CONEJOBELGA

31 agosto 2013

bajo el agua_entrevista con césar rangel


Los opuestos se unen.

La primera vez que vi en el DF a César Rangel (México, 1977) pude morir ahogado con una pera. Cruzábamos la calle hacia la estación del metro Bellas Artes. Nos despedimos diez minutos después. A fines de 2011, presentó en el MACAY la muestra Cuentahílos, exhibición por la cual nos contactamos. Y en Octubre de 2012, Animal de otra certeza en la Galería Alfredo Ginocchio. Esa tarde llovió. Un fin de semana me invitó a conocer una presa ubicada cerca del rancho de un amigo suyo. Cruzó de un extremo a otro en el agua y de regreso a su casa habló de la natación. Su obra actual es una serpiente que se muerde la cola. Remite a la conexión entre el micro y el macrocosmos. César menciona el Tao Te King de Lao Tse y El ritual de la serpiente de Aby Warburg, dos lecturas que aceleran la comprensión de sus ideas. El minimalismo, la higiene visual y el análisis de un concepto desde varios ángulos arrojan una muestra multidisciplinaria: dibujo, fotografía, escultura y video. En esta entrevista, César aporta claves sobre la obra y su contexto, reflexiona sobre su significado. Después nos iremos a comer un elote. 


UNA JORNADA CASI MONÁSTICA
El conjunto de trabajos que aquí hay es el resultado de ya cuatro años de asumir una actividad como la natación—un acto acostumbrado, cotidiano—desde un punto de vista no competitivo sino más bien contemplativo y de libre asociación con otros elementos de mi vida que conforman un todo. Un todo poético que se traduce en imágenes.

Empecé trabajar con el tema del nado en el 2010, con una solución muy distinta en cuanto a dibujo, y desde 2011 y durante el 2012 lo he hecho a partir de la fotografía. Hice unos experimentos de foto subacuática y sucedió algo peculiar: lo que salía en la foto no era realmente lo que sucedía cuando estábamos haciendo la sesión. Vi en las imágenes el potencial de llevarlas al dibujo y observar qué cambio había del hecho real al hecho fotográfico y luego al hecho dibujístico. Eso también estaba asociado a un ritmo de nado que me gusta practicar, que es un nado lento, elongando mucho el cuerpo. Consumir la menor cantidad de energía y desplazar lo más posible para poder entrar en una especie de meditación.

Ese ritmo de nado lo llevé también al dibujo, un ritmo muy pausado, de sentarse varias horas a dibujar, prácticamente dedicarse solo a eso y a comer y a dormir. Una jornada casi monástica. Levantarme, desayunar, irme a la alberca, regresar, ponerme a dibujar, comer, ponerme a dibujar otra vez—durante aproximadamente tres meses. Y lo que resultó de esa dinámica, de esa disciplina, fue esto.


SOLO
Voy a nadar de martes a domingo. Media hora, no más, porque mi intención no es entrenar, no es fortalecerme para competencia sino simplemente desplazarme en el agua. Desde que salgo hacia allá, tengo una alegría muy particular de origen orgánico-cerebral. Lo disfruto mucho, es como jugar con el cohete nuevo con tus amigos. Cuando regresaba de la escuela y le pedía chance a mi mamá para salir a jugar, era un goce tremendo y es lo que siento cuando voy a la alberca, me encuentro con amigos y nos ponemos a platicar y después cada quien toma su carril. La natación es completamente individual, hay carriles y cada quien está en el suyo, y en lo suyo. Hay un ensimismamiento total, pero cuando salgo de la alberca y sigo viendo a los otros nadadores, comprendo que cada quien está en su camino, consigo mismo, aunque en algún momento coincidimos. Eso lo llevo a la vida fuera de la alberca. Cada quien está en camino pero siempre hay momentos para conectarnos. Uno está solo, llega solo y se va solo.


VACÍO
El vacío tiene conceptos detrás, aunque no muy claros. Empezó como algo meramente formal sin tener bien consciente dónde estaba el fondo. Cuando empecé a asociarlo con lecturas y la experiencia del nado, particularmente con la lectura de El ritual de la serpiente, de Aby Warburg y el Tao Te King, a posteriori empecé a dotar ese vacío ya de otro sentido. La necesidad de un vacío para que haya algo. Primero es el vacío y después algo, no puede ser de otra forma según el Tao. El vacío es algo para ser llenado. La misma obra te impide que llegues a un vacío absoluto, porque te va dando sugerencias. Todo ese imaginario poético se alimenta de referencias literarias, del acto de nadar, del acto de modelar también, del dibujo y la fotografía.  


