CONEJOBELGA

04 marzo 2014

Los fantasmas vociferantes


  
 Los fantasmas vociferantes
Christian Núñez


Primeros acordes
Trece años después de El túnel, Ernesto Sabato (Rojas, Provincia de Buenos Aires, 24 de junio de 1911–Santos Lugares, 30 de abril de 2011) publicó Sobre héroes y tumbas en 1961. Alucinante descenso a los infiernos, la principal novela del escritor argentino es como un tango enorme, inabarcable y violento, influido por el surrealismo y el existencialismo. Sabato ya había renunciado a la ciencia definitivamente con la publicación de El túnel, pero Sobre héroes y tumbas fue el golpe maestro. Existe un tipo de ficciones que intentan explorar las crisis de nuestro tiempo, que fijan el momento histórico preciso de una hecatombe y anticipan futuras catástrofes. Sobre héroes y tumbas recrea una realidad aplastante, claustrofóbica. Un mundo donde los ciegos han tomado el poder.


Martín y Alejandra
A la usanza de los personajes dostoievskianos, Martín del Castillo encuentra a la hija de Fernando Vidal Olmos, Alejandra, en el parque Lezama, un sábado de mayo de 1953. Y ni siquiera es él quien la encuentra, sino ella quien va en su búsqueda. Martín —delgado como un personaje del Greco, melancólico, inseguro, introspectivo, hipersensible—, hijo de una madrecloaca y un pintor fracasado, pensaba que Alejandra lo salvaría de sus complejos, que el amor le daría sentido a su vida y a través de ella se realizaría. “Y él (Martín), que quería algo fuerte y absoluto a que agarrarse en medio de la catástrofe y una cueva cálida donde refugiarse, no tenía ni casa ni patria. O, lo que era peor, tenía un hogar construido sobre estiércol y frustración, y una patria temblequeante y enigmática. Así que se sentía solo, solo, solo: únicas palabras que claramente sintió y pensó, pero que, sin duda, expresaban todo aquello. Y como un náufrago en la noche se había precipitado sobre Alejandra. Pero había sido como buscar refugio en una caverna de cuyo fondo de pronto habían irrumpido fieras devoradoras.”

Víctima de un incesto del que no se habla abiertamente en la novela, Alejandra sufre convulsiones y pesadillas; su mundo interior está poblado de fantasmas, odia a su padre y la sola mención de Fernando, o de los ciegos, le produce un furor instintivo. Con el fantasma de Fernando sobre ellos, las distancias emocionales aumentan y Martín se confunde. “¿Qué pasaba con los ciegos? Algo importante era, de eso no tenía dudas, porque ella había quedado como paralizada. ¿Sería el misterioso Fernando ese ciego? Y en todo caso, ¿quién era ese Fernando que ella parecía no querer nombrar con esa especie de temor con que ciertos pueblos no nombran a la divinidad?”

En Sabato, pensamiento y narración, Nicolás Cabral asocia el carácter de Alejandra con el símbolo de lo absoluto. Si ya en El túnel Sabato dotaba de rasgos totalizadores a María Iribarne, la mujer asesinada por Castel, en Sobre héroes y tumbas el Absoluto representado por Alejandra se carga de adjetivos, de contradicciones insondables: “Es el absoluto adjetivado, en toda su complejidad”, sostiene Cabral.

Una noche, viéndola dormir, Martín cree ver en Alejandra a una princesa-dragón, un ser dual, monstruoso, ambiguo, expuesto al fuego que emana de sí mismo. Una hoguera. Martín fracasa una y otra vez desde el plano sexual/afectivo cuando intenta ir más allá del fuego. “Pero ese intento de comunicación, que finalizaría en gritos casi sin esperanza, empezaba ya desde el instante que precedía a la crisis: no sólo por las palabras que se decían sino también por las miradas y los gestos, por las caricias y hasta por los desgarramientos de sus manos y sus bocas. Y Martín trataba de llegar, de sentir, de entender a Alejandra tocando su cara, acariciando su pelo, besando sus orejas, su cuello, sus pechos, su vientre; como un perro que busca un tesoro escondido olfateando la misteriosa superficie, esa superficie llena de indicios, indicios demasiado oscuros e imperceptibles, sin embargo, para los que no están preparados para sentirlos. Y así como el perro, cuando siente de pronto más próximo el misterio buscado, empieza a cavar con febril y casi enloquecido fervor (ajeno ya al mundo exterior, alienado y demente, pensando y sintiendo en aquel único y poderoso misterio ahora tan cercano), así acometía el cuerpo de Alejandra, trataba de penetrar en ella hasta el fondo oscuro del doloroso enigma: cavando, mordiendo, penetrando frenéticamente y tratando de percibir cada vez más cercanos los débiles rumores del alma secreta y escondida de aquel ser tan sangrientamente próximo y tan desconsoladamente lejano. Y mientras Martín cavaba, Alejandra quizá luchaba desde su propia isla, gritando palabras cifradas que para él, para Martín, eran ininteligibles y para ella, Alejandra, probablemente inútiles, y para ambos desesperantes.”


El Informe sobre ciegos
El tercer bloque narrativo, titulado Informe sobre ciegos, es un delirio de persecución en clave surrealista relatado por Fernando Vidal Olmos, en el que se cuenta cómo una Secta de Ciegos gobierna las cloacas de Buenos Aires y planea el dominio del mundo. Claro que dicho así, en una frase, suena risible. Fernando se cree perseguido por los invidentes, afirma que es un investigador de las potencias oscuras y revela que todo acabará con su muerte. El informe es un testamento. “Soy un Job sin amigos, sin Dios y sin lepra”, ha dicho Cioran, y la máxima puede aplicársele al padre de Alejandra, un anarquista falsificador de dinero, asaltante de bancos, misógino y paranoico. 

