CONEJOBELGA

04 enero 2015

fly me to the moon_entrevista con javier acosta



En Manual del extravío, Javier Acosta contempla la luna desde un paisaje minimalista. El poeta zacatecano nos habla aquí sobre procesos creativos, el influjo de la literatura oriental en sus textos, y las historias ocultas tras el andamiaje verbal de ciertos poemas.

CADA POEMA ES UNA CAJA CHINA 
Creo que al principio escribía más poemas sueltos. Ahora escribo algo así como la poesía encadenada que escribían los poetas orales japoneses. Digamos que cada poema es como una caja china. Cada poema tiene dentro de él otro poema posible. A veces por su tema, a veces por mi estado emocional, a veces por la imagen rectora. Cada poema forma parte de un poemario posible; de la misma manera que cada estrella forma parte de una constelación. La constelación resignifica a la estrella y viceversa. Así que el concepto de poemario —constelación— es tan importante como el concepto de poema —astro. Nos preguntamos cómo debe ser un poema: cuestionamos su concepto. También debemos preguntarnos sobre el concepto de poemario: cuestionarlo y reinventarlo. En el caso del Manual del extravío abordé el enigma personal de la luna, que es uno de los símbolos de la belleza en la estética oriental; también es un símbolo de la eternidad y del amor distante. Digamos que todo estaba servido.



MAGMA CREATIVO  
El proceso primario es muy similar. Anotar una idea, de esas, de las fugitivas; de las que nos vemos con el rabillo de la mente. Anotar esa ocurrencia en la libreta. Siempre tenemos ese tipo de ocurrencias, al leer, al trabajar, al holgazanear: es un magma creativo. Luego opera ese elemento pernicioso que se llama el oficio. El siguiente paso es contra el oficio: transformar esa ocurrencia en algo más espontáneo. Parece una contradicción; pero creo que lo espontáneo casi siempre aparece después; cuando te pones a pelar la cebolla de la intuición inicial. El primer verso surge enlodado por la rutina de los sentimientos y de la razón. La rutina se intenta imponer, a veces lo logra. Hay que estar disponible a la variación, dispuesto a salir del proyecto y de la precomprensión poética.

ARTESANÍA E INTERIORISMO
Demoro mucho tiempo en realizar un libro. Un montón. En dos o tres meses, bajo la fiebre creativa, escribo el conjunto general y ya está —o parece que ya está— todo dicho. Luego viene la artesanía y el interiorismo; pelar la cebolla. Corrijo y corrijo, quito y añado poemas. Renuncio a ciertos contenidos —por ejemplo a esos poemas que parecen buenos pero que no encajan en el conjunto o lo redundan. Suelo replantearme el orden de los poemas, la estructura del libro. Creo que en promedio me tardo entre tres y cinco años para dar por agotado el trabajo en un libro. 

MI DIARIO SIEMPRE ESTÁ AHÍ 
Habitualmente trabajo en dos o tres libros a la vez. Escribí al mismo tiempo Cuadernillo del viento y Largo viaje al presente; Libro del abandono y Manual del extravío; los comencé en el 2008, más o menos; el Manual lo terminé casi tres años después. El Libro del abandono está entresacado de mi diario —mi  diario siempre está ahí, como telón de fondo de todo lo que escribo. Escribí el Largo viaje al presente mientras redactaba las conclusiones de mi tesis de doctorado; al capítulo de las conclusiones lo titulé “Largo viaje al ahora”; el ensayo iba alimentando a la poesía y viceversa —ahora que están en boga las escrituras híbridas, quizá pueda publicar ambos textos en un solo volumen.  



LA FORMA ENGENDRA CONTENIDOS 
Octavio Paz dice en El arco y la lira que en el arte la forma engendra contenidos. Uno de mis dogmas es que sin una forma adecuada el sentido del poema no emerge adecuadamente. Ahora, no sé cómo se resuelve el equilibrio, creo que en cada poema se resuelve de manera diversa. Cada poema postula su propia regla; es de las cosas que más discuto con mis compañeros del taller de poesía. Cada poema propone su propia regla: las partes proponen el todo y el todo a las partes. Esto pasa también cuando trabajamos con formas establecidas, como el haiku. Las diecisiete sílabas son sólo un referente, una dificultad a vencer, el haiku puede tener el doble o la mitad de las sílabas normativas. Pero siempre es un número preciso de sílabas, tanto en el verso libre como en el medido.

EL POEMA ES PENSAMIENTO 
En este punto sigo la recomendación de Borges: hay que ver a la filosofía como una obra de ficción, es la mejor manera de sacarle provecho. El problema con la filosofía y con la poesía es el mismo: corren el riesgo de convertirse en meros ejercicios académicos. El poema es pensamiento, en un sentido fuerte y arcaico. Habría que practicar la filosofía desde un punto de vista poético: es decir concreto. Bachelard advierte algo de gran importancia: el poema es metafísica concreta. Habría que practicar la poesía como expresión de un saber que viene desde lo sensible, es decir, desde el fondo de la experiencia humana; del roce con lo mundano.

ORIENTE 
Desde niño sentí la fascinación por Oriente y sus misterios. En mi adolescencia comencé a practicar yoga, me hice vegetariano por razones budistas —abandoné el vegetarianismo por razones taoístas—; leí, sin comprender, El libro tibetano de los muertos y el Siddhartha de Hesse. Pronto fui alcanzado por el rayo del haiku y de los poetas de la dinastía Tang. Una de mis mejores amigas es sinóloga, ella me acercó a la obra de François Jullien y François Cheng: son la mejor introducción a una estética y pensamiento muy diferentes al nuestro: nos muestran la importancia y el sentido de lo insípido y del vacío, frente a la inclinación por lo sabroso y lo lleno de nuestras tendencias occidentales. La cereza del pastel la habían puesto desde antes Schopenhauer y Borges: me abrieron la puerta a ese otro universo, a la visión no dualista de la realidad que es el ápice de la cosmovisión oriental y de la poesía. Intento practicar el arte de la brevedad y de la alusión que nos enseña Oriente y el juego con lo insípido que tiene una profundidad oceánica: desde la atenuación del peligroso yo lírico hasta la prevención contra los efectismos, es decir, contra la impostación y los juegos de artificio en la poesía.    



POEMAS COMENTADOS DE MANUAL DEL EXTRAVÍO  
El poema que abre el libro:

Bajo su luz, sin dirección, camino,
nada más ella tiene un rumbo a seguir en esta madrugada.
Va tras de mí la luna llena.

De niño me perdí; tenía como seis años. Salí de clases de dibujo y me subí en el camión equivocado. Se me hizo de noche. No sabía por dónde llegar a mi casa. Había luna llena. Me seguía, aunque yo no supiera a dónde ir. Pude llegar a mi casa sin saber bien cómo, acompañado por la luna. Bueno, pues el resto de mi biografía ha ido por ahí, siempre he andado perdido, siempre de noche, pero bajo la luna. El poema lo escribí en mi teléfono, mientras paseaba a mi perro, bien entrada la noche.

El poema 8:

Bajo tu luz
nada que no esté vivo se ilumina.

Bajo tu luz
lo amargo es dulce

por primera vez.

