agosto 06, 2016

el fenómeno ghibli


Los años pasan, y Studio Ghibli sigue cautivando nuevas audiencias.

Las imágenes introductorias de Nausicaä del Valle del Viento (1984) y los créditos finales de Se levanta el viento (2013) pertenecen al paraíso perdido que Hayao Miyazaki construyó a lo largo de casi tres décadas. El primer largometraje detonó la apertura de Studio Ghibli; el segundo anunció el retiro del director japonés. El resto es historia. O más bien, una veintena de historias que iluminan el inconsciente colectivo y siguen cautivando nuevas audiencias. Miyazaki-san e Isao Takahata—autor de La tumba de las luciérnagas (1988), un áspero drama bélico—crearon un biombo de fantasías nostálgicas, donde las niñas tienen roles centrales y los paisajes surrealistas alimentan vuelos entre nubes. Un catálogo de asombros que ocultan reflexiones sobre la condición humana, el ciclo de la vida y la riqueza de nuestro mundo interior. 
Lo mismo que Nintendo con la saga de Zelda, Miyazaki introduce en sus animaciones algunos temas recurrentes y valores tradicionales del budismo y el sintoísmo. En obras como El castillo en el cielo (1986), Mi vecino Totoro (1988), La princesa Mononoke (1997) y El viaje de Chihiro (2001) la posibilidad de la fantasía es ilimitada, el mundo espiritual se hace visible a las personas de corazón transparente y el respeto a la naturaleza adquiere un carácter sagrado. Los chicos de Miyazaki mantienen su integridad en todo momento; son intuitivos y empáticos, y suelen ver más allá de sus narices. En El castillo en el cielo (1986), Sheeta le pide a Pazu: Ayúdame a reavivar la luz, en su intento por recuperar un pasado radiante. Algo similar ocurre cuando Jiro recibe las visitas de Caproni, quien lo anima a perfeccionar sus bocetos de aviones, a pesar de que serán destruidos en combates aéreos. 
El influjo de Miyazaki se manifiesta en íconos del anime como Hideaki Anno, quien trabajó en Ghibli durante la realización de Nausicaä y La tumba de las luciérnagas. El creador de Evangelion, quien da voz a Jiro en el audio original de Se levanta el viento, es un antiguo colega del maestro japonés. El documental The Kingdom of Dreams and Madness (2013), de Mami Sunada, registra las relaciones laborales, los ondulantes procesos creativos y la afición de Miyazaki por el tabaco. Un material conveniente para entender el Fenómeno Ghibli en su justa dimensión.



Los adultos no deberían imponer su visión del mundo en los niños.

Hayao Miyazaki

Publicado originalmente en  FAHRENHEITº Magazine [04.08.2016]


las musas hermafroditas



Esta es la historia de Calíope, un personaje intersexual de vocación homérica.

Musas, ¿están ahí? Respondan por favor. En Middlesex, Jeffrey Eugenides (Estados Unidos, 1960) ensambla varios conceptos como un puzzle narrativo. De entrada, el gancho para un lector curioso es la condición hermafrodita de la protagonista, Calíope Helen Stephanides, quien vive como niña hasta la adolescencia y luego se convierte en Cal a secas. «Nací dos veces: Fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974. (…) Como Tiresias, primero fui una cosa y luego otra.»

Ya que la literatura no abunda en personajes de esta naturaleza—el Orlando de Virginia Woolf; el citado Tiresias de Las metamorfosis de Ovidio; Herculine Barbin, que en sentido estricto no es un personaje sino un caso clínico analizado por Michel Foucault—, la odisea de Cal trata sobre un hermafrodita de carne y hueso, menos metáfora y más realidad. Y así, lo que unos llaman incesto, pero otros le dicen familia endogámica, es el detonante para una historia de magnitud épica, que no escatima en referencias a Minotauro y Quimera, aterriza en la Detroit de Henry Ford, viaja después a Berlín y le rinde homenaje a Fankz Kafka.

