21.3.17

daniel paul schreber_enfermo de nervios



 
Se llevan libros u otra clase de anotaciones en los que se registran desde hace años todos mis pensamientos, todos mis giros de lenguaje, todos mis objetos usuales, todas las cosas que de alguna manera se encuentran en mi poder o en mi cercanía, todas las personas con las cuales trato, etcétera. Me es imposible decir con seguridad quién se encarga del registro. Como no puedo representarme la omnipotencia de Dios como desprovista de toda suerte de inteligencia, presumo que el registro está a cargo de seres residentes en astros distantes, seres a los que se les ha dado figura humana, al modo de los hombres hechos a la ligera, pero que por su parte carecen por completo de entendimiento y a los cuales los Rayos, que son efímeros, les han puesto, por así decir, la pluma en la mano para la tarea, desempeñada por ellos de manera enteramente mecánica, de llevar el registro, de manera que los Rayos que aparezcan después puedan conocer lo registrado.

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Mucho tiempo creí, al recibir las visitas de mi esposa en Sonnenstein, que en cada ocasión había sido «hecha a la ligera», y que por consiguiente quizá se desvanecería ya en la escalera o inmediatamente después de abandonar el hospital; se dijo que sus nervios eran «enquistados» después de cada visita. En una de sus visitas —el día de mi cumpleaños de 1890— mi esposa me trajo un poema que quiero reproducir aquí literalmente debido al profundo efecto que entonces me produjo. Rezaba así:

Antes de que te dé su amor la verdadera paz
(la serena paz divina),
la paz que ninguna vida
y ningún placer dan aquí abajo,
es menester que el brazo de Dios
te infiera una herida,
que tú tengas que gritar: «¡Dios mío apiádate,
apiádate de mis días!»;
es menester que desde tu alma resuene un grito,
y que en ti haya tinieblas,
como antes del día de las cosas;
es menester que el dolor
te abrume por completo.
Que en tu alma no quede ya ni una lágrima;
y cuando tú te hayas agotado en el llanto,
y estés cansado, tan cansado,
entonces vendrá a ti un huésped fiel:
la serena paz divina, *
antes de que la verdadera paz te dé su amor.

El poema, cuyo autor no conozco, me causó tan notable impresión porque la expresión que aparece repetidamente en él «paz divina» es la designación empleada en el lenguaje primitivo, que yo antes y después escuché innumerables veces, del sueño generado por los Rayos. En ese momento me fue casi imposible pensar en que hubiera mediado una casualidad.

*La palabra alemana Gottesfrieden («paz de Dios») significa también «tregua de Dios.» 

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Que los Rayos me incitasen a una inmovilidad absoluta («Ni el más mínimo movimiento», rezaba la consigna que se me repitió muchas veces) es algo que tiene, a mi juicio, que ser puesto también en relación con el hecho de que Dios, por decirlo así, no sabía cómo comportarse con los hombres vivientes, sino que estaba acostumbrado exclusivamente al trato con cadáveres o a lo sumo con los hombres entregados a dormir (soñantes). De ahí surgió la pretensión, ciertamente desmedida, de que yo en cierta manera me comportase constantemente como un cadáver, lo mismo que una serie de ideas más o menos insensatas, porque todas iban en contra de la naturaleza humana.

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Desde el comienzo mismo de mi vinculación con Dios hasta el día de hoy, mi cuerpo ha sido incesantemente objeto de milagros divinos. Si quisiera describir en detalle todos esos milagros podría llenar con ellos un libro entero. Puedo decir que no existe casi un solo miembro u órgano de mi cuerpo que no haya sido transitoriamente dañado por algún milagro, ni un solo músculo que no haya sido tironeado mediante un milagro para ser puesto en movimiento o paralizado, según fuera el distinto fin que con ello se pretendía. Aun hasta el día de hoy los milagros que vivo a cada hora son, en parte, de tal naturaleza que a cualquier otro hombre tendrían que causarle un pavor mortal: sólo gracias a que me he acostumbrado después de muchos años he llegado a considerar como insignificantes la mayor parte de los que aún ahora se producen. Pero en el primer año de mi permanencia en Sonnenstein los milagros eran de naturaleza tan aterradora que casi permanentemente creí que debía temer por mi vida, mi salud o mi razón.