La metáfora de los ciegos, llena de reverberaciones oníricas, defiende una visión del mundo fundada en el instinto, la muerte y el sexo, los dioses que rigen el subconsciente. En París, como investigador en los laboratorios Joliot-Curie, Sabato se había vinculado a grupos surrealistas y solía decir que la ciencia y el arte muestran verdades opuestas. La experiencia edípica es una renuncia a la luz, al candor de las ideas claras y distintas, tal como Fernando la describe:

“Y así, mientras los otros muchachos pasaban de largo, aburridos, obligados por los profesores, por las páginas de Homero, yo, que había pinchado ojos de pájaros, sentí mi primer estremecimiento cuando aquel hombre describe, con aterradora fuerza y precisión casi mecánica, con perversidad de conocedor y vengativo sadismo, el momento en que Ulises y sus compañeros hienden y hacen hervir el gran ojo del Cíclope con un palo ardiente. ¿No era Homero ciego? Y otro día, abriendo al azar el gran volumen de mitología de mi madre leí: «Y yo, Tiresias, como castigo por haber visto y deseado a Atenas mientras se bañaba, fui enceguecido; pero apiadada la Diosa me concedió el don de comprender el lenguaje de los pájaros proféticos; y por eso te digo que tú, Edipo, aunque no lo sabes, eres el hombre que mató a su padre y desposó a la madre, y por eso has de ser castigado.» Y como nunca creí en la casualidad, ni aun de niño, aquel juego, aquello que creí hacer por juego, me pareció un presagio. Y ya nunca pude apartar de mi mente el fin de Edipo, pinchándose los ojos con un alfiler después de oír las palabras de Tiresias y de asistir al ahorcamiento de su madre. Como tampoco pude ya apartar de mi espíritu la convicción, cada vez más fuerte y fundada, de que los ciegos manejaban el mundo: mediante las pesadillas y las alucinaciones, las pestes y las brujas, los adivinos y los pájaros, las serpientes y, en general, todos los monstruos de las tinieblas y las cavernas.”

El ciclo incestuoso, que había dado inicio con Ana María, madre de Fernando, y que luego se extiende a Georgina, su prima, y a la hija de ambos, Alejandra, se cierra con el fuego. Así, el autor del Informe está destinado a la castración simbólica y va al encuentro de Alejandra para dejarse matar, como lo relata la crónica periodística que antecede al primer capítulo. Al igual que en El Túnel, Sabato anuncia la tragedia de Sobre héroes y tumbas desde el principio y, de nuevo, este recurso narrativo tensa la acción y la lleva hacia un desenlace de resonancias míticas, en el que no es raro leer numerosos pasajes sobre la marcha de los legionarios arrastrando el cuerpo del general Lavalle. “Un inmenso sueño negro”, como en algún momento Fernando califica su Informe, mantiene correspondencia con la realidad argentina, igual de turbulenta y desoladora.


Bruno
El personaje contemplativo, que observa lacónicamente el curso de los acontecimientos, es quien narra la infancia de Fernando en la cuarta parte del libro, una conclusión elaborada muchos años después. Bruno, enamorado de Ana María primero y de Georgina más tarde, creía ver en Alejandra los destellos de aquellos dos amores platónicos. Su voz, taciturna, corresponde a la del filósofo que mira las ruinas y entabla un diálogo con el único sobreviviente, Martín. “Ahora, después de casi treinta años, pequeños acontecimientos de aquel tiempo, al parecer casuales y sin trascendencia, revelan su sentido; como para el que acaba de leer una larga novela, una vez que los destinos están definitivamente cerrados, como con la muerte en la vida real, cobran un sentido profundo y muchas veces trágico, palabras tan triviales como ‘Alejo Karámazov era el tercer hijo de un propietario rural de nuestro distrito’. Nunca se sabe, hasta el final, si lo que un día cualquiera nos sucede es historia o simple contingencia, si es todo (por trivial que parezca) o es nada (por doloroso que sea).”

Sobre héroes y tumbas no es una novela perfecta, sino un doloroso estudio sobre los seres humanos con la visión filosófica del existencialismo. Sabato en alguna ocasión mencionó que aplicaba la fenomenología a la literatura, y su obra indaga en la realidad con una perspectiva melancólica y desencantada, donde la única redención está en el fuego y el exilio. Por ello, no se me ocurre un mejor homenaje el autor que este poema de trasfondo metafísico que Bruno le recita pudorosamente a Martín en algún momento:

Tal vez a nuestra muerte el alma emigra:
a una hormiga,
a un árbol,
a un tigre de Bengala;
mientras nuestro cuerpo se disgrega
entre gusanos
y se filtra en la tierra sin memoria,
para ascender luego por los tallos y las hojas,
y convertirse en heliotropo o yuyo,
y después en alimento del ganado,
y así en sangre anónima y zoológica,
en esqueleto,
en excremento.
Tal vez le toque un destino más horrendo
en el cuerpo de un niño
que un día hará poemas o novelas,
y que en sus oscuras angustias
(sin saberlo)
purgará sus antiguos pecados
de guerrero o criminal,
o revivirá pavores,
el temor de una gacela,
la asquerosa fealdad de comadreja,
su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,
su fama de prostituta o pitonisa,
sus remotas soledades,
sus olvidadas cobardías y traiciones.