CONEJOBELGA

04 noviembre 2016

la fábrica de monstruos felices



La monstruosidad viene de la gente normal.


Dianné Ruz (Mérida, Yucatán, 1984) llegó al café más temprano que yo. Somos amigos pero nunca nos vemos; en parte, porque ella tiene un ritmo de trabajo intenso, y en parte porque yo siempre estoy de un lado para otro, entrevistando gente y apretando REC por compulsión. La plática que habíamos sostenido meses atrás se restableció automáticamente. Dianné no suele dar entrevistas, no habla mucho, pero durante la tarde mostró energía de sobra. El imaginario de esta diseñadora gráfica es vistoso; incluye a Edward Scissorhands y los ponys y todo lo que está en medio: niñas de dos cabezas, personajes de caricaturas rusas, adolescentes tatuadas de la época victoriana, caperuzas con las manos rojas.
El año pasado, Dianné me recomendó los últimos discos de Gloria Trevi y Lady Gaga y sus series animadas favoritas: Adventure Time! y The Marvelous Misadventures of Flapjack. Cuando le pregunté acerca de sus métodos creativos, dijo casi filosóficamente: «Me pongo a ver caricaturas. Y me rodeo de cosas felices. Compro panditas, o voy al cuarto de mis ponys y los ordeno por colores. Antes era bien hardcorera, pero todo lo que salió de ahí era medio falso. La mejor manera de crear algo es cuando estás tranquilo y te sientes feliz. Igual depende del mood. A veces me pongo a pintar unicornios y duendes con música apocalíptica y la película de Los Doors como fondo. Por cierto, ¿ya leíste el libro de poemas de Jim Morrison? Ese libro es hermoso.»
Ahora Dianné me habla de superhéroes. «Batman siempre tiene el reconocimiento de su esfuerzo, eso es muy chingón y lo hace ser el mejor superhéroe de la galaxia—señala categóricamente. Sin embargo, a medida que se espera más de ti, la gente se vuelve más intolerante con tus errores.» Y es curioso cómo se proyecta en sus comentarios, pues de inmediato agrega: «Tú cuando estudias diseño debes ser consciente que no eres un artista. Si te piden las cosas más rosadas y cutes, aunque seas dark, las tienes que hacer y te tienen que salir bien, porque esa es la diferencia entre un diseñador que funciona y uno que no es funcional. Al menos yo, trato de no hacer las cosas que me gustan porque huyo de la autocomplacencia.»
Su obra visual posee un rigor técnico notable, debido a las exigencias que ella misma se impone. De hecho, desde que regresó de la Ciudad de México—donde estudió una especialidad en pintura clásica en la Academia de San Carlos—, Dianné practica mucho, se va puliendo y recurre al acrílico por desesperación. «Es de secado rápido, pero últimamente manejo también gouache.» Lo cierto es que podría ser una workaholic, pues asegura: «Cuanto tengo tiempo libre, no quiero invertirlo en cosas no creativas. Trato de dibujar como práctica. Ahorita estoy tomando un curso de anatomía del cráneo. Si tengo un espacio libre, cinco minutos, en lo que mi mail se está enviando, yo solo puedo pensar en que quiero practicar.»
También hablamos de sus constantes referencias a los monstruos, a lo que responde: «Siempre me parecieron buenas personas. Todo ese tipo de personajes limitados socialmente me causan empatía. Un niño sin brazos me hace sentirme identificada en el sentido de la inclusión social. El hecho de presentarlo de forma vulnerable permite que la gente desarrolle un sentido de protección. Es como lo que pasaba en Edward Scissorhands: la monstruosidad viene de la gente normal. Sí, es eso. Las niñas muy normales siempre se me hicieron macabrísimas. Incluso cuando crecí, y me salté la adolescencia, me di cuenta que no podía lidiar con una disco.»
De pronto, la conversación es interrumpida por una llamada telefónica. Tengo que volver al trabajo. Dianné se ofrece a darme un aventón. Bajamos al estacionamiento y, en el camino, surgen anécdotas de gente recién fallecida. Un extraño paréntesis que nos devuelve a la cotidianidad. Aprovecho para recomendarle mi libro-fetiche, a lo que ella responde con cierto interés. Incluso promete comprarlo algún día. Que lo lea es otra cosa, pero nos despedimos con la firme convicción de que volveremos a platicar. No sabemos cuándo, ni dónde ni bajo qué contexto.
Hasta la fecha, no nos hemos visto.


Mérida, Yucatán
15 MARZO 2012








Ilustraciones: Cortesía Dianné Ruz
Amor y odio, ilustración digital
Daguerrotipo, ilustración digital
Caperuza, acrílico sobre madera