CONEJOBELGA

08 junio 2012

El fuego interior



 El fuego interior

Con La carretera, Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 1933) obtuvo el premio Pulitzer en el 2007. Una pieza literaria confirma su calidad con este galardón, pero en el caso de La carretera hay algo que escapa al prestigio de un reconocimiento. Una nota cualitativa, una virtud adicional. La historia es austera, narrada desde una perspectiva omnisciente que en ocasiones brinca a la primera persona. Los escuetos diálogos ni siquiera tienen guiones. Es como si el lenguaje, después del holocausto nuclear que sugiere el texto, hubiera sufrido un deterioro gravísimo. Las corroídas palabras vuelan hacia un mar de cenizas, como los dos personajes que llevan fuego al sur. Mediante un uso restringido del idioma, McCarthy le imprime expresividad a su parábola. Una expresividad fúnebre, mortecina.

El relato no está capitulado, se divide en fragmentos-esquirlas y, nuevamente, como se ha visto en la prosa contemporánea, se acude a nombres genéricos para designar a los protagonistas, un padre y su hijo (a los que simplemente se les llama el hombre y el chico) que recorren Norteamérica con un carrito de supermercado. La esposa los ha dejado solos. El padre, en algunas ocasiones, la recuerda. El niño hace preguntas acerca de la escasez de comida, los hombres que se alimentan de carne humana, la gente muerta en el asfalto, y, a pesar de tantas desgracias, todavía conserva su candor.

Para reforzar este ambiente de no man’s land, McCarthy describe escenarios donde la ceniza, la lluvia, la nieve y las casas destruidas y saqueadas oscurecen cualquier sentimiento de empatía. «Dios no existe y nosotros somos sus profetas», dice un vagabundo que los protagonistas recogen, a petición del chico, para alimentarlo. La confianza, reducida a escombros, le impide al vagabundo identificarse con su verdadero nombre. «Las cosas mejorarán cuando todo mundo haya desaparecido», afirma. «Cuando todos hayamos desaparecido entonces al menos no quedará nadie aquí salvo la muerte y sus días también estarán contados. En medio de la carretera sin nada que hacer y nadie a quién hacérselo. Dirá la muerte: ¿A dónde se han ido todos? Y así es como será. ¿Qué hay de malo?»

En su versión apocalíptica del mundo, el escritor estadounidense no formula sentencias filosóficas. La carretera habla sobre una situación límite y crea una parábola del fuego interior recurriendo a la acción. Dentro del paraíso perdido, la moral se reduce a dos personas que tratan de sobrevivir a cualquier precio, de cualquier manera, bajo cualquier circunstancia, con harapos y una tela cubriéndoles la nariz. Sísifo, trasladado al clima de una catástrofe nuclear, no querría experimentar lo que el hombre y el chico viven cada jornada empujando su carrito, intuyendo que mañana se acabará la comida, los antropófagos los matarán, el camino transitado será inútil y más negro aún. McCarthy, de pocas palabras, únicamente afirma que las cosas pueden ser insoportables si el fuego desaparece. Esta certeza, dentro de los lectores, gana un Pulitzer de otra categoría.

«Miró los escalones de madera hasta que bajaban. Agachó la cabeza y luego encendió el mechero y paseó la llama por la oscuridad como una ofrenda. Frío y humedad. Un hedor infame. El chico se le agarró a la chaqueta. Se veía parte de una pared de piedra. Suelo de arcilla. Un colchón viejo con manchas oscuras. Se agachó y bajó otro escalón con el encendedor al frente. Acurrucados junto a la pared del fondo había hombres y mujeres desnudos, todos tratando de ocultarse, protegiéndose el rostro con las manos. En el colchón yacía un hombre al que le faltaban las dos piernas hasta la cadera, los muñones quemados y ennegrecidos. El olor era insoportable.
 
Cielo santo, susurró.
Entonces uno a uno volvieron la cabeza y parpadearon a la miserable luz. Ayúdenos, dijeron en voz baja. Por favor, ayúdenos.
Dios, dijo él. Oh, Dios.
Agarró al chico. Date prisa, le dijo. Date prisa.
Se le había caído el encendedor. No había tiempo para buscarlo. Empujó al chico escaleras arriba. Ayúdenos, decían ellos.
Deprisa.
Una cara barbuda apareció al pie de la escalera. Por favor, dijo en voz alta. Por favor.
Deprisa. Rápido, por el amor de Dios.
De un fuerte empujón sacó al chico por la trampilla. Salió el también y luego asió la puerta y la cerró dejándola caer de golpe y se volvió para levantar al chico del suelo donde había quedado despatarrado pero el chico estaba ya de pie ejecutando su pequeña danza de terror. Quieres hacer el favor de darte prisa, dijo entre dientes. Pero el chico no dejaba de señalar algo que había fuera de la ventana y cuando miró hacia allí se quedó paralizado. Cuatro barbudos y dos mujeres venían hacia la casa atravesando el campo. Agarró al chico de la mano. Dios mío, dijo. Corre. Corre.»

–Christian Núñez



La carretera
Cormac McCarthy
Mondadori, 2007