mayo 03, 2016

el cine de bowie


 

asteriscoCinematográfico + Kino UADY te invitan al ciclo dedicado a David Bowie en Cairo Cinema Café (Calle 20 # 98A x 15 y 17, Colonia Itzimná), todos los martes a las 9 PM. Entrada libre




 
MAYO
[3] Ziggy Stardust: The Motion Picture
D. A. Pennebaker, 1973

[10] El hombre que cayó a la Tierra
Nicolas Roeg, 1974

[17] Cracked actor
Alan Yentob, 1974

[24] Feliz Navidad, Sr. Lawrence
Nagisa Oshima, 1983

[31] El ansia
Tony Scott, 1983

JUNIO
[7] David Bowie: Five years in the making of an icon
Francis Whately, 2013
*
David Bowie es la puerta que conduce a todas las puertas.
Manuel Alejandro Escoffié


mayo 01, 2016

zam zam_zumbidos en primera persona


CONEJOBELGA visitó la reciente muestra de MID51 en FrontGround.
  
El sábado que entras a ZAM ZAM chapter one, en lo que fue el LOBBY del Hotel TRINIDAD, se festeja el día del niño. En Mérida el calor ya es insoportable. Puede serlo más aun. Lo será en los próximos meses. Te saluda Victor Anduze, un chico del team MID51, para decirte que eres literalmente libre de deambular por las salas, a tu antojo y según tus propias reglas. No hay límites, no hay restricciones. Primero vas viendo sin querer encontrarle explicación a las cosas. A cada expresión en el enjambre de palabras del lobby, a cada zumbido de abeja africana que aletea detrás de tus orejas. Los andamios en medio de un follaje abultado semejan el set de una película del Santo, ese luchador icónico del cine mexicano. El cruce de la naturaleza con los materiales de un albañil hace volar tu imaginación. Al subir hacia la primera sala—a la derecha, a pocos pasos del recibidor—te vas a quedar observando largamente esas imágenes deconstruidas del territorio yucateco. Esa vista de águila tiene algo especial. Quizá nada más sea la organización de los fragmentos, la orfebrería del trazo. El calor sigue chorreando por tus poros como un ejército de hormigas. Eso, aquí en Mérida, es común.

Antes de entrar a FRONTGROUND / MANOLO RIVERO GALERÍA, antes de que el viaje como tal inicie, intercambias rápidamente algunas palabras con Victor, prometiéndole volver. Tras abrir la puerta negra de madera—indicio de un espacio por lo menos más viejo que tú—, una ráfaga de aire fresco te abofetea. La disposición de los objetos es impecable. Lo que allí verás tiene el sello de la casa. El común denominador de una línea de trabajo. La esencia de lo que Joan Duran suele llamar vitamina espiritual. Tomas cientos de fotografías como si fueras un turista casual. Recuerdas de paso a Minotauro, y sonríes. Y das vueltas como un león enjaulado, miras la sombra que proyectan los utensilios, te detienes frente a una pantalla que escupe fotografías segundo a segundo. A un costado, las sillas enumeradas que se han utilizado para las visitas escolares te guiñan un ojo. Son un homenaje a la disciplina, al trabajo en equipo y al espíritu geométrico. De hecho, una de ellas protagoniza el catálogo: una esbelta silla de aluminio multiusos. Para ver que JD es un workaholic que pasa 25 horas en la computadora, la referencia dio en el blanco.


ZAM ZAM sigue un leitmotiv, una mínima y obstinada luz que puede ser vista en la oscuridad. Por momentos tiene algo de landings, luego se desvía para emitir destellos de THE CONTAINER COLLECTION. Más tarde, al encontrarte varias piezas de Michael Gordon, junto a expresiones coloquiales de Belize—su país de origen—, entiendes que podrías formar parte de un mapa de ideas que se cruzan como los canales pluviales de las cartografías. Disolución de fronteras: mentales, geográficas, lingüísticas. Eso, aquí en Mérida, es extraordinario. Se vive en el siglo XXI con hábitos del XIX. El colonialismo mantiene a la sociedad atada de manos, en una lucha de clases que es un zumbido de moscas infinito. Los artistas están cada vez más inmersos en dinámicas de mercadotecnia, neoliberalismo y egolatría. Y, encima, las instituciones de cultura carecen de cultura y de institucionalidad. ¿Se han vuelto locos o qué les pasa?—recuerdas la voz de Joan a medianoche, unos días antes de la apertura, con el REC prendido de la grabadora. Nunca, ni siquiera en las dificultades más hostiles, se refirió a Yucatán como una región inhóspita. Únicamente dijo que lo difícil nos hace inteligentes.