UN VUELO EN EL AGUA
Las correspondencias observadas entre el dibujo, la foto impresa, el plotter y la escultura es que finalmente todo es un fluir o un fluido, y es ese fluido que va generando el cuerpo al nadar, esa apertura del agua y la estela que va dejando el nadador. O sea entre el nadador hay una apertura y una estela, una bifurcación como lengua de serpiente al nadar. Ese todo, esa imagen y la alberca en sí, ese conjunto, creo que es—tratando de hacerlo consciente—el fundamento de la exposición. Hay una relación entre esa metáfora y la correspondencia de todas las técnicas. Por eso están las piezas que parecen viboritas y hay una intención hacia la serpiente. Pero antes hay una intención de modelar con la palma y los dedos y la plastilina un acto natatorio, una ondulación corporal en el agua, y una ingravidez, y una posibilidad alterna de vuelo. De desplegar las plantas y poderse desplazar de manera horizontal casi ingrávida.

Un vuelo en el agua.





GINOCCHIO
La exhibición de la Galería Alfredo Ginocchio se llama Animal de otra certeza [Oct-Nov 2012, México DF], porque al entrar en el agua ya las certidumbres que uno tiene en tierra cambian. Es otra forma de desplazamiento, de supervivencia. Allí empecé a verme con otros potenciales más allá de lo que sucede fuera del agua. Van surgiendo otros mitos, otra poética y uno se va inventando otras cosas.

Creo que en la exposición pasada [Alberca, Galería Alfredo Ginocchio, 2011], si bien era incipiente lo que ahora estoy aprendiendo, me concentré sobre todo en lo técnico, en lo formal, en aprender a dibujar como si fuera una foto, aprender cómo se puede untar el grafito directo sobre la tela. Fue aprendizaje técnico y oficio. Una vez desarrollados, pude ir a otros lugares, porque ya no fue tanto lo de oficio lo que me preocupaba o lo que me ocupaba, sino ver qué hacer ya con ese oficio. 


ESCULTURA
Además de las serpientes moldeadas en plastilina, hice una serie de naves-pájaro en el 2005 a partir de un viaje al mar, donde empecé a fascinarme por las lanchas de los pescadores y su forma. Ahora con esta historia del nado y del acto reflexivo-meditativo, regresé a esas esculturas porque también tenían elementos relacionados con el movimiento acuático, este deslizamiento que remite a un vuelo de pájaro y también el vacío que hay adentro de la nave o de la escultura. Ese vacío es la apnea que hace el nadador, el aire que entra en sus pulmones y hace que se desplace en una flecha hasta donde el aire se lo permite.  
                                                                                                            
Básicamente hay una relación directa entre el acto y lo que se construye a propósito del acto o lo que ya estaba construido y después el nuevo sentido. Esta escultura es de hace mucho tiempo. Lo único que hice fue quitarle el brillo, porque antes eran muy pulidas, y en lugar de presentarlas como unas embarcaciones, las presenté volteadas con otra connotación. Y eso me interesa también, cómo cada cosa va cambiando su significado a partir de lo que voy viviendo y aprendiendo.


PÁJARO-SERPIENTE
La obra tiene que ver con el hecho de ser terrestre y la posibilidad de entrar a otro medio y ser ingrávido. Ser como un pájaro y una serpiente. Hay cuatro estilos básicos de natación—braza, crol, espalda y mariposa—, pero hay una forma a la que le llamo el nado del pájaro-serpiente, que es ir ondulando el cuerpo y casi en el fondo de la alberca jalar, hacer una flecha, después hacer una brazada de pecho, una patada de pecho y salir, y luego otra vez ondular el cuerpo. Es ir haciéndolo como una serpiente y, al momento de salir, mover los brazos en un aleteo. Eso me remite a dos animales totémicos de la cultura prehispánica mexicana. Los aztecas y los mayas, con sus dioses Quetzalcoátl y Kukulcán. No lo hice con esa intención, fue una correspondencia, una libre asociación, un accidente afortunado. No lo pretendí desde un principio, surgió más bien a partir de leer El ritual de la serpiente. De asociar la levedad con el vuelo en el agua y la ondulación del cuerpo con la serpiente.


