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09 junio 2014

The SNES Chronicles



The SNES Chronicles
Christian Núñez
 
El Super Nintendo Entertainment System (SNES) inauguró la época dorada de los videojuegos. Perteneciente a la cuarta generación de consolas (1987-1994), junto al Sega Mega Drive, se caracterizó por su atractivo catálogo de títulos, hoy verdaderos clásicos. Aquí repasamos algunos de ellos y sus magníficas bandas sonoras.

UNO. Axelay (1992) es considerado uno de los padres fundadores del género de los shoot ‘em ups para SNES, junto a Gradius III de Konami. Destaca por su excelente banda sonora, compuesta por Taru Kudo, con temas ambientales que lo mismo remiten a una colonia de armamento extraterrestre (Colony), la soledad luminosa de una ciudad futurista (Mother), la extravagancia de una gruta llena de criaturas letales (Silence) o al infierno volcánico interestelar (Burning). Música extraordinaria, escenarios en scroll horizontal y vertical, jefes imponentes y ritmo dinámico son atributos que permiten un gameplay fluido, en ocasiones majestuoso. A pesar de su brevedad, cada una de las 6 escenas deja tras de sí la sensación de que estamos ante una obra maestra. Sí: aunque se trate de un videojuego. En la pantalla final, tras el arduo combate contra el último alienígena, el equipo desarrollador sugería la posibilidad de una segunda parte, pero las bajas ventas del título frenaron el intento. Como sea, después de tantos años aún es muy disfrutable, como el hacer el amor con una ex novia.



DOS. Otra joya de Konami para SNES, The Adventures Of Batman & Robin (1994) se basa en la serie animada de los noventas. Mucho antes de la saga Arkham en PS3, esta versión minimalista del caballero nocturno contaba con una serie de rasgos únicos. Podías acceder a un menú de ítems muy completo y en ocasiones recibías ayuda de Robin; la dificultad era más que aceptable y los niveles requerían un temple casi budista (luchando contra el Guasón en los carros de la feria, por ejemplo) para salir victorioso. De nuevo, el OST brillaba con luz propia; los del Konami Kukeiha Club recuperaron el intro de la serie original y elaboraron nuevos temas. Harley Queen, Gatúbela, Hiedra Venenosa, el Pingüino, Dos Caras y demás enemigos tenían intervenciones resueltas hábilmente. Contaba con sistema de passwords, por si te daba la gana aventar el control cuando perdías una partida. Impecable dirección de arte y, claro, escenas románticas en los basureros de Ciudad Gótica, con la buena de Gatúbela arañándote la espalda. ¿Qué más se podía pedir?


TRES. Super Castlevania IV (1992) introdujo a Simon Belmont a los 16-bit y de paso revolucionó la franquicia. Se trata sin duda de un título plataformero de Konami muy solvente, con un equipo desarrollador a cargo de Masahiro Ueno. La banda sonora de Masanori Adachi y Taro Kudo no tiene desperdicio. Posiblemente, uno de los mejores scores de los Belmont, mucho antes del twist orquestal de Óscar Araujo para Lords Of Shadow. Aquí las atmósferas se perfeccionan con melodías que le rinden tributo al jazz (The Sumerged City) y a la música litúrgica (Dance Of The Holy Man), y los temas ya conocidos se oyen paradójicamente renovados y clásicos a la vez (Bloody Tears, Vampire Killer). Debido a su extensión, el juego cuenta con sistema de passwords. Cada nivel demanda tiempo y destreza en la exactitud de los movimientos: te puedes caer al abismo, morir aplastado en una mazmorra o bien quedarte sin recursos útiles durante un duelo. Las últimas escenas son particularmente difíciles, con un timing diabólico, pero incluso morir es divertido, frustrante o desolador, según el caso. Una maravilla.




