CONEJOBELGA

12 septiembre 2016

belleza convulsa


Entre el narcisismo y el slasher azucarado.

¿Qué diremos de Nicolas Winding Refn? Sin obviar su visión daltónica, su actitud FUCK THE SYSTEM ni sus majestuosas atmósferas frías, el director danés nos entrega este 2016 un filme de horror que bebe de las aguas más oscuras del fashionismo. Y no solo eso: también las vomita. El Demonio Neón posee los elementos suficientes para volverse lo mismo un revulsivo hipnótico que un oasis pesadillesco, una cámara de tortura estilizada que una fábula moral con modelos reptilianas. Ojo—y aquí esta palabra juega un papel importante—: cuando creías haber visto lo suficiente, un demonio con sonrisa cínica nos murmura en la delgada piel de los lóbulos: La belleza no lo es todo. Es lo único. Belleza convulsa, felina, surrealista y feral. Pero tratemos de ceñirnos a la historia.

Jesse, una lolita rubia de dieciséis años (Elle Fanning), se muda a Los Angeles para incursionar en el mundo de la moda. Gracias a su envidiable aspecto físico, pronto accede a los círculos más selectos de la industria. Justo en su primera sesión fotográfica, conocerá a una maquillista insípida (Jena Malone) que eventualmente querrá seducirla, y a Sarah (Abbey Lee) + Gigi (Bella Heathcote), un dueto de modelos trasnochadas de colmillos puntiagudos. El plato huele de maravilla, y la cena toma giros tortuosos. Cuando el espejismo nos revela un ángulo de la trama—con la sucinta interpretación de un Keanu Reeves particularmente sórdido—, una serie de circunstancias con hedor lynchiano abrirá posibilidades más sangrientas.

Winding Refn considera que con esta elegante alegoría «intenta sonar la alarma por la forma en que la revolución digital está creando estándares de belleza peligrosos y absurdos, y creando un universo alterno.» Pero ahora no va más allá de los reflectores y la brillantina. Fórmulas útiles, diálogos opacos, extravagancia decadente: la monotonía entra por la puerta grande. Su estilo neo-noir—que alcanzó las cotas más elevadas en Drive—pretende justamente sentar las bases de una dimensión alterna, con imágenes en alto contraste y gore ultrafino. Más o menos como lo hizo Franck Khalfoun en el remake de Maniac (2012), protagonizado por un Elijah Wood introvertido y sangriento. Sin embargo, ni la necrofilia salva la noche.

El director danés, al mismo tiempo que ha logrado un producto casi perfecto en la forma, al extasiarse en la fuente se quedó corto de ideas. Y se ahogó en su propio reflejo, como Narciso. El Demonio Neón puede llegar a ser tediosa y fascinante por las mismas razones. Puede convertirse en un filme de culto, similar a los de Dario Argento y Lars von Trier. Su mérito: la técnica. Su mayor virtud: la construcción audiovisual—con una envolvente banda sonora de Cliff Martinez. El resto es filigrana para amantes de MTV, slasher azucarado. Una sucesión de eventos superficiales, personajes atrapados en el estereotipo, alta costura y bajas pasiones. Eso sí, con un final que no dejará indiferente a nadie. Calculado al milímetro para que tú, querido lector, no puedas dormir.

 
La belleza no lo es todo. Es lo único.


El Demonio Neón. Nicolas Winding Refn. Amazon Studios, 2016.