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23 diciembre 2012

MANUEL IRIS: el amor es un eufemismo




 MANUEL IRIS: el amor es un eufemismo


[Mérida, Yucatán, 09.08.2010]

Para realizar esta entrevista localicé a Manuel Iris (México, 1983) por el Facebook y le propuse la idea. Él aceptó sin saber qué preguntas le haría, y yo tampoco estaba seguro de qué me iba a responder. Fue un doble ciego, y el experimento funcionó. Actualmente Iris cursa un doctorado en Lenguas Romances con especialidad en poesía hispanoamericana en la Universidad de Cincinnati y ha publicado los libros Versos robados y otros juegos (PACMYC-CONACULTA 2004, UADY, 2006), y Cuaderno de los sueños (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009). Fue becario del programa CONACULTA-PACMYC (2002-2003) y de la fundación Charles Phelps Taft (2009). Como colofón, al final de la entrevista se incluyen varios textos de su segundo libro. De amor, por supuesto.

  
CHRISTIAN NÚÑEZ (CN): Manuel, ¿cómo reconoces un buen poema? 
MANUEL IRIS (MI): Tiene que ver con muchas cosas dentro y fuera de lo explicable. Lo interno, lo explicable, es propiamente la capacidad que tiene el poeta de crear un objeto coherente consigo mismo: que la forma y el fondo se correspondan. Que la forma signifique, que el significado modele. Lo otro, lo inexplicable es una suerte de pulsación telúrica. El poema, antes que decir, hace sentir algo, aunque ese algo no sea siempre traducible en palabras.

Luego de dedicar su vida a esto, uno desarrolla cierto olfato (por supuesto dependiente de su gusto, de su historia de vida y lecturas) que lo encaminan a unos textos, y no a otros. Yo creo, al contrario de muchos poetas políticamente correctos, que no todo es poesía, y que no todos pueden escribirla.

CN: ¿Por qué los poetas amorosos usan tantos eufemismos?
MI: Hay poetas que usan eufemismos y poetas que no. Tal vez tenga que ver con lo amoroso, pero creo que depende más del tono personal del poeta. Me parece interesante que un artista como tú, de claro talante vanguardista, llame eufemismos a esas formas de cierta poesía amorosa. Habla, más que de eso, de la manera en que la lees. Visto así, efectivamente se usan eufemismos porque lo que se pretende no es narrar el amor, cosa imposible, sino ponerlo en palabras, y el amor no es una serie de actos, de sucesos, sino eso inexplicable que les da, aunque también huidiza, unidad. Los poetas a los que te refieres no pretenden describir ni mostrar, de allí lo que tú llamas eufemismo.

CN: Entre Playboy y Barely legal, ¿cuál te gusta más?
MI: [Risas] Antes me has dicho que esta pregunta va encaminada a saber si soy un poeta softcore o hardcore, porque has visto en mis textos diferentes grados de explicitud sobre el acto amoroso. Cosa que me sorprende: no pienso en mí como un poeta de lo sensual. Te diré, respecto de lo que has preguntado, que son procesos diferentes la vida y la escritura: uno asiste a Playboy o a Barely Legal dependiendo de lo que en ese momento quiere o necesita (te contesto: me inclinaría por la segunda opción) pero en poesía uno no hace lo que necesita ni lo que quiere, sino lo que el poema pide. Así, si el poema necesita más explicitud mi voz la adoptará. Si no, sencillamente no acudirá a esos tonos. Fuera del poema, elijo yo. Dentro, mi voluntad es de servicio.

CN: ¿Son tan claros los límites entre lo erótico y lo pornográfico?
MI: Yo creo que sí, pero que no debe verse esto sino como dos extremos de un abanico de tonos y posibilidades. Aunque no recurro a ese discurso, aunque no me interesa, creo que un poema no es malo por pornográfico, sino por mal escrito. En lo particular, a pesar de que tengo preferencias temáticas que has notado, como el amor o la belleza, el tema de un poema me tiene sin cuidado. Nada, salvo su forma, garantiza que el poema valdrá la pena.

CN: ¿A qué personaje de la literatura te gustaría desnudar?
MI: A Lesbia siendo Catulo, y a Remedios la Bella siendo Manuel Iris.

