tan alucinante que en varios segmentos emití de forma involuntaria una especie de risa nerviosa y ambigua. No siempre vemos desfilar bestias que rinden tributo a Lovecraft, posesiones y dobles malditos, espejos dimensionales, resucitados por hechicería y sacerdotes que argumentan con demonios. 

  

 

Ejercicio radical de cultura pop que consigue alturas hiperbólicas, uno se ríe desde su asiento y termina preguntándose: ¿pero qué estoy viendo? Sin embargo, esta densidad friki no es para todos, y habrá quienes consideren a 30 monedas como una descomunal acrobacia para urdir tramas de cine B mediante guiños, gags y trucos de mago. Pero vaya que si entras al universo retorcido que propone, te acostumbras a sus blasfemias, giros diabólicos y personajes excéntricos, estimarás en su justa medida más de una tesis teológica, cuestionarás el dogma.


Porque Álex de la Iglesia no escatima en recursos técnicos ni diálogos para explicarnos que quizá Judas fue, dentro del plan divino, el apóstol perfecto: obedeció al pie de la letra el designio mesiánico para irse al infierno. Por ende, Satanás formaba parte de una obra de teatro metafísica, donde el mal había sido orquestado por el bien, y practicarlo era perfectamente admisible, incluso admirable. Satánico en estado de gracia, no apto para espíritus minimalistas ni monjes tibetanos. Veas lo que veas, niégalo.

     


mayo 28, 2020

a perfect circle_a 20 años de mer de noms


Analizamos la vigencia de un álbum fascinante, a dos décadas de su lanzamiento.
 

Con letras más bien crípticas y elaboradas atmósferas sonoras, A Perfect Circle lanzó Mer de noms el 23 de Mayo de 2000. Un álbum importante en todos los sentidos, titulado así por la cantidad de nombres que se incluían a modo de títulos de canciones. Los seguidores de Maynard James Keenan, el vocalista de Tool que ahora se fusionaba con el guitarrista Billy Howerdel, esperaban un disco con la misma tesitura rítmica; sin embargo, esta pieza de arte respira bajo un clima esotérico de resonancias emocionales intensas. Más que derivar en un trabajo de metal progresivo, la primera placa de APC siembra las raíces de una estética misteriosa, sensitiva y mística. Poco a poco, a lo largo de su trayectoria, se consolidará como un proyecto sólido e independiente de la fuente madre.

 



Además de Keenan + Howerdel, el quinteto estaba integrado por Josh Freese (percusiones), Paz Lenchantin (violín) y Troy van Leewen (guitarras). El apartado visual también cosechó un séquito de admiradores que veían en los símbolos rúnicos la oportunidad para tatuarse mensajes ultraestilizados. Mer de noms puede ser apreciado como una obra de arte íntegra, ramificada en imágenes, conciertos, colaboraciones insólitas y una calidad musical sobresaliente. En Febrero de 2019, la prestigiosa revista Metal Hammer comentó que «Mer de noms es más instantáneo, accesible y frágil que cualquier cosa a la que Tool le haya puesto su nombre, pero comparte el mismo tono elegante, la soberbia composición de las canciones y, obviamente, la poderosa voz de su icónico líder.»

 

 

Temas como The Hollow, Magdalena, Orestes, 3 Libras, Renholder o Thomas gravitan alrededor de un planeta desconocido, rojizo, insoportablemente magnético. Exploran los límites del erotismo, la religión, las tragedias griegas y la melancolía de los amores imposibles. No obstante, el conjunto final es más que la suma de sus partes, adquiere un estrato superior debido a la madurez compositiva, el nivel de inmersión emocional y el desesperado encuentro con la belleza. Luego vendrían tres placas más, Thirteenth Step (2003), Emotive (2004) y Eat the Elephant (2018). Con el paso del tiempo, APC deja atrás la disonancia por la armonía, abandona sus consignas trágicas a favor de la protesta política y abre nuevos círculos en búsqueda de la perfección, quizá inalcanzable.

 

En retrospectiva, Mer de noms será su mejor apuesta.

 

 

abril 09, 2020

kiki_el mar, la bruja y su gato


Un clásico de Ghibli, disponible ya en Netflix.
  
El catálogo de Ghibli llega por fin a Netflix con películas entrañables como El castillo en el aire (1985), Mi vecino Totoro (1988), La princesa Mononoke (1997), El viaje de Chihiro (2001), El increíble castillo vagabundo (2004) y Kiki: Entregas a domicilio (1989). La mayoría de tales producciones fueron realizadas por el director Hayao Miyazaki, gracias a quien dicha casa animadora obtuvo un Oscar por su trabajo en El viaje de Chihiro, el primer largometraje con formato de anime en ganar esta categoría. Más de una vez nos hemos emocionado con los paisajes y personajes del universo Ghibli, como es el caso de la bruja primeriza Kiki.     

Kiki es una chica de 13 años que emprende una odisea en compañía de su gato negro Jiji. Para ello necesita hacer “prácticas” en otra ciudad, a través de las cuales podrá adquirir experiencia y especializarse. Al principio siente la incertidumbre de no saber dónde comenzar, pero en su confusión encuentra una ciudad y se establece allí; todo se vuelve un poco más llevadero.  

Kiki sobrevive. Sola en un nuevo ambiente, conoce a una familia de panaderos que le proveerá confianza y hospedaje a cambio de realizar el servicio de entregas a domicilio. La magia parece sorprender a algunos, mientras que otros ven maravillados cómo las brujas se asientan en ciudades para brindarles pócimas, videncias y dones. Kiki se cruzará con nuevos amigos que le ayudarán a descubrirse como bruja, y aprenderá que la intervención de otros no le resta crédito a su esfuerzo personal. 








Los escenarios son asombrosos y llenos de vida. La animación de los vuelos de Kiki sobre el mar que rodea la ciudad es cuidadosamente detallada; brinda una sensación de cercanía inminente. Con perspectivas cenitales que enfatizan el paisaje y a los personajes, los cuadros de las películas dirigidas por Miyazaki generalmente son elaborados con animación tradicional y fondos de acuarelas.

La música, a cargo de Joe Hisaishi, nos cautiva mientras disfrutamos de la historia, con transiciones suaves y bien estructuradas. Siempre encontraremos una pieza que nos rondará en la cabeza por un largo tiempo. Algo que las vuelve memorables es que incluso después de mucho tiempo siguen siendo reconocibles a primera oída, como sucede con A wish to the moon de Mi vecino Totoro, One Summer’s Day de El viaje de Chihiro, Merry Go Round of Life de El increíble castillo vagabundo y, por supuesto, A Town With an Ocean View, el tema principal de esta animación. Pueden pasar años y volveremos a tararearlas con solo escuchar los primeros acordes.

Por otro lado, los protagonistas de Miyazaki son demasiado humanos. Sus películas incluyen alguna enseñanza o consejo moral, a pesar de no haberlos buscado. Como parte de la infancia de muchos, son obras recomendadas para cualquier audiencia. Kiki: Entregas a domicilio mantiene en alto el influjo del director japonés.