CONEJOBELGA

04 octubre 2013

MONO: The Devil Inside


MoNo The Devil Inside


Esa época estaba llena de cosas inquietantes y de cosas irresponsables y de continuas cosas monstruosas. Montaigne escribe que es doloroso tener que detenerse en un lugar donde todo lo que alcanza nuestra vista nos afecta y conmueve.

Thomas Bernhard, El origen


Un contexto. No sé porqué entré a estudiar filosofía, y lo más raro fue que convencí a un amigo para que se inscribiera a la licenciatura. Un amigo de la preparatoria con quien solía compartir mucha música. Él me prestó el Homogenic de Björk y el Ágætis byrjun de Sigur Rós. Íbamos a una tienda en la colonia México, cuando salíamos de la escuela, y después de escucharlos me permitía copiar sus discos. Éramos grandes, pero pequeños. Mérida resultaba una ciudad con pocas opciones musicales. Ni siquiera existía Mix-Up y las bandas importantes jamás ponían un pie allí. De modo que nosotros íbamos a esa tienda y encargábamos discos. Él los encargaba y yo los oía. A veces robaba algunos. Conseguí cuatro de Tool: Lateralus, Ænima, Undertow y Opiate, y The Downward Spiral de Nine Inch Nails. Siempre fui muy selectivo. 

Así empecé a escuchar post rock y a interesarme por el silencio como forma expresiva. Era la época de Beckett, Pessoa & Compañía, Cioran y varios otros ídolos que conformaban una pléyade de amigos imaginarios. En ese tiempo casi todos mis amigos eran imaginarios, excepto el cuate con el que compartía música. Recuerdo que sosteníamos largos debates sobre la superioridad de ciertos álbumes con respecto a otros. Si era mejor el OK Computer o el Kid A de Radiohead. Extrañas discusiones bizantinas que nos hacían más ligera la tortura académica y el trato con perversos profesores de formación escolástica.

Y allí estaba MONO, disponible cuando prefería quedarme en casa leyendo algo más útil que las cinco pruebas de la existencia de Dios según Santo Tomás o los trascendentales de Aristóteles. Yo prefería el ruido y la estridencia, la locura, el desorden, las bajas pasiones, el desasosiego. A dos años de haberme decidido por la filosofía, estaba a punto de arrojar mis fotocopias. Porque casi nunca llevábamos libros, además. Nuestra formación fue eminentemente postmoderna. De los cinco días a la semana, faltaba dos, muy bien aprovechados. Fumaba mucho, nunca me iba mal en los exámenes, y me gustaba retar la autoridad de los maestros demostrándoles que no era necesario ir al aula para aprobar ninguna materia. En una clase de Estética, ante el asombro de las Hermanas Foca —dos señoras gordas pequeñoburguesas de 50 años— les llevé Ný batterí una tarde. Y oímos ruido.

Es difícil moldear el caos. El ruido y el silencio, los crescendos, las disonancias. Componer a partir de la destrucción. MONO sabe hacer eso, sus integrantes han cultivado un alto nivel de exigencia de un disco al siguiente. Mantienen su propio combate sonoro en los márgenes de la medianía generalizada. Pero vayamos por partes, como dice mi papá. Primero está la BELLEZA. La capacidad de estos japoneses para componer melodías de largo alcance, con momentos de calma minimalista y explosiones acústicas, resulta admirable. La mejor prueba de ello —me pongo argumentativo— es el segundo de sus discos, One Step More and You Die (2002). La segunda rola, Com(?), te deja noqueado. Es durísima, un combate cuerpo a cuerpo con Hilary Swank en Million Dollar Baby.  Y si quieres sentirte acariciado, escucha SabbathA Speeding Car.  