Desde el plano narrativo, el autor resuelve las dificultades técnicas adoptando una voz omnisciente, que se pasea por los jardines del espacio/tiempo para contar sus orígenes mundanos. Sin embargo, la aventura no solo es de carácter épico, sino genético, histórico y generacional. Es al mismo tiempo una novela de iniciación, una saga familiar con ecos a Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, y un bestseller que obtuvo el Pulitzer en 2003. Eugenides se propuso crear la ambiciosa gran novela americana y, de paso, describir fielmente las emociones y anatomía de un personaje intersexual.

«Se trata de un libro que, al igual que su narrador hermafrodita, fue escrito para ser un híbrido—explica el autor de Las vírgenes suicidas. Es en parte una epopeya en tercera persona, pero también un relato sobre la llegada a la edad-de-la-razón narrada en primera persona. Quise que Middlesex fuese un tipo de novela genómica. No obstante, quise hacer esto sin perjudicar el relato ni ser demasiado modernista o posmodernista. No quería que este tipo de preocupaciones, en suma académicas, pasaran a ser el relato: quería que apenas lo sustentaran.» Como sea, estamos ante un título más que recomendable. ¿O no, Musas?



Nací dos veces.

Middlesex (2003), Jeffrey Eugenides. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona.

Publicado originalmente en  FAHRENHEITº Magazine [03.08.2016]

 


breve historia del tritono


¿Cuál es el origen de la expresión 

"El diablo en la música"?


Técnicamente, el tritono es el intervalo formado entre el cuarto y el séptimo grado de una tonalidad. En  Nynphomaniac, Seligman le explica a Joe que “el intervalo entre mi y fa es un tritono, el intervalo del diablo. Su uso fue prohibido en la Edad Media.” Guido de Arezzo, teórico musical benedictino que vivió entre los siglos X y XI, censuró el uso del tritono por considerarlo perverso y disonante. Arezzo fue precursor de la notación musical moderna. A partir del  Himno a San Juan Bautista (Ut queant laxis), crea una escala de seis sonidos—conocida como hexacordo—para evitar el séptimo acorde. Sin duda, una treta inteligente.  

El tritono resultaba demasiado imperfecto para una época donde la música, además de servir a fines religiosos, se inspiraba en nociones filosóficas de armonía y proporción. De hecho, en un principio se lo asoció con la  Santísima Trinidad, pero su vibración disonante era tan incómoda que atraía supersticiones. Y estaba también ese asunto de los números. Si hacemos cuentas, los tres tonos completos incluyen seis semitonos, y la relación de este dígito con la  Bestia  se remonta al Apocalipsis.  El tritono era una invitación al caos, una burla contra el dogma. No tenía cabida en un contexto pretendidamente espiritual.

Con el paso del tiempo, el acorde maldito respiró un poco mejor. Durante el barroco se implementó para generar tensión transitoria. Bach  lo aprovecha en su célebre  Tocata y fuga en re menor  (c. 1703-1707), por ejemplo. Véase la ironía: Bach interpretando en el órgano de la iglesia de San Bonifacio, ante el asombro de los monjes, un tema plagado de tritonos. El diablo en la música era real. Otros autores que lo destinan a recrear atmósferas o estados emocionales son  Franz Liszt  en su  Sonata a Dante  (1849), Camille Saint-Saënz  con la  Danza macabra  (1874) y  Sergei Prokofiev  en su inspirada  Sugestión diabólica  (1908).

Géneros populares como el blues, el jazz y el rock & roll le devolvieron a este siniestro pero muy noble recurso la gloria que merecía. Ya en pleno siglo XX, bandas como  Black Sabbath  lo reivindican en riffs  y solos de guitarra. La anécdota es más que elocuente: Tommy Iommi, su guitarrista, perdió la punta de los dedos corazón y anular de la mano derecha en un accidente de trabajo. Una pesada prensa metálica le cayó encima. Este contratiempo lo obligó a colocarse un par de prótesis y afinar su guitarra en do sostenido. Así nació el heavy metal.  Y todo por culpa del diablo.



Evil woman, don't you play your games with me. 

Publicado originalmente en  FAHRENHEITº Magazine [02.08.2016]