CUATRO. Mega Man X fue lanzado al mercado occidental en 1994 por Capcom. El robot azul, más estilizado y poderoso que nunca, entró al sistema de 16-bit por la puerta grande: la calidad gráfica, el modo de juego y el apartado sonoro son los tres pilares sobre los cuales se sostiene, dando como resultado un gameplay estupendo. Quedaron atrás las carencias técnicas y el deseo de golpearnos la frente por errores de dedo al realizar un brinco. La historia se ubica cien años después del original y presenta nuevos enemigos, como Sigma y los Mavericks zoomorfos. La ambientación de los niveles gana puntos gracias a la minuciosidad de los paisajes y el sobresaliente trabajo compositivo de la banda Alph Lyla, que potenció la vena rockera de la franquicia y deslizó brillantes arreglos de música electrónica en el set. Escuchen el intro de la Highway stage y los cortes de Chill Penguin, Boomer Kuwanger y Spark Mandrill, así como el de la Fortaleza de Sigma segunda etapa. Aunque repiten la misma fórmula, sus secuelas cumplirían con el mismo alto nivel de sonorización.




CINCO. Sería un error no incluir Mega Man 7 (1995) en este inventario. Primero, porque renueva la saga original. Y segundo, porque su música es de lo mejor que se ha escrito para la franquicia, que ya en los 8-bit había dado pequeñas joyas. El OST fue realizado por diez compositores, entre ellos Ippo Yamada, Yuko Takehara y Makoto Tomozawa, quienes también harían lo propio en el soundtrack de Mega Man 10 (presten atención a Solar Inferno). La historia no aporta cambios sustanciales, aunque el ingenio de Capcom para reciclar sus mitos nos sorprenderá de todas formas. El Dr. Wily se ha sofisticado; sus máquinas son tecnológicamente superiores y sus robots ahora tienen secuencias de ataque complejas. Los niveles incluyen efectos climatológicos, trampas sutiles y nuevos ítems ocultos. Reaparece Proto Man con su característico silbido dispuesto a dar batalla. Y Mega Man sigue siendo un niño solitario que camina entre fuego. El desenlace nos lo confirma.



SEIS. Demon’s Crest (1994) cierra la saga de Gargoyle’s Quest nintendera con resultados positivos. Estamos hablando de un título de acción 2-D que fusiona recursos RPG, lleno de bestias insanas, cadáveres vivientes y escatología edificante. Firebrand regresa con un aspecto aterrador a recuperar seis gemas que manipulan fuego, tierra, agua, aire, tiempo y cielo. Digamos que si hubiera una contraparte justa del Super Castlevania IV, sería ésta, pero con mucho más feeling diabólico y amor por la oscuridad. Controlamos un demonio, y estamos entre demonios. Su música no sólo es terrorífica, sino que además logra sumergirnos en una melancolía incierta, devastadora como un cuento de Lovecraft. Metropolis Of Ruin, Enchanted Forest, la gélida Within The Tidal Reef y la magistral Cursed Towers poseen belleza y esplendor. Toshihiko Horiyama incorpora en los niveles finales unos VGMs de puta madre; en este caso, Palace Of Decadence y The Infinite Demon son LAS ROLAS. Y para cerrar, la etérea The Crests Are Hidden Forever nos dejará levitando sobre un cielo absolutamente gris y cargado de augurios ambiguos. ¡Brrrrr!



SIETE. Donkey Kong Country (1994) es el título que abrió el camino a las gráficas 3-D prerrenderizadas y puso en alto el listón de Nintendo, una vez más, con la complicidad técnica de Rare, estudio desarrollador de Killer Instinct. El gameplay te obligaba a permanecer horas y horas intentando superar una amplia variedad de niveles (selváticos, acuáticos, invernales, industriales) en compañía del buen Diddy Kong. La banda sonora fue tan exitosa que luego se editó un CD, DK Jamz, que incluye 20 temas. David Wise (quien colaboró más tarde en la música del Tropical Freeze de Wii U), Robin Beanland y Eveline Fischer mimetizaron sonidos de ambientes reales como goteos, trinar de pájaros, cantos de grillos y gritos de changos. Las piezas obligadas son DK Island Swing con su magnífica metamorfosis tribal, la relajante y uterina Aquatic Ambiance, la trepidante Mine Cart Madness (hermana mayor de High Tide Ride del Tropical Freeze), el cuasi homenaje a Tchaikovsky de Northern Hemispheres, la intrigante Fear Factory y el techno hipnotizante de Gang Plank Galleon. Un juegazo.




