CONEJOBELGA

21 marzo 2017

roberto calasso_el loco impuro




Con su abrigo negro y una chistera del mismo color, el Presidente atravesó la gran puerta de vidrio del vestíbulo, se sumió en la pálida luz y en seguida se dio cuenta de que había dos soles en el cielo. Una risa maligna sobresaltó e inquietó un momento al enfermero que lo acompañaba. «No se preocupe, es totalmente normal, casi previsto», le dijo de inmediato el Presidente en tono tranquilizador y se fue a sentar en una silla apartada del jardín.

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Y estaba, sobre todo, esa aparición sin fin de los sujetos, unos dentro de los otros, que le dejaba una sensación de vertiginosa dispersión. Para él empezaba con su venerable padre, Daniel Gottlob Moritz, que trataba a sus pequeños como cadáveres, los educaba en el rigor mortis como única aproximación concedida a la rectitud, los sacaba adelante por la única vía recta. Y un día el Presidente había tenido que matar a este Padre, pero este Padre era él mismo y entonces había tenido que matar al Padre del Padre, es decir, a Dios, que tampoco sabía más que tratar con cadáveres.

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El primer gesto de gran generosidad hacia el presidente Schreber por parte del director de la clínica de Sonnenstein, el doctor Weber, fue concederle el uso de un gran cuaderno de tela negra. Hasta entonces el Presidente había tratado de escribir con las uñas en la pared, había trazado palabras con saliva en la mesa y varias veces había tratado de transformar el tenedor en pluma. Cuando un enfermero le dio el cuaderno y un lápiz desportillado el Presidente los sopesó un largo momento, se inclinó ligeramente y dijo: «Gracias, será el diario de los últimos siglos de la humanidad.»

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«You know, it’s very hard to say that God is being fucked.»


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Muy pronto se supo que el profesor Flechsig se había encerrado en el pabellón. Durante dos meses fue simplemente objeto de conversación en voz baja entre los asistentes y los enfermeros. Finalmente, un día, el afable doctor Weber decidió visitar al Profesor. Tocó discretamente y en seguida éste le abrió. Vio a Flechsig con botas de hule, un viejo sombrero en la cabeza y una diminuta pala en la mano: en la oscuridad de la habitación se distinguían tupidas enredaderas que debían de haber penetrado durante esos últimos tiempos. El doctor Weber dijo que sólo quería charlar un poco y fue recibido con serenidad. Hablaron de las últimas novedades, del nuevo cauce que habían tomado las investigaciones en el instituto, algunos chismes académicos y, finalmente, hicieron algunas vagas referencias a la situación política. El profesor Flechsig escuchaba atentamente y respondía con pocas palabras, perfectamente acordes, aunque su voz parecía quebrada. Después de esa visita pasaron aún algunos meses: Flechsig no salía nunca de su jardín y se le podía ver en distintos momentos del día agachado trabajando en sus plantas. Los enfermeros le llevaban comida del comedor. Ninguno se había atrevido a preguntarle cuándo pensaba irse. La ocasión se presentó con la visita de un rígido inspector del ministerio que había encontrado algo que censurar a la administración de la clínica y por casualidad también había descubierto la extraña situación del profesor Flechsig, que juzgó escandalosa. Pocos días después llegó una carta de Berlín que ordenaba desalojar al profesor Flechsig del pabellón del jardín, que serviría de archivo para una cantidad de documentos que el inspector había encontrado apiñados en desorden en dos habitaciones del último piso. El doctor Weber tocó nuevamente a la puerta de Flechsig, habló otra vez de varias novedades académicas y al final deslizó en la conversación la noticia de la carta enviada por el ministerio. Flechsig no se mostró sorprendido, movió apenas la comisura izquierda de los labios: «Jamás me moveré de aquí, este jardín es mío, ya no tengo nervios, mis tendones se alimentan sólo de las raíces de estos pocos metros de tierra.» Luego cambió el tema de la conversación.

Un mes después el profesor Flechsig fue arrastrado a la fuerza por algunos enfermeros que conocía años atrás y que en su mayoría había contratado él mismo para la clínica. Mientras lo arrastraban, su cuerpo macizo se resistía como un bloque de piedra y sólo dijo: «Aunque ya soy únicamente un miserable residuo de los vestíbulos del cielo, mi cuerpo es la Ciencia y la Ciencia os matará a todos.»
 
Texto: El loco impuro, Roberto Calasso