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08 enero 2014

Asesinato con peces de colores



 Asesinato con peces de colores

Los amantes del cine asiático ya deben estar acostumbrados a sus extraños giros argumentales y a la sangre que salpica sus historias. El tratamiento de temas tabú es bien recibido y la relativa libertad creativa de sus directores nos predispone al mood carnicero. Cualquier cosa enfermiza y francamente asquerosa puede ocurrir. Celebramos al policía que busca venganza por cuenta propia, torturando al asesino con justicia clínica. Nos inquieta la niña fantasma de cabello largo que se monta en la espalda del fotógrafo. O la profesora que atormenta a sus ex alumnos con fondo musical de Radiohead. El cine asiático ha resuelto ya que su visión es decididamente macabra, oscura cuando menos. En ese orden de ideas Cold Fish (2010), del director japonés Sion Sono, resulta un ejercicio gore con un sentido de lo grotesco finamente perfeccionado.

La película se inspira en una pareja de asesinos seriales de los años 80 que administraba una perrería y ejecutó a varios clientes. Por una cuestión de funcionalidad estética, Sono sustituye a los perros por peces exóticos y focaliza nuestro interés hacia Shamoto, el gris propietario de un modesto negocio —con mujer e hija— que iniciará un viaje a los infiernos tras conocer a Murata y su esposa Aiko, los asesinos en serie a cargo de un local más grande, el Amazon Gold. Shamoto evoluciona en medio de su crisis adulta hasta alcanzar un punto clave, y a medida que los desmembramientos se hacen más frecuentes, el arco se irá tensando hacia un final explosivo. La cinta retrata la descomposición social en sus múltiples niveles y, más allá del humor negro, incomoda por otras razones. La vida es dolor, le dice Shamoto en una de las escenas finales a su hija adolescente.

El pesimismo que coloca los eventos sanguinarios sobre una plataforma teórica podría remitirnos a otro excelente análisis de la condición humana, que también revisa una nota roja de asesinos seriales: Profundo carmesí (1996), de Arturo Ripstein. Incluso es posible asociar la descarga violenta de Shamoto con las descripciones que Elias Canetti plantea en el ensayo Masa y poder, donde explica que un aguijón de poder depositado de forma hostil tarde o temprano será clavado en alguien más invariablemente. Cold Fish nos instruye sobre los pormenores del asesinato: manipulación, paranoia, desequilibrio psicológico, simple nihilismo. O, como en el caso del pusilánime protagonista, la sangre se convierte en un acto liberador, la única forma de vaciarse por completo de los aguijones que alguien más puso ahí. Aun a costa de uno mismo.

–Christian Núñez



Cold Fish
Sion Sono
Nikkatsu / Stairway, 2010