CN: ¿Existe la inspiración o el trabajo literario es 100% técnico?
MI: Hace poco leía un libro de entrevistas en que preguntaban casi lo mismo (¿el poeta nace o se hace?) a varios poetas. Me quedo con la opinión de dos: Bonifaz, de talante horaciano, dijo que el poeta se hace. Chumacero, con quien estoy completamente de acuerdo, dijo que el poeta nace y se hace.  Es evidente que un poeta sin eso que Lorca llamaba “duende” podrá ser un gran versificador, y ya. Del mismo modo, es evidente que un poeta talentosísimo que no conoce su oficio será para siempre una promesa. Existen ambas cosas, y ambas son fundamentales. Una de ellas, la técnica, puede ganarse. La otra puede descubrirse y afinarse, pero se tiene o no. Por ambos motivos no todo mundo puede hacer poesía, como no todo mundo puede ser carpintero, contador, gimnasta o violinista.

CN: ¿Cómo influye la preparación académica en tu propuesta literaria?
MI: De muchas maneras. Una de las más esenciales tiene que ver con que la academia me da la posibilidad de pensar siempre en literatura, discutir con gente que sabe mucho del asunto, conocer lectores profundos y entrenados. Además, y es quizá lo que ahora más valoro, me brinda la oportunidad de escribir en paz, porque no vivo de lo que escribo, ni lo pretendo. Me gano el pan enseñando y estudiando, cosas que me gustan mucho, y por ello no tengo la necesidad real de andar publicando siempre, escribiendo siempre, buscando siempre una beca. Aclaro: estoy dispuesto a hacer todo lo anterior. No estoy dispuesto, sin embargo, a que sea eso lo que dicte mi obra ni su ritmo de producción. La academia me deja escribir poco, lentamente y en paz. No he visto una forma de vida que se ajuste más bellamente a lo que quiero hacer, al ritmo con que lo hago.

CN: ¿Qué tal te ha ido en la Universidad de Cincinnati?
MI: Esta universidad me ha dado muchas cosas. Una de ellas es la posibilidad de convivir con escritores y poetas mayores. Como es sabido, la Universidad de Cincinnati está llena de creadores literarios, nuevos y consagrados. Ha sido aquí que, por ejemplo, he empezado un proceso de apertura de mis lecturas, para empezar a pensar en mí como un poeta latinoamericano o iberoamericano, y no solamente un poeta mexicano. Aquí he convivido, cercanamente, con gente como Armando Romero, poeta colombiano relacionado con la vanguardia Nadaísta, verdadero poeta mayor que es además una suerte de Virgilio para mí y para varios poetas colegas míos. Además ha estado Pedro Lasta, poeta delicado y erudito fundamental en Chile y Latinoamérica, Arturo Gutiérrez Plaza, poeta venezolano de tono harto distinto al mío, que terminó por contagiarme algo de su voz, el brasileño Floriano Martins, surrealista confeso que ejemplifica el orden de lo variable. Fundamentales, en estos años, han sido profesores como Carlos Gutiérrez, quien es también cuentista e hizo nada menos que explicarme, apasionado, a Góngora y Cervantes. María Paz Moreno, poeta y profesora que me ayudó a ver con nuevos ojos la poesía actual española. Enrique Giordano, quien extendió en mí los alcances filosóficos de la literatura fantástica, y Nicasio Urbina, experto en Darío y Sábato, también escritor creativo, que ha señalado para mí Centroamérica, una región que yo desconocía completamente en su literatura actual. No acaba aquí mi lista de encuentros, pero no la continúo por no extenderme demasiado.

Además, lo obvio: estoy fuera de mi país y de mi lengua. Hablo con jóvenes poetas en lengua inglesa frecuentemente, y escucho lo distinto de su voz y su tradición poética. Me reconozco por negación. En general, la experiencia en Cincinnati es una de las mejores que he tenido.

CN: ¿Desde qué edad escribes?
MI: Me propuse escribir, seriamente, en los últimos años de la preparatoria. Esto es, los 16 o 17 años. Como es de suponer, esos textos objetivamente no valen la pena más que como registro arqueológico, como curiosidad. Son muy malos. Por suerte están perdidos.

CN: Versos robados y otros juegos es un proyecto que emplea música infantil y literatura. ¿Cómo surgió la idea de hacer algo interdisciplinario?
MI: La idea no era esa. La idea era hacer un libro de poesía que rescatase la oralidad infantil. Escrito el libro, un grupo de amigos, ahora hermanos entrañables —los menciono porque debo hacerlo: Raúl Diego Rivera Hernández, Juan Darío Cruz Romero y Denis Pech— se dieron cuenta de los poemas eran cantables, y que acompañados de su versión musicalizada el libro se convertía en proyecto cultural. Probamos y la cosa tuvo un éxito inesperado. La etapa de versos robados es, para todos los que la vivimos, un recuerdo muy bello al que acudir.