La hurricane zone debería estar llena de genios.    

 


Imágenes: MID51


abril 29, 2016

la melancolía de las brujas

 

La opera prima de Robert Eggers 

remite al Goya más puro.


Antes de los juicios de Salem, Nueva Inglaterra registró una serie de eventos en sus archivos judiciales que marcaron el inicio de aquella cacería. Durante esos años—de 1630 en adelante—, las historias sobre brujas iban de boca en boca hasta lo más profundo del bosque, y luego volvían a la comunidad, nutridas por nuevas y aberrantes imágenes. No era difícil que las supersticiones fecundaran un clima de fanatismo religioso, culpa y miedo. Si a eso añadimos la condición de extranjería que arrastraban los colonos europeos, ya tenemos el cuadro completo. Una pintura de claroscuros amargos, una escena de Goya—Saturno devorando a sus hijos, El aquelarre—son referencias convenientes. Cada diabólico gesto visual de La bruja (2015), opera prima de Robert Eggers, condensa el terror a lo que no podemos ver, a lo que brilla en la noche salvaje. Nunca un slogan tan sencillo—El mal adopta muchas formas—describió mejor una trama seca, infame como el movimiento espasmódico de una anciana bailando entre las rocas y el estiércol.

Escrito en inglés antiguo, el guión brilla con una eficacia sobrecogedora. Los diálogos remiten lo mismo a una tragedia isabelina que a los preciosos textos bíblicos—con alusiones al Libro de Job y al Salmo 23. La fe juega un papel fundamental en las decisiones de los personajes. De tal manera, que el puritanismo exacerbado que el padre de familia (Ralph Ineson) intenta transmitir a su enfermizo linaje termina por aislarlos y pudrir sus relaciones. Irreparablemente. Una madre resentida por la desaparición de su bebé recién nacido querrá culpar a Thomasin (Anya Taylor-Joy), su hija adolescente, para descargar inmensas frustraciones. Y esa bola de sebo y sangre irá creciendo como un tumor hasta volverse terriblemente incómoda. Un hermano menor que despierta a los primeros deseos sexuales, Caleb (Harvey Scrimshaw), encontrará en el bosque el remedio a sus instintos reprimidos. Y un par de niños—Mercy y Jonas (Ellie Grainger + Lucas Dawson)—que rezuman perversión freudiana nos enseñarán cómo hablarle sucio a las cabras. 

En La Bruja, el ello lucha por salir a la superficie. Y mientras más se niega su influjo, más poder acumula. Otra interpretación plausible ya la ha formulado Jex Blackmore, portavoz del Templo Satánico en Detroit, al decir que la historia es “una crítica a la sociedad teológico-patriarcal y una representación justa de las tensiones que transmite a una comunidad.”  Ira, resentimiento, líbido y culpa:  Eggers sabe cómo atraer sin mostrarnos demasiado. Sabe qué fibras tensar en el momento justo para afligir a los recelosos y a los incrédulos. Su método sobrio y formal no ha pasado desapercibido. En el Festival de Sundance/2015, obtuvo el premio como mejor director. Y no es para menos. Estamos ante una pieza contenida, una delicada manzana melancólica que en el instante perfecto revela su néctar venenoso. Uno muerde cuando ya no puede retroceder: Satanás es demasiado atractivo para resistirnos a sus encantos. La última escena, tribal y mística, tiene ya un sitio de honor en el jardín de las provocaciones inolvidables. Prohibido cerrar los ojos.


 Dios, muéstrame tu luz.


The Witch
Robert Eggers
A24, 2015