CONEJOBELGA

23 enero 2016

cenizas en el laberinto



 In memoriam

Bowie muere a los 69 años, el 10 de enero de 2016, plenamente consciente de su enfermedad: un cáncer de hígado fulminante. Era un final para el que estaba preparándose con la discreción de un caballero que quiere jugar sus mejores cartas. Tony Visconti, su productor de cabecera, le escribió al respecto: Maldito bastardo, estás preparando un álbum de despedidaBlackstar, su disco póstumo, no solo representa una síntesis de sus últimos meses de vida: es una balada fúnebre que vibra desde un manicomio simbólico.

Bowie comprendió muy pronto que la realidad es un simulacro y que el simulacro es real. Entendió también que sus personajes lo trascenderían. Hoy podemos pensar en Ziggy Stardust como un rockstar mediático que vino de las estrellas a provocar una revolución sonora y muchísimos gifs. El símbolo ha logrado afianzarse en el inconsciente colectivo musical y se filtró muy rápido en la cultura pop. Pero, claro, no es el único. Bowie logró multiplicarse a través de sus personajes, vivir en otras pieles y reencarnar como un mago negro atemporal.

Uno de los rasgos más notorios de su obra es la sensación de extrañeza y anormalidad subyacentes. De ahí surge la mitología del artista alienígena, que tras caer a la Tierra intenta asimilar el mismo código de los mortales, pero nunca lo consigue. Creará, entonces, un lenguaje nuevo y establecerá sus propias normas. El universo metafórico de Bowie se asemeja al de Lewis Carroll: está lleno de trampas, ambigüedades, atmósferas de pesadilla y contradicciones lógicas. Nada del otro mundo.

Laberinto, la película dirigida por Jim Henson en 1986, abona al mito del artista extraterrestre que Bowie labró durante toda su carrera. Sarah, una joven inmadura protagonizada por Jennifer Connelly, realiza un viaje fantástico para despedirse de su yo infantil. Se rodea de monstruos y máscaras que la desafían a internarse en el castillo de Jareth. Si quiere recuperar a su pequeño hermano—un bebé llorón insoportable—, deberá enfrentarse al rey de los Goblins: un ser andrógino que camina sobre escaleras de Escher.

Bowie fue un actor sui generis. Su desempeño en el cine es un tanto exagerado, pero alimenta a sus alter egos concebidos para la música. Eso no impide que disfrutemos una colaboración sumamente divertida, que muchos asociamos con nuestra propia infancia. En términos generacionales, Laberinto es un amuleto que encierra la magia del cine sin efectos digitales, cuando no conocíamos iTunes y Blackstar se ubicaba a millones de años-luz de distancia.  

Hoy, si miramos al cielo, todo nos quedará más claro.



Las cosas no son siempre lo que parecen en este lugar.



Texto leído durante el Programa Punto de Encuentro del MACAY dedicado a David Bowie [22.01.2016]