CN: ¿Crees que hubo un salto cualitativo entre tu primer libro y el segundo?
MI: Por supuesto. Pero también hubo un cambio de intenciones. En Versos robados me interesa la poesía como canción y como voz popular. Luego, en el Cuaderno de los sueños la contemplo como manera de aprehender la realidad, como manera de indagación que se contempla a sí misma. El tono de ambos libros es distinto porque yo mismo soy distinto en ambos momentos, y porque tengo intenciones y capacidades diferentes. Los 5 años que separan la escritura de ambos textos fueron de constante cambio.

CN: ¿Qué importancia le concedes a los reconocimientos oficiales?
MI: Hacen visible un trabajo. Pero esto tiene siempre doble filo: los malos libros, los malos poetas llenos de premios, terminan no solamente por desprestigiarse, sino por desprestigiar el premio que se han ganado. El poeta da prestigio al premio, y no al revés. Del mismo modo el poema da prestigio al poeta que, por otro lado, no escribe para ganar prestigio, sino para apagar o avivar un misterio interior.

CN: En Cuaderno de los sueños citas a varios autores: Rilke, Bonifaz Nuño, Gilberto Owen, Salvador Elizondo. ¿Cómo han influido en tu discurso poético?
MI: Más que citarlos, los uso como punto de partida porque han dicho de modo inmejorable cosas que yo también sentí. Son maestros, sombras tutelares pero jamás metas, puntos de llegada: no busco hacer imitación de ninguno y en muchas ocasiones estoy en franco desacuerdo con lo que algún poema suyo expresa. Para decirlo simple: es con ellos, y con otros como Catulo —aunque con éste no utilizo la obviedad del epígrafe o la mención— con quienes me ha interesado dialogar en este libro.

Han influido de diversas maneras, conscientes e inconscientes. Algunos en el sonido, otros en la idea, otros haciéndome leer a otros poetas. Además, la búsqueda ha sido consciente y premeditada: yo los busqué y convoqué para este libro.

CN: La obra en cuestión es también un ejercicio de metaliteratura. La primera parte se desarrolla en tiempo real mientras la leemos, y los personajes renuncian a ser ficticios. Háblanos de esto.
MI: La intención del libro era, en un principio, decir una cosa y su contrario con la misma propiedad poética. Un ejercicio de escritura que después creció y dominó la página. Así, la metaliteratura fue la manera que mejor encontré (aunque yo no la encontré, sino Elizondo en su Hipogeo secreto, libro al que el mío debe mucho, y que yo no hubiera leído sin la recomendación de mi novia) para lograr ese cometido. El libro apunta hacia muchos lugares y creo que da cuenta de ese momento de mi exploración en la poesía. He dicho antes, no sé dónde, que he abandonado la metaliteratura definitivamente. Ahora fue necesaria. La confrontación del Ángel y de Inés, del personaje Manuel Iris y su voz poética, fueron el medio para hablar de la belleza, la voluntad, el amor y la propia poesía.  

CN: ¿Qué representa la figura del Ángel?  
MI: La perfección, la insoportable belleza absoluta. Ahora bien: yo no creo en la perfección. El Ángel en mi libro está destinado a hacerse carne, a negarse a sí mismo y llamarse Inés. A salir del libro. Creo que la poesía no funda las cosas sino las revela, y prefiero siempre besar a una mujer que leer un poema que hable sobre un beso. El Ángel es, en mi libro, un Ángel que se niega, que no quiere ser el de Rilke ni el de Bonifaz. Quiere ser de carne y quiere hablar, no tolera estar allí, silente.

CN: ¿Cuáles son tus autores-fetiche del Siglo de Oro?
MI: He dicho más de una vez, entre bromas y veras, que luego de Garcilaso la poesía ha venido en picada, pero que la cima era tan alta que hay todavía cumbres que conquistar. Cerca de ese Olimpo están Quevedo, Góngora y Sor Juana. Recientemente, algún soneto de Villamediana me ha hecho detenerme.

CN: ¿Te interesan otras disciplinas?
MI: Mucho, me interesa la música, por ejemplo, y las artes visuales. Pero me interesan como espectador, las uso para mi poesía. No las practico porque, aunque medianamente buen lector-escucha-espectador, carezco de esos talentos.

CN: ¿Qué piensas de la autogestión cultural?
MI: La apoyo enteramente. Es necesaria y sin ella eso que tú y yo en este momento llamamos “cultura” se anquilosaría sin remedio alguno. Ser autogestivo es un derecho. Nada veo de malo, y mucho de loable, en ejercerlo.

