CONEJOBELGA

26 mayo 2012

Escrito al reverso de una postal



  Escrito al reverso de una postal
 
a) «El trayecto de regreso: Martina agarrada a Mirko en el scooter, con la desagradable sensación de haber perdido algo, de haber olvidado algo, de no poder remediarlo. Los campos alrededor, y algo olvidado o perdido.»

b) De los niños nada se sabe nos deja en el estómago una prolongada sensación de vacío. Dulce y tenue. Triste, como el destino de sus protagonistas. Como su infancia. Este sentimiento: haber dejado atrás algo valioso, haberse ido para crecer. La novela trata del puente de la niñez a la adolescencia que muy pronto se rompe. Y de cómo uno dirige la vista en dirección a ese tránsito roto, a esa especie de nada hecha de recuerdos. Pero únicamente experimentamos un tipo de nostalgia sucia y triste. Quizá una especie de asesinato, de nuestro cuerpo, de otros cuerpos, entre niños. Seres que no están seguros de ser buenos o malos. «De los niños nada se sabe», suele decirse. Simona Vinci lo dice con un epígrafe de Marguerite Duras, y nos relata la historia de cinco amigos —Matteo, Luca, Mirko, Greta y Martina— y las primeras caricias entre ellos. La primera cópula. Revistas porno, música de Soundgarden y Alanis Morissette. En una barraca lejos de los adultos. Sólo ellos, jugando. Sin saber nada, sin pretender nada. Es mejor no darse cuenta de lo mal que acabarán las cosas. Vinci construye ese puente a la catástrofe y los cinco niños montan sus bicicletas y scooters y se van directo al agujero. Cantando, Martina canta. En honor a los instantes felices. Formando un círculo. Ella y los demás. Un círculo cuyo centro vuelve a recordarnos el vacío de la niñez. Vinci lo explora con sus personajes, con el cuerpo de sus personajes. Con la saliva, el pubis, la añoranza. Un epitafio bellísimo por lo que dejamos atrás.

c) «Por la mejilla de Matteo, muy cerquita de la nariz, se deslizaba una lágrima. Pequeña y transparente, dejó una estela idéntica a la que deja la baba de los caracoles en la mugre de polvo y tierra que le cubría la cara.»

d) Acaso debido a la ternura característica de las mujeres, Vinci narra con sutileza las actividades clandestinas de los niños. Como una madre permisiva y amorosa, con algunas elipsis, omitiendo los detalles obscenos. Lo cual no significa que estos niños no hagan cosas malas. Las llevan a cabo. Se abandonan a sus juegos, juegan sucio. Vinci nunca esconde, nunca miente. Las intenciones de Mirko van de mal en peor, en perjuicio de los menores. Lo admirable es que una trama tan depurada produzca semejante impacto erótico y estético. Como probar un dulce, una paleta con chile, y después gritar.

e) Los pequeños detalles de la novela fascinan. Son minucias, insignificancias. Se produce algo semejante al encontrar una fotografía muy vieja, de nosotros. Lo frágil y elocuente de eso. Un mundo que ya no está, que nunca regresa. Nuestro mundo de ayer y el de ahora. Pequeños detalles. El bolsito rosa con vestidos de Barbie, los calzones meados de Mara, el cepillo de dientes rosa hello kitty, un beso entre Martina y Matteo. Una violación colectiva.

f) De los niños nada se sabe no incita a la meditación ética. No es una fábula ni un cuento infantil. La prosa, enriquecida de gestos menores, y la violencia de los acontecimientos impiden rebajar su contenido a las tragedias moralizantes. La historia contiene elementos trágicos. Pero van en otro sentido. Una tragedia más profunda y enorme. Crecer. Una verdad absoluta: dejamos de ser niños y la vida empeora. Ese único mensaje.

g) «Martina empezó a cantar. Su voz se alzó delicada y firme, limpia, sin asperezas. Quién sabe qué canción cantaba, quizá ninguna, quizá un fragmento inicial de un dibujo animado farfullado, mezclado con otra cosa. Sea lo que fuere, era una canción de una sola nota, sin palabras. Algo tranquilo, que contenía el mínimo dolor posible, el mínimo posible de todo. Una música. Y basta.»

h) Leí De los niños nada se sabe por segunda vez para preparar su reseña. Me había enterado del libro gracias a una revista, hace algún tiempo, un par de años. Nunca logré conseguirlo. Nunca hasta hace poco. Una amiga de mi hermanito viajó a Argentina. Escribí una lista de títulos y se la di a él, quien se la entregó. No me trajo los que esperaba. Hizo lo que pudo. Ella no sabe que escribo reseñas y dudo que lo llegue a saber jamás. Por eso, en una mueca incomprensible de anonimato, voy a dedicársela.
Christian Núñez
 
De los niños nada se sabe
Simona Vinci
Anagrama, 1999