[ ¿O es que ahí lo amargo / halla su justa medida / y la belleza ocurre en su vez inicial, en su naciente desaparición? ]

La luz de luna es como la poesía, según creían los chinos, eso de que la poesía es el arte de distinguir las cosas vivas de las muertas. El segundo verso contiene una referencia al famoso aforismo nietzscheano: “Todo lo dulce fue amargo alguna vez.” El texto entre paréntesis pregunta por la no dualidad de lo dulce y lo amargo. Es amargo perderse, pero el imperio de la luna sobre la noche revela la belleza aún del extravío. El extravío es la condición humana, también la escritura: ese “camino que no lleva a ninguna parte”, según André Breton. Hay una referencia en este poema al japonés Onitsura: “Mi vida fue un delirio/ hasta esta noche/ iluminada por la luna.” Es el epígrafe no escrito de todo el Manual. Creo que Georges Bataille escribió que la poesía es el arte de transformar la angustia en delicia; algo así, pero prefiero a Nietzsche y a Onitsura. Tiene algo de belleza eso de andar siempre perdido en este mundo. Bajo la adecuada luz, tiene algo de dulzura todo lo que aún sigue siendo amargo.

Otra miniatura para comentar:

9
Si no tuvieras labios
o pechos
o cabellos,
serías la luna,
por eso es que te amo,
lu (na
de labios
pechos
y cabellos,
por eso es que te amo,
lu) na.

Debido a mi astigmatismo, no veo un conejo en la luna; veo la cara de una mujer muy parecida a la Gioconda, de Leonardo. La luna es un objeto erótico, no (sólo) espiritual; yo también. Como la Gioconda, el alma o la bruja, la luna es el eterno femenino. En español la luna está sexuada. Ella es la luna, yo soy lo más parecido a un perro que le aúlla. La luna es nuestra viuda que viene a consolarnos. Esa mujer que nos visita en sueños y que nos ama con piel y besos en la boca y que nos perdona todas nuestras barrabasadas. Esa presencia habita nuestro inconsciente y sin embargo es tan distante como —ahora— esa mujer a la que hemos perdido y ya no habrá de perdonarnos. Quizá aparece aquí el Romancero de García Lorca, donde hay esa luna con pechos de duro estaño, que es uno de mis poemas favoritos.

RENOVAR LA FORMA  
La experimentación formal es importante. Cada poema, así sea un soneto —o un haiku— es experimental cuando es un buen poema: cuando sentimos al leerlo y al escribirlo que la forma establecida ha sido renovada. A veces se hace el experimento haciendo un poema sin palabras o un terceto sólo con verbos, a veces introduciendo sutiles variaciones en las formas tradicionales. Ahora, la experimentación como fin en sí mismo puede ser una manera de falsificar el poema; convertirlo en mero fuego de artificio.



UNA LÍNEA CLARA Y EVIDENTE 
Quiero pensar que está ahí; pero no sé cuál es. Sé que al final el mapa de mi extravío dibujará mi rostro, mi animus —o el de mi padre, o el de mi hijo, o el del anciano sabio—; o el semblante de mi ánima —la luna, mi madre, mi viuda— o lo creará; todavía no me es visible. También he querido descubrir en mi trayecto un ir y venir por los elementos: el agua (Melodía de la i, Regla de tres), el aire (Cuadernillo del viento, Allen tómate una tableta de eucalipto), la tierra (Largo viaje al presente, Libro del abandono); todos son módulos de la ignorancia y el eros, están presididos por una mujer (la luna del Manual del extravío) y un animal (13 poemas al oído del perro), misteriosos, únicos y múltiples.

MOON RIVER 
Ahora se ha acrecentado la inseguridad, la sensación de enfrentamiento en lo desconocido. Antes tenía cierta idea de cómo se hacía un poema, ahora no. A veces simplemente me siento ahí, en mi silencio, con las orejas de burro que me ha puesto la vida, frente a la imposible tarea de hacer un poema.



Manual del extravío. Javier Acosta. Mantis Editores – Luis Armenta Malpica / Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde", primera edición, 2014.

Imágenes:
Ultraman and Ultraman Zero flying Mothra and King Ghidorah as kites, Chet Phillips
Boy viewing Mount Fuji, Hokusai 
Panorama of the eight views of Kanazawa under a full moon, Hiroshige Maizuru
Harbor at night, Tsuchiya Koitsu 
Moon rising at Nokizaki, Shotei (Hiroaki)