TAO
El Tao no se puede decir, ni se puede expresar, ni se puede ver en su completud porque eso ya no es Tao. ¿Y cómo accedes al Tao? Eso es lo que no sé [risas]. Éste es un intento de acceder a él, ya que si bien no se puede expresar, a uno le queda la libertad de intentarlo, y en ese intento ver qué sucede. Aunque me digan que no se puede, bueno, no está de más hacer el intento. A lo mejor no llego y es muy seguro que no llegue a expresar el Tao, pero se llega a otras cosas que valen la pena.

Estoy tomando un diplomado de estética moderna. El Tao Te King ya lo había tomado antes y no recuerdo particularmente porqué, pero recuerdo haber comprado un ejemplar en el metro Tasqueña. Lo leí y empecé a interesarme por el tema del vacío. Por ejemplo, el agua tiene la forma del cántaro, pero es el vacío del cántaro lo que le da sentido y utilidad. Todas estas cosas que yo no había pensado antes, al momento de leerlas me interesaron. Y ahora en el diplomado me encuentro otra vez con el texto pero con todo el background. Así, lo ya vivido y el Tao derivaron en la obra reciente.


FESTER
Algo que me interesa mucho de mi trabajo es que no tenga una lectura única, que no sea unívoco, que tenga un montón de posibilidades distintas. Eso siempre sucede, aunque tú des una intención unívoca a una obra, siempre alguien va a leer… pero aquí sí tengo la intención de que mi trabajo esté lleno de posibilidades.

El acto creativo es bastante orgánico, y una vez que ya existe la obra me gusta pensar sobre ella pero no tomármela muy en serio. No tengo la menor idea de lo que haré después. No hay nada coagulado realmente, todo es como un cuerpo en blanco, dúctil, en constante cambio. No hay forma de petrificar o de solidificar eternamente algo. Uno dice: yo ya tomé una decisión, yo definitivamente ESTO, y pueden pasar veinte minutos y ya estás pensando algo completamente diferente. Aquí el tiempo no importa, lo que importa es que siempre que tomas una decisión definitiva, no es cierto [risas].

Somos leves, muy dúctiles y maleables. Uno es parte de un proceso pero la vida se sigue manifestando. Como cuando haces una banqueta y de repente se empieza a agrietar y sale el pasto. No importa que eches concreto con Fester, impermeabilizante y lo que sea. En las bardas de piedra de repente nacen cactáceas y rompen la piedra, y toman sus nutrientes de la piedra y el agua que entra en la piedra, de la humedad que hay adentro. Por eso no me preocupa tanto la obra futura. Lo que tenga que manifestarse, a través de mí o de lo que sea, se va a manifestar.


SILENCIO
Cuando nado hay un casi silencio o una música silente, lo que se oye es el BRUPPP. Las brazadas no las oigo, no oigo la patada, pero sí oigo cuando respiro y suelto. Ese sonido contribuye a que el acto natatorio sea una meditación. Ya ves que la meditación, en distintas formas de fe, siempre es algo o se suscita con algo repetitivo, frecuentemente un sonido, una respiración o un movimiento insistente. Eso es lo que encuentro en las burbujas al momento de nadar. Hay silencio porque cuando me hundo y grito o hablo, hay un sonido superado por el silencio, un sonido apagado. Ese es el silencio que me interesa de lo que sucede bajo el agua. Y nunca sé realmente a qué punto voy a llegar.



Todas las imágenes: Cortesía César Rangel.

1) Sin título 1, grafito/tela, 52 x 100cm, 2012
  2)  Sin título 2, grafito/tela, 52 x 120cm, 2012
3) Sin título 3, grafito/tela, 60 x 120 cm, 2012
4) Sin título 4, grafito/tela, 50 x 120 cm, 2012
5) Díptico pájaro-serpiente, fotografía, 2012


  Publicado originalmente en Origama [15.01.2013]


SIMPATÍA POR EL FRAGMENTO
Hay en los libros de filosofía una tendencia del comportamiento humano conocida como ética del naufragio, que por lo general se ejemplifica con la obra del rumano E.M. Cioran—un filósofo que recorrió Fancia en bicicleta y nunca trabajó, de ideas más bien pesimistas y fragmentarias. Autor de aforismos que daban siempre la impresión de ser epitafios, los títulos de sus obras fungían como lápidas y su propia mirada parecía la de un enterrador. Era también un excelente ensayista que manejaba conceptos completamente marginales, casi como si empezara desde la tangente para irse todavía más lejos a seguir meditando para alcanzar el grado cero místico. Pero el vacío sigue siendo un motivo de inspiración que aporta formas de pensamiento complejas. El cero incluye todos los números adentro. Los pies de página consiguen que imaginemos los libros insinuados en el tomo mayor.

