CONEJOBELGA

17 abril 2019

thomas bernhard_en conclusión


En El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard
formula una feroz crítica contra la burguesía austriaca.

 
Que la lectura de esta reseña se haga de un solo impulso.

Thomas Bernhard posee una garganta neurótica, nunca deja de hablar, una boca ciega para comerse a los insectos, y no soporta su país, no soporta los premios literarios, no soporta el ambiente artístico vienés, el teatro vienés, la burguesía vienesa, los hospitales vieneses, el campo vienés, nada que lleve a Viena como marca de origen. Lucha contra el mundo en los últimos momentos, convulsionando, habla en forma convulsiva, destruye la sociedad sistemática y convulsivamente, descree convulsivamente de todo aquello que sirve a los demás como justificación para vivir, como excusa o subterfugio. Ir hasta el final, permanecer en actitud intransigente hasta el final, contra el mundo hasta el final, desde el principio atacar la ridiculez de los hombres, la sarna de la cual nadie se libra, es la principal característica de Bernhard. De furor en furor hasta el final. Bernhard y su consigna.

El sobrino de Wittgenstein abre con un fulminante poema: Doscientos amigos / asistirán a mi entierro / y tú tendrás que pronunciar un discurso / ante mi tumba. Y entonces Bernhard no cesa de hablar, no divide los párrafos, articula o vomita, según sea el gusto del lector, una historia basada en su amistad con Paul, el sobrino del filósofo Ludwig Wittgenstein. Y del filósofo se mencionan solo aspectos colaterales, de la familia W. sólo se consideran los vicios y defectos, y Bernhard centra su atención en Paul Wittgenstein, y en Irina, la amiga de ambos, a quien siempre se refiere como el ser de mi vida. Bernhard se repite a sí mismo las palabras de sus monólogos igual que un onanista se masturba, y mientras el masturbador repite los movimientos hasta cansarse, en los monólogos de Bernhard van sumándose hasta el agotamiento la vejez, la enfermedad, la locura, el abandono, la muerte y el dolor. Bernhard, en sus monólogos, gira sobre su propio eje mientras la vida continúa su curso infame hacia ningún lado y por lo tanto, al hablar, Bernhard destila odio y honestidad, asco y pureza, rabia, sentimentalismo, desvergüenza y un horror espontáneo por lo superficial. Brinda confianza, entonces. La segunda virtud de Thomas Bernhard es que brinda confianza. Sus invectivas van de la mano de la confianza que inspira, porque salen del corazón fluidamente y explotan fluidamente. Su tercera virtud es la no complacencia, la no aceptación del status quo generalizado, el no consentimiento de la degradación humana, los deseos humanos, las aspiraciones, los cuerpos, las ideas, el amor a la literatura. Aquello que Bernhard critica y demuele se salva de la crítica y la demolición gracias a la crítica, a la demolición. Si no está claro, renuncio.

Por donde se lo analice, el resultado de una lectura de Thomas Bernhard es la admiración, y la palabra FIN en Bernhard nos lleva a seguir pensando en él y en su solipsismo incandescente—él y él—, la palabra FIN tiene como consecuencia en los monólogos de Bernhard consecuencias a largo plazo, como las de los locos, y la locura de la gente tiene efectos en los monólogos de Bernhard, la demencia de su amigo Paul, la demencia de las relaciones humanas. En mil novecientos sesenta y siete, en la Wilhelminenberg, a Bernhard lo hospitalizaron por su tuberculosis congénita, y a Paul por su demencia congénita. La palabra FIN de su monólogo recalca que el inicio de la historia es la locura, el final es la locura; el principio la vida y el final la demencia, el principio la palabra, después el FIN. 

«Lo mismo que Paul, una y otra vez, alcanzaba un grado máximo de rebeldía contra sí mismo y contra su entorno y tenía que ser internado en el manicomio, yo mismo alcanzaba una y otra vez un grado máximo de rebeldía contra mí mismo y contra mi entorno y era internado en un establecimiento de pulmón. Lo mismo que Paul, una y otra vez y con intervalos cada vez más cortos, como cabe imaginar, no se soportaba ya a sí mismo ni soportaba al mundo, yo también, con intervalos cada vez más cortos, no me soportaba a mí mismo ni soportaba al mundo y, lo mismo que Paul en el manicomio, volvía a mí en el establecimiento de pulmón, como puede decirse. Lo mismo que, en fin de cuentas, los alienistas destruyeron una y otra vez a Paul y, sin embargo, lo levantaron otra vez sus propias energías, los médicos de pulmón me destruyeron una y otra vez y me levantaron mis propias energías otra vez; lo mismo que, en fin de cuentas, las casas de locos lo marcaron, como tengo que decir, los hospitales de tuberculosos me marcaron, según pienso; lo mismo que a él, durante largos periodos de su vida, lo educaron los locos, me educaron a mí los enfermos de pulmón, y lo mismo que él, en definitiva, se formó en la comunidad de los locos, yo me formé en la comunidad de los enfermos de pulmón, y la formación entre los locos no es muy distinta de la formación entre los enfermos de pulmón. (…) La diferencia entre Paul y yo es al fin y al cabo sólo que Paul se dejó dominar totalmente por su locura, mientras que yo no me he dejado dominar nunca totalmente por mi locura, igualmente grande, él, por decirlo así, fue absorbido por su locura, mientras que yo durante toda mi vida he explotado, he dominado mi locura; mientras que Paul nunca dominó su locura, yo he dominado siempre la mía y quizá por esa razón mi propia locura ha sido incluso una locura más loca que la de Paul. Paul sólo tenía su locura y existía a partir de esa locura, yo tenía, además de mi locura, la tuberculosis y exploté las dos, la locura tanto como la tuberculosis: hice de ellas un día, en un abrir y cerrar de ojos, mi fuente existencial para toda la vida.»

Thomas Bernhard es adictivo.


El sobrino de Wittgenstein
Thomas Bernhard
Compactos Anagrama, 2005