CN: ¿Y de las mafias literarias?
MI: Creo que es imposible erradicarlas pero en realidad, me molestan infinitamente más las mafias no-literarias. Es decir: un grupo de personas acaparando espacios, becas, publicaciones, etc., pero con terrible poesía. No tolero la mala literatura que sobreabunda en mafiecillas menores y mayores, encaminadas no a lo literario sino a lo económico y lo mediático. Me molesta que se llene todo de basura. Digo esto porque mafias fueron todos los grupos literarios importantes que ahora recordamos, en México y fuera. Pero quienes valen la pena de esos grupos, antes que mafiosos fueron escritores, realmente escritores, no publicadores. No es lo mismo un pleito ente Lezama y Piñera, o la mafia que fue la generación de medio siglo en México, o el Boom, que un pleito de poetastros menores en cualquier revista sin importancia o con ella. Lo primero genera literatura, lo otro solamente la alude, y mal. Las mafias literarias son un resultado de nuestra vida cultural. Un mal que debe combatirse buscando trabajar fuera del sitio en que se está cómodo, y pensando siempre en escribir, no en figurar. Por ejemplo, he visto muchas veces gente sin obra alguna que valiera la pena llamándose escritor y quejarse de que por la mafia “es imposible publicar”. Este pleito con la mafia señala, muchísimas veces, no las ganas de escribir, sino de figurar, por parte de quien se queja.

Como dije antes, yo vivo de la academia y gracias a ello y a que radico actualmente en Estados Unidos, puedo andarme con alguna libertad entre mafia y mafia. No dependo de ninguna, no quiero hacerlo. Tengo muchísimos amigos en el ambiente cultural de varios sitios, pero no les debo ningún favor.

CN: En general, ¿qué vigencia tiene la poesía en el siglo XXI?
MI: La que tiene en cualquier época: la poesía nos acerca a nosotros mismos. Su mecanismo y su materia prima se han hecho más complejos, pero sigue siendo poesía y sigue siendo necesaria. Es mentira que se lea menos poesía ahora, que la gente busque menos el silencio del poema. Basta ver la cantidad de Blogs y páginas de internet que se dedican a ello: la hemos llevado con nosotros. Creo que somos, en el siglo XXI, seres que tienen hambre y sufren y aman y odian como los de otros siglos. No puedo, no quiero creer que somos hoy esencialmente distintos a otros humanos. Me siento parte de la humanidad, desde su inicio. Pienso que la poesía es vigente porque es vigente la naturaleza humana. Porque hace falta decir algunas cosas precisamente así. Más que vigente, la poesía es necesaria. 


De Cuaderno de los sueños

Oh Mía, la primera,
me han apresado tus pequeños ojos. A mí,
que he sido inmune a las demás delicias,
y desde entonces ha cedido mi arrogancia
bajo el peso de tus pies…

                                         No. Todo esto ya fue dicho.
                    
Prefiero entonces ubicarme
frente a mi escritorio
para palpar esta escritura que se abre
como un par de muslos / estos versos
cuyas letras junto con la manos
hasta volverlas un hermoso cúmulo
que se parece a un pubis / a un calor
que no me ha dado la poesía / ese lugar
en que me hundo  de placer
a deletrear
la perla de tu forma.
***


Ella es de letras, con mi nombre y todo. No tiene piel ni aroma porque no es real, y yo no tengo praderas ni florestas: no soy literatura.  Yo soy de manos, cuello, nalgas. De hambre y de sexo.

Dame la mano, esa con que escribes, y ponla aquí. ¿No sientes que palpito?                                      

                                                                                               Hagamos el amor.  
***


Escribo un libro de diversas voces y se lo muestro a Inés, una tarde con viento. El manuscrito se titula Cuaderno de los sueños y resulta ser, por un azar o voluntad que no comprendo, el mismo Cuaderno de los sueños firmado por Manuel Iris que ahora el lector inútilmente descifra, lo cual confirma mis sospechas. Inés está muy seria, silenciosa. Se ha dado cuenta de que estamos en un libro que es un sueño que otro ser soñado lee haciendo todo aparentemente más real, por las hojas impresas. Me mira y dice cosas tres páginas atrás. La dejo hablar y observo su cabello, sus pies que amo y la imagino desnuda, recostada.

Dejo la pluma. Salgo de mi estudio por un vaso con agua. Al caminar por nuestra habitación abro la puerta: duerme con un seno fuera de la sábana. En el estudio, sobre el escritorio descansa como un gato el Cuaderno de los sueños, que ahora corrijo y que también ahora tiene enfrente el lector. Sigo escribiendo y afuera suena el aire, las hojas arrastradas.


[Foto: Cortesía Pascual Borzelli Iglesias]