Antes de los juicios de Salem, Nueva Inglaterra
registró una serie de eventos en sus archivos judiciales que marcaron el inicio
de aquella cacería. Durante esos años—de 1630 en adelante—, las historias sobre
brujas iban de boca en boca hasta lo más profundo del bosque, y luego volvían a
la comunidad, nutridas por nuevas y aberrantes imágenes. No era difícil que las
supersticiones fecundaran un clima de fanatismo religioso, culpa y miedo. Si a
eso añadimos la condición de extranjería que arrastraban los colonos europeos,
ya tenemos el cuadro completo. Una pintura de claroscuros amargos, una escena
de Goya—Saturno
devorando a sus hijos, El aquelarre—son
referencias convenientes. Cada diabólico gesto visual de La bruja (2015), opera prima de
Robert Eggers, condensa el terror a lo que no podemos ver, a lo que brilla en
la noche salvaje. Nunca un slogan tan sencillo—El mal adopta muchas
formas—describió mejor una trama seca, infame como el movimiento
espasmódico de una anciana bailando entre las rocas y el estiércol.
Escrito en inglés antiguo, el guión brilla con una
eficacia sobrecogedora. Los diálogos remiten lo mismo a una tragedia isabelina
que a los preciosos textos bíblicos—con alusiones al Libro de Job y al Salmo
23. La fe juega un papel fundamental en las decisiones de los personajes. De
tal manera, que el puritanismo exacerbado que el padre de familia (Ralph
Ineson) intenta transmitir a su enfermizo linaje termina por aislarlos y pudrir
sus relaciones. Irreparablemente. Una madre resentida por la desaparición de su
bebé recién nacido querrá culpar a Thomasin (Anya Taylor-Joy), su hija
adolescente, para descargar inmensas frustraciones. Y esa bola de sebo y sangre
irá creciendo como un tumor hasta volverse terriblemente incómoda. Un hermano
menor que despierta a los primeros deseos sexuales, Caleb (Harvey Scrimshaw),
encontrará en el bosque el remedio a sus instintos reprimidos. Y un par de
niños—Mercy y Jonas (Ellie Grainger + Lucas Dawson)—que rezuman perversión
freudiana nos enseñarán cómo hablarle sucio a las cabras.
En La Bruja, el ello lucha por
salir a la superficie. Y mientras más se niega su influjo, más poder acumula.
Otra interpretación plausible ya la ha formulado Jex Blackmore, portavoz del
Templo Satánico en Detroit, al decir que la historia es “una crítica a la
sociedad teológico-patriarcal y una representación justa de las tensiones que
transmite a una comunidad.” Ira, resentimiento, líbido y culpa:
Eggers sabe cómo atraer sin mostrarnos demasiado. Sabe qué fibras tensar en el
momento justo para afligir a los recelosos y a los incrédulos. Su método sobrio
y formal no ha pasado desapercibido. En el Festival de Sundance/2015, obtuvo el
premio como mejor director. Y no es para menos. Estamos ante una pieza
contenida, una delicada manzana melancólica que en el instante perfecto revela
su néctar venenoso. Uno muerde cuando ya no puede retroceder: Satanás es
demasiado atractivo para resistirnos a sus encantos. La última escena, tribal y
mística, tiene ya un sitio de honor en el jardín de las provocaciones
inolvidables. Prohibido cerrar los ojos.