OCHO. Pocky & Rocky 2 (1994), especie de shoot ‘em up desarrollado por Natsume con estética y referentes culturales totalmente asiáticos, se sale un poco por la tangente. La perpectiva aérea le imprime un sabor especial, de viaje místico y fantástico; los personajes destilan ternura y cada escenario revela cómo la geografía afecta el espíritu. El responsable de musicalizarlo fue Hiroyuki Iwatsuki, en colaboración con Haruo Ohashi, Kinuyo Yamashita y Asuka Yamao. A lo largo de la aventura, encontraremos amigos que se unirán a nuestra causa, como Tengy (un demonio del folclore japonés), Scarecrow, Digger y Ottobot: compañeros de batallas intensas en lugares inhóspitos. Los VGM’s hacen su parte: la apacible Exotic Country Road, la bucólica y crepuscular Octuber Fields, la trepidante Demon’s Corridor y el exotismo celeste de Dragon In The Sky aderezan el relato de la pequeña Pocky. Y claro, los temas de las batallas son determinantes: Boss Fight 1 y Final Battle With Dynagon llevan a otro plano el concepto de TENSIÓN.



NUEVE. Super Mario World  (1990) y su secuela, Yoshi’s Island (1995), poseen quizá el sonido más lúdico del SNES. Nintendo encargó a Koji Kondo, su compositor de cabecera, la proeza de darle vida al soundtrack de un personaje/franquicia reconocido y admirado principalmente por el público infantil. Pero ojo: ambos juegos retan al gamer sin temor a herir su orgullo. Con la premisa ya gastada de una Princesa Peach o un Bebé Luigi en problemas, este par de títulos nos ofrecen una travesía por plataformas variadas: túneles, bosques, grutas, profundidades marinas y turbias fortalezas de fuego y metal. Por supuesto, la diversión auditiva está asegurada a través de triunfales miniaturas sonoras como Overworld Theme, la misteriosa Forest Of Illusion o el pesadillesco tono de Castle Theme, en el caso de la primera entrega. El segundo set incluye cortes como Flower Garden, la desenfadada Athletic y el vals oscuro de Castle & Fortress. Mejor, imposible.
 

 



DIEZ. The Ninja Warriors (1994) es un remake del arcade de 1987 hecho por Natsume para Taito. La acción de lado en 2-D con la opción de elegir uno de tres androides guerreros —Ninja, Kunoichi o Kamaitachi— permitía movimientos variados y flexibles. La cosa acá era golpear todo lo que se cruzara en tu camino, hacer combos mortales y llegar con la energía suficiente al jefe de nivel, generalmente más destructivo que tú. La mezcla de acción y espionaje en clave nipona era uno de sus atributos mágicos. Gameplay generoso, variedad fondo/forma y sensacionales cuadros paisajísticos lo hacían una excelente opción. Los que saben reconocerán el sello de Hiroyuki Iwatsuki en el score, fantástico de principio a fin. Antes de Evangelion ya existían el poder y la gloria. City, Skyscraper y Boss 5 funcionan como una trilogía perfecta. De igual manera, Pursuit, Boss 7 y Last Boss nos inyectarán adrenalina, con el control aún goteando saliva verde. 




ONCE. Starfox (1993) marcó un antes y un después en los matamarcianos de cuarta generación. Nintendo incorporó gráficas poligonales mediante el chip FX y nuevamente definió un mercado aún imberbe. Loas al zorrito Fox McCloud y su zoomorfa tripulación: Falco Lombardi (un faisán autosuficiente), Peppy Hare (hermano conejo) y Slippy Toad (una torpe ranita). El cuarteto del espacio debe enfrentarse al perverso Andross, un orangután malhumorado cuyos experimentos amenazan el equilibrio de Corneria. ¡Metáforas inquietantes! La precisa integración de elementos hacen de Starfox una experiencia inmersiva, con toques cinemáticos sui generis y explosiones cuadriculadas encantadoras. El OST de Hajime Hirasawa y los efectos sonoros de Koji Kondo se integran espacialmente a un ritmo cósmico. Corneria, Space Armada, Sector X & Sector Z, Sector Y, Course Map Select y Boss (Asteroid, Space Battle) apuntan y dan en el blanco. El que tenga oídos para oír, que oiga.