CONEJOBELGA

16 junio 2018

ramírez_ruptura y rebeldía


Gabriel Ramírez se ha convertido en un referente indiscutible de la plástica en México. A partir de la noción de rebeldía, se analizan los elementos esenciales de su obra visual y literaria.
 
1. Las ideologías han adoptado una dirección tan moralista que al subvertir el orden, producen dogmas nuevos. Tal inversión funda movimientos de ruido y furia. Ahora, la tendencia de mayor auge mediático es la lucha del feminismo contra las prácticas neandertales. Pero no es la única. El racismo de Trump, la ortodoxia vegana y el furor animalista son tres fundamentalismos recientes que surgieron como alternativa y se volvieron cárceles mentales. Esto quizá tiene orígenes antiguos. Cuando Nietzsche afirma Dios ha muerto y abraza a un caballo, la sociedad alemana ya estaba gestionando al ejército nazi. Luego no habría resistencia posible: un régimen totalitario marcaría el tono de la conversación. La desobediencia no puede institucionalizarse. Si accedes a la esfera del poder, ya no eres rebelde. Necesitas oponerte, destruir constantemente un sistema de valores, burlar el orden establecido. Lars von Trier fundó el movimiento Dogma para después traicionar sus principios. Tú pones las reglas, tú las destruyes.

2. En un capítulo de Ensayo sobre la ceguera, Saramago insinúa que nuestros tiempos son un mercado de ideas frágiles donde el murmullo babélico se impone. Es precisamente esa atmósfera de confusión turbocapitalista la que nos obliga a reflexionar sobre la rebeldía y su valor disruptivo. ¿Qué entendemos por rebeldía artística, y cómo la reconocemos en un cuerpo de obra en particular?

3. La rebeldía se funda en la negación de una serie de valores dentro de un contexto específico. Camus define al rebelde como una persona que dice no ante una situación dada. Es una actitud política, un movimiento de oposición, un rechazo al status quo. Lo mismo que en el relato Bartleby, el escribiente, quien se rebela dice a menudo: Preferiría no hacerlo, y lo que nos corresponde ahora es ubicar las coordenadas de ese comportamiento. La presencia del polo negativo me recuerda un episodio de Star Wars [Los últimos Jedi] donde Luke Skywalker le transmite a Ben Solo las lecciones básicas de la fuerza, ignorando que él mismo será la causa de que su pupilo salte al lado oscuro. Hay equilibrio de opuestos, porque el bien y el mal conviven uno frente al otro, abrazados en círculos infinitos. La rebeldía requiere un núcleo de ideas anquilosadas, un templo contra el cual emanciparse, un padre simbólico. El yin yang es un pleito familiar.




4. La obra de Gabriel Ramírez reúne una constelación de expresiones [pictóricas, literarias, cinéfilas] ausentes de todo canon. La Ruptura—que arranca en 1965 en el Museo de Arte Moderno, en la Ciudad de México, con un episodio violento—ha logrado atravesar dos siglos en sus trazos. Como él mismo explica, nunca hubo una carta de principios, ni un manifiesto, pero sí una reacción general contra la escuela mexicana de pintura. El estilo, de carácter intenso y cromatismo salvaje, sufrirá múltiples variaciones hasta los días recientes. No hay dos piezas idénticas en su catálogo; todo está cambiando siempre, las aguas del río fluyen como Bowie, Darwin, Buda y Heráclito expresarían alguna vez. Ramírez evita decirnos en qué consiste la pintura, y menosprecia el culto al artista. En las dos ocasiones que hemos platicado, su agudeza crítica se fusiona con una honestidad brutal. Eso destruye cualquier tentativa de homenaje.  
5. Pero hay más: leerlo provoca conexiones neuronales placenteras. En 2004, mientras estudiaba la universidad, leí un ensayo suyo acerca de Samuel Beckett donde analizaba el refinamiento de la expresión instintiva en la prosa del irlandés. A partir de aquel momento identifiqué a Ramírez como una inteligencia curiosa, escéptica, inconforme; un rebelde que saborea el acto mismo de crear.

6. Si hablamos de ruptura y rebeldía, de espíritus transgresores y obsesivos, entonces habría que añadir que la investigación y el sentido crítico siempre lo han acompañado. Porque Ramírez no es un monolito; sus ejecuciones invitan a la efervescencia de ideas, a la región salvaje que no suele florecer en textos de sala o análisis académicos. Lo suyo es pulsión, energía oscura, una espiral descendente. Ramírez pinta/dibuja/escribe con ráfagas de color en las formas, y confiesa sentirse incómodo durante las inauguraciones; nunca dicta cátedra. La imagen del artista separado de su trabajo, pero profundamente inmerso en la forja de un lenguaje propio, del lector apasionado que renuncia al egotismo y avanza de selva en selva son valores admirables. «De eso se trata la pintura, de algo que nunca consigues», declaró en 2017 durante nuestra segunda conversación. Ese ánimo de oponerse a los dogmas implica una coherencia total.


Ensayo leído en el Museo Fernando García Ponce-Macay
durante el homenaje al maestro Gabriel Ramírez [15.06.2018]