Dato duro: John Zorn les produjo su primera grabación en estudio, Under the Pipal Tree (2002), un álbum debut que define perfectamente su estilo. Pon atención a Jackie Says, Op Beach y L'America, temas idóneos para funerales, escenas marítimas y despedidas en estaciones de autobuses. MONO es la banda perfecta para personas borderline, a medio camino entre la neurosis y la psicosis, como Sarah Kane. ¡Abandonad toda esperanza, viajeros! Los muros de sonido creados por estos cuatro japoneses forjan una densidad texturizada en la que incluso es posible dibujar secuencias cinemáticas, imágenes oníricas, fotografías. Walking Cloud and Deep Red Sky, Flag Fluttered and the Sun Shined (2004), su tercer trabajo, recrea el sonido del mar, su misteriosa y salvaje hipnosis.
Sobresalen los tres primeros temas —16:12, Mere Your Pathetique Light y Halcyon (Beautiful Days)— y la extensa/intensa Lost Snow. La eufonía que se alcanza entre ola y ola permite que uno se abandone al monstruo de agua que emerge de nuestro subconsciente. Inusuales momentos perfectos. Como cuando Shinji Ikari, de Evangelion, mira el océano púrpura después de una batalla. MONO presenta su cuarta grabación, You Are There (2006), dispuesto a seguir conformando horizontes ominosos. Tanto éste como su tercer trabajo han sido producidos por Steve Albini y la cosa no para ahí: ese mismo año los japoneses graban con World's End Girlfriend otro prodigio, el Palmless Prayer/Mass Murder Refrain (2006), una impresionante elegía instrumental que consta de cinco movimientos. En este punto de la tormenta vale la pena detenerse, hacer una pausa e ir por un sándwich.
Tal vez un símil entre MONO y Thomas Bernhard sea válido. Lo mismo que Mono en las atmósferas progresivas, el escritor austriaco es un maestro de las cascadas verbales, capaz de sostener su propia voz a través de un chorro ininterrumpido de memoria, tristeza, rabia e introspección. Bernhard tenía un excelente oído musical, y en algún momento quiso ser pianista, pero no contaba con el suficiente genio para ello, de modo que decidió volverse escritor, en la medida en que admiraba a su abuelo, y por amor a él no se mató en la infancia. Animado por esta correspondencia, diré que la misma intensidad en la lectura de Bernhard —Tala, por ejemplo— se manifiesta durante la audición de los nipones. Cualquier disco, cualquier libro de ellos nos arrastra. Cualquier gesto nos conmueve satánicamente. El dramatismo es una catarsis irracionalista y reparadora.  

Egresé de la carrera de filosofía decepcionado. Permanecí varios meses en un impasse hasta que decidí enamorarme sin ser correspondido, trabajar en un periódico izquierdista, renunciar a los seis meses y charlar con un psicólogo seriamente. Recuerdo que en esa época guardaba mis tickets de las citas en un libro de Mario Bellatin. Seguí escuchando post-rock, seguí escribiendo y seguí con la idea fija de publicar en los próximos años. Por esas fechas, los asiáticos grabaron su segundo EP, Memorie dal Futuro (2006), y yo me iba hasta la Gran Plaza a visitar a una chica que más tarde se volvería artista visual. Mi amigo embarazó a una mujercita que después de un tiempo se convirtió en Testigo de Jehová o mormona, la memoria me falla. Su hija se llama Verandi en honor a un B-Side de Björk incluido en su primer single del Vespertine, Hidden Place. Lo juro.

Los últimos dos discos de MONO, Hymn to the Immortal Wind (2009) y For My Parents (2012) incluyen más arreglos orquestales, un tratamiento sinfónico y secuencias tipo Tchaikovsky en clave shoegaze. De hecho, basta oír un par de cositas, digamos The Battle To Heaven o Nostalgia, para recordar de donde venimos y a dónde vamos. Siempre creí que este grupo hacía música intrauterina, despiadada y majestuosa. El temperamento es decisivo en nuestras afinidades electivas. El mood de las películas europeas, tan virulento a veces, y su rudeza (Haneke, los hermanos Dardenne, Ulrich Seidl) asustan. MONO también deja heridas crónicas. Quienes puedan con eso, adelante. La vida dura un relámpago.
 
–Christian Núñez

 Publicado originalmente en Origama [15.03.2013]