La ética del naufragio deriva en una estética de lo insignificante significativo, del gesto nunca antes tomado en cuenta que justo ahora se levanta con proporciones, profundidades y peñascos prodigiosos. Es la mirada de la oveja negra fuera del rebaño. Pero—cabe aclarar—la belleza crepuscular no lo es por falta de sol o de luz. El día está allí, los vacacionistas pueden salir a broncearse, nadie se los prohíbe. Pero qué aburrido es repetir viejos patrones. Cuando los grandes sistemas desaparecen, solo quedan los pequeños derrumbes, los monólogos interiores, darle la vuelta al libro y reparar en sus elementos tipográficos, los créditos de la portada, las acotaciones, la fibra del papel. Se trata de una decisión más bien amarga. Los náufragos describen una situación incómoda provocada por el cuestionamiento de la racionalidad occidental y el derrumbe de las ideas. El sol entonces ya no alumbra.

El segundo caso ad hoc para esta reseña es el de la bolsa que baila con el viento en la película Belleza Americana. Ricky Fitts, después de enseñarle a su novia los platos nazis que colecciona su padre, le muestra su video favorito de la cosa más bella del mundo. Esa escena, esa coreografía, ese momento perfecto, es triste. Y, además, apunta hacia un cambio de dirección, de lo macroscópico a lo microscópico. El accidente cobra mayor relevancia que las piezas canónicamente perfectas. El concepto de lo débil—y lo débil del concepto—se imponen. «Video's a poor excuse, I know, but it helps me remember. I need to remember. Sometimes there is so much... beauty... in the world. I feel like I can't take it, and my heart is just going to cave in», dice Ricky. Allí vemos otro indicio: el arte reflexiona sobre sus medios y fines, sobre el sentido de lo que está representando, reconoce su relativa pequeñez. Como cuando Sansón recupera su fuerza poco antes de echar abajo el templo de los filisteos.

Cuentahílos de César Rangel en la sala 8 bis del MACAY es una apología de los gestos mínimos. El artista reconoce su deuda con El juicio final de Miguel Ángel para detenerse en una escena aparentemente menor del fresco, en la que se observa a un hombre jalonado de sus extremidades hacia las regiones superiores e inferiores, simultáneamente. La obra parte de esa tensión y plantea un ejercicio multidisciplinario que consta de un documento, dibujos, pinturas, una fotografía y dos esculturas. Esa decisión de ir hacia los márgenes evitando las palabras mayores merece atención. Rangel ya no pretende estar demostrando nada, no se adhiere a una tendencia convenientemente polémica o de moda, sale más bien por la puerta de atrás a mirar el baile de la bolsa, el espectáculo que los otros asistentes a la fiesta descuidaron. Y centra su atención en los «seres réprobos» del Juicio Final, como Cioran o Ricky Fitts o el hombre varado entre el cielo y el infierno.

Esta exposición sugiere nuevas relaciones entre significante y significado. El trazo del lápiz en un esbozo arroja una serie de «nadadores» abstractos similares a los náufragos de la filosofía: del océano monocromático en azul al desierto metafísico en blanco y negro. «La vida sosteniéndose a sí misma a través de mecanismos asombrosos, tiernos e implacables», dice un autor que teje asociaciones libres a propósito de los pormenores, exalta los pequeños indicios y deshila el estambre de modo consecuente con su propia lógica. La obra es el proceso de la obra, sus altibajos, su sintaxis, sus giros concéntricos. Cuentahílos es el aguijón de las abejas en el dedo que apunta hacia Dios en la otra pieza de Miguel Ángel, La Creación. Revela una búsqueda de la belleza que está fuera del centro. Como decir Amén en un hospital psiquiátrico.
Christian Núñez
Invierno de 2011