CONEJOBELGA

22 mayo 2014

Constelaciones insanas



 
Constelaciones insanas
 
El 5 de marzo de 2014 fue un día oscuro. El poeta español Leopoldo María Panero falleció en el hospital psiquiátrico Rey Juan Carlos I de las Palmas de Gran Canaria. La noticia fue confirmada por su editorial, Huerga y Fierro. Un poeta transgresor, por decir lo menos. Morton Schatzman plantea en El asesinato del alma, ensayo centrado en la figura de Daniel Paul Schreber y su padre, que antes de su estudio los investigadores solían tratar a los esquizofrénicos omitiendo el contexto social. «Sin embargo, si conocieran en profundidad a las personas que componen las familias de dicha gente, podrían encontrarlas no menos desconcertantes que la llamada criatura psicótica.»

El médico norteamericano explica que concurren modelos de sucesos que se repiten reiteradamente durante la enfermedad; en el caso de Schreber, vinculados a su infancia y a los métodos pedagógicos brutales a los que era sometido junto con su hermano, Daniel Gustav, quien terminó suicidándose. Las memorias de un enfermo de nervios no sólo son un testimonio de su padecimiento, sino una representación simbólica para exorcizar la demencia de su entorno. Locura suministrada en gran parte por su padre, el respetable Dr. Daniel Gottlieb Moritz Schreber. Y lo mismo podemos decir de Leopoldo María Panero, su entorno familiar, su locura y su obra poética. Se trata de constelaciones insanas.

El retrato completo de la familia Panero, de padre poeta vinculado al franquismo y madre escritora bajo su sombra, queda cristalizado amargamente en un par de documentales: El desencanto (1976), de Jaime Chavarri, y Después de tantos años (1994), de Ricardo Franco. Y, claro está, en la vasta obra del escritor madrileño, que no escatima en imágenes obscenas. La poesía de Panero es un hoyo por donde caen el hombre, el mundo y la literatura. Alrededor miran desconcertados los huérfanos, las princesas y los dementes, los niños que abandonan el hogar en triciclos, los intelectuales que se alimentan de palabras podridas. El peor universo posible merece una sintaxis fragmentada, un ojo en forma de huevo, un cuchillo.

Panero sigue las reglas de Lautréamont cuando afirmaba: «Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura.» La escatología, el delirio y la degeneración sexual articulan secuencias de un poderoso magnetismo, cercanas a las de Bataille y Artaud, y con un humor descarnado que podría emparentarse al de Álex de la Iglesia. La vertiente patológica del surrealismo —si existiera algo así— se define contraponiéndose al estado totalitario, la figura del Padre, la represión sexual y a cualquier sistema que atente contra el individuo. El artista moderno ejemplar es un traficante de locura: Susan Sontag.

No obstante, sigue siendo habitual que aún hoy se practique una apología de la escritura con guantes, de ritmo refinado y metáforas imbéciles. Academicista, en el mejor de los casos. Basta con dirigir la mirada hacia los colectivos de escritores, luchando por becas y premios que muchas veces no aportan ningún producto intelectual admirable, para sentir vértigo. Aquí tenemos otro tipo de constelaciones insanas, afincadas en el poder como un tumor. Esto no representaría una molestia si los autores se limitaran a romper sus escritos. Pero no lo hacen, y nos mantenemos en lucha perpetua por vigilar el fuego de los dioses —ya casi invisible; una flamita azul, por cierto. Hoy, sin embargo, a falta de insultos, bostezaré.

–Christian Núñez

EL CIRCO
Leopoldo María Panero
 
Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma. Mi
hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.

Publicado originalmente en Origama [01.04.2014]