CONEJOBELGA

13 noviembre 2016

nostalgia ochentera, saliva alienígena


Stranger Things: tour de emociones neón.

Bastaron 246 palabras para que Eleven (Millie Bobby Brown), la inexpresiva preadolescente de Stranger Things, captara la atención de un público hambriento de historias vintage, adicto a la nostalgia ochentera. La serie de ciencia ficción creada por los Hermanos Duffer y transmitida vía Netflix se ha convertido en la gran favorita del año. No es para menos. Incluye una cantidad maravillosa de guiños a la cultura pop norteamericana de la época—de Stephen King a Steven Spielberg, sin olvidar Dungeon & Dragons, Star Wars, Atari y otros deliciosos alimentos terrestres. No sería exagerado decir que su éxito se debe a los incontables gags repartidos en sus trepidantes ocho capítulos. Una celebración con luces navideñas y viejas canciones impregnadas de saliva alienígena.

¿Qué nos gusta de Stranger Things? En primer lugar, el monstruo, ese merodeador de las sombras que deja rastros de podredumbre y sangre. El Demogorgon es la metáfora del miedo de toda una generación al silencio cósmico. “No creo en fantasmas, pero sí en aliens y dimensiones alternas”, confiesa Matt Duffer. La desaparición de Will Byers (Noah Schnapp) nos enredará en una telaraña de fenómenos paranormales: telequinesis, desapariciones misteriosas y un enigmático proyecto de la CIA que aún sigue causando morbo—el polémico MKUltra. Lo mejor de Alien y Metroid se fusiona en una bestia ejemplar. Luego, tenemos el factor humano: la entrañable amistad de Mike (Finn Wolfhard), Dustin (Gaten Matarazzo) y Lucas (Caleb McLaughlin). Tres pulgas extraviadas en el bosque. 



Sentirse raro y no encajar, perder a un ser querido y buscarlo desesperadamente, comprometerse a una causa y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Estas son solo tres coordenadas que Stranger Things formula en su tour de emociones neón. La ausencia de Will Byers desemboca en un viaje fantástico que rinde homenaje a los héroes sin superpoderes, a los chicos de los suburbios, al casi transparente ciudadano promedio. Lo verdaderamente épico es el atrevimiento de personas normales que logran sobreponerse a sus pavores y luchan contra el mal dondequiera que se encuentre, llámese CIA o Demogorgon. Que prenden sus luces de invierno, como Joyce Byers (Winona Ryder, de regreso) y lloran junto a un teléfono carbonizado. Que saben cuándo romper con un hacha la pared.  

Bastaron 246 palabras, un estupendo casting de actores, una lúcida recuperación del imaginario ochentero—incluida la música—y el intro más elegante y minimalista del 2016 para que la obra de los Hermanos Duffer lograse, desde su primera temporada, la categoría de serie de culto. Larga vida a los monstruos interdimensionales.



Publicado originalmente en  FAHRENHEITº Magazine [09.11.2016]