CONEJOBELGA

09 octubre 2012

La blanca maldad



La blanca maldad
 
Brama, de David Miklos (San Antonio, Texas, 1970), propone un erotismo trazado con monólogos y flashbacks. A raíz de la muerte de la madre de los protagonistas, Béla y András, el conflicto por la repartición de los bienes detona un impasse: ambos hermanos quieren quedarse con la casa y no se moverán de ahí hasta conseguirlo. Unidos por las cenizas y el rencor, pelean también por los orificios de Milena, la esposa de Béla, y Marina, antigua compañera de exploraciones infantiles de András. Los roles se definen desde las primeras páginas; Béla será el más bestial de todos, el que arrebata las cosas, el abusivo hermano mayor que manosea a las amigas del menor y hace comentarios obscenos. Es, obviamente, abogado. András, eyaculador precoz, motivado por el desquite y los recuerdos, buscará vengarse cogiéndose a su cuñada y luego a Marina. Pero es débil y continúa siendo precoz; lleva siempre las de perder, a simple vista.

Hasta aquí, Brama se dirige hacia un punto de máxima tensión en el que esperamos el encuentro salvaje de los hermanos; un encuentro a muerte, una embestida. Uno lee y se va entusiasmando con los pasajes que alternan momentos de calma y pequeñas insinuaciones de tragedia. Hay sexo —menos explícito y variado de lo esperado, pero bastante ponedor— y secuencias que revelan detalles de la vida familiar y de cómo Béla hacía preguntas incómodas a Moira, la madre, sobre la ausencia de vello púbico en su sexo. Nos vamos a enterar, llegando a la sexta parte, del principio de todo: ella vendía enciclopedias y así conoció a Tibor, un hombre mayor/su primer cliente/futuro esposo, que la sedujo comprándole las colecciones completas del catálogo. Durante once días permanecieron encerrados en la biblioteca, leyendo, fornicando, felices. Son mamá y papá. Como suele ocurrir en las tragedias, el fin está en el comienzo: la brutalidad de Tibor se perpetúa en los genes de Béla. Ahora los hermanos van a concluir la historia.

La novela de Miklos provoca excitación inmediata y, no obstante, con altibajos, porque las intervenciones de varios personajes y las rupturas espacio-temporales, a pesar de que crean una sensación de montaje cinematográfico, terminan por diluir las erecciones. El recurso de contar desde múltiples ángulos la trama complica su ritmo, lo vuelve irregular. Brama: un largo faje que pudo volverse una enorme, monumental cópula. Una hermosa cogida siempre a un paso de ocurrir, venida a menos. Los personajes se la pasan relatándonos en el vacío, beckettianamente, la historia por la cual han sido apilados unos contra otros y la cohesión falsea. En la variedad se pierde síntesis. Comentario al margen, las mujeres terminan siendo hermosas criaturas listas para perforarse. Bellos y funcionales objetos como cajas de leche con popote. Siempre a la diestra del padre, llámese Tibor, Béla o András, las tres damas cumplen un solo fin: abrirse de piernas a los egos masculinos. Un duro papel que escritoras indecentes como Elfriede Jelinek cuestionarían.

Al final, poco antes de resolverse el conflicto, Brama hace tabula rasa con personajes, situaciones, monólogos y en un anticlimático cierre termina con dejarnos en las manos un poco de blanca maldad, pura y transparente. Sin dobles lecturas.

–Christian Núñez


Brama
David Miklos
Tusquets Editores, Colección La Sonrisa Vertical, 2012
1ª ediciòn