CONEJOBELGA

10 noviembre 2013

Beckett por dos



 Beckett por dos
 
Estrenada en 1961, Los días felices retrata la vida de Winnie y Willie, una pareja de cincuentones atrapados en un mundo cruel, aparentemente vacío y estéril, esperando el paso del tiempo. Colectivo Escénico El Sótano + Síndrome Belacqua presentan esta pieza teatral de Samuel Beckett durante el mes de noviembre en la ciudad de Mérida: una excelente oportunidad para acercarse al universo del autor irlandés mediante dos ópticas distintas. Sus respectivos directores, Bryant Caballero y Ulises Vargas, respondieron nueve preguntas, que a continuación reproducimos. –Christian Núñez
 
¿Cómo surge la idea de trabajar sobre una misma pieza con dos versiones distintas?
Bryant Caballero (BC): Surge como una inusual coincidencia. Por motivos distintos y de manera aislada, ambos directores tuvimos la iniciativa de montar Los días felices. Iniciados nuestros procesos, nos enteramos de lo que el otro estaba planeando. Con el paso del tiempo, al ir tomando conciencia de que estaríamos teniendo dos montajes de la misma obra en la misma ciudad y de lo peculiar de tal situación, decidimos reunirnos y, entonces, construirle un sentido a la coincidencia. De ahí nace Variaciones sobre Beckett: Los días felices. El proyecto aspira a desbordar la experiencia por fuera del tiempo y el espacio de la función.

Ulises Vargas (UV): Y para que ninguno se quedara con las ganas, decidimos aplicar como un díptico a la convocatoria del Fondo Municipal para las Artes Escénicas y la Música 2013, y el proyecto fue seleccionado.


Considerando a Beckett un autor poco complaciente, políticamente incorrecto, y que además exige cierta penetración filosófica, ¿por qué elegirlo? 
BC: Me permito diferir. Creo que la dimensión filosófica es complicada y profunda. Sin embargo, no considero que la lectura de un espectador tenga que pasar necesariamente por ahí, o al menos no desde una lectura filosófica como la academia pueda entenderla, sino como una revisión interior del lugar que cada uno ocupa en la realidad. Y eso, al final, es filosofía, individual y empírica, que no exige conocimientos previos, o sí, pero los de la experiencia únicamente. La complacencia y la corrección política, por otra parte, son males que nos aquejan y —coincidiendo con tu señalamiento— es precisamente por ello que interesa escuchar a Beckett.

UV: A Beckett, aunque ya lo había leído, llegué de rebote después de haber trabajado y estudiado la obra de Sarah Kane. En ambos existe una densidad de tradiciones literarias y artísticas que me parece fabulosa, me gusta perderme en ella, aprender y dejarme tocar. Tanto Kane como Beckett conocían muy bien la raíz de la que provenían y por ello pudieron crear algo nuevo, un estilo, si se le quiere llamar así. Considero que el mejor teatro, el mejor arte, como la filosofía, no puede ser inofensivo. Así es Beckett, te coloca en una encrucijada pero además te conmueve. Te hace (re)pensar y sentir. No me parece estar en un punto en el que pudiera decir que lo he absorbido o que facilitaré el acercamiento del público a su obra. Creo que, cada día, durante cada ensayo y cada función, algo se me manifiesta, así como algo se manifiesta a los actores y algo se le manifestará a cada espectador.

Por otro lado, en Mérida se han realizado varios montajes que dialogan con el universo beckettiano —Del principio al final, Aguantando al taquero, Riñón de cerdo para el desconsuelo, entre otros—, y tanto Bryant como yo quisimos presentarle al público un texto muy representativo de él, aunque cada uno utilizó diferentes traducciones.  


¿Cuál es la vigencia de Los días felices? 
BC: Su vigencia es eterna. Su abstracción metafórica, propia de los discursos absurdistas, está llevada a tal punto en esta obra que no es posible situarla sino en el presente, siempre.

UV: Creo que la vigencia radica en que indaga en procesos profundamente humanos, desde las relaciones interpersonales hasta los procesos existenciales de cada ser. La obra nos presenta a una mujer que es testigo del deterioro del mundo y del de su propio sistema fisiológico y mental, en el cual el lenguaje ya no comunica sino que sirve como ancla para la existencia. Los personajes (las voces, diría Beckett) están al amparo de un Dios incierto, ocurrente y cuya obra es en sí un mal chiste. Es un paisaje desolado (el desierto bíblico al que hace referencia Winnie y que en realidad es uno mismo) en el que el tiempo y el espacio perdieron el sentido y la realidad se presenta como una repetición incesante de fragmentos. 


¿En qué difieren sus versiones?  
BC: Son distintas en todo, salvo en el texto. Empezando porque en ambas versiones se partió de traducciones distintas, con directores, repartos, espacios escénicos/creativos e imagen publicitaria diferentes. Existen sin embargo una serie de “guiños” colocados a propósito que señalan la otra versión, citas que pretenden generar lecturas cruzadas. Ambos directores tuvimos varias sesiones de trabajo para encontrar la forma más inteligente de vincular las dos producciones.

UV: En mi caso, me interesaba realizar una lectura desde las relaciones de Winnie con sus objetos ("las cosas tienen vida") y con la repetición del tiempo reflejada en el espacio. También me enfoqué mucho en el sonido, ya que abordamos el texto como una partitura. Nuestra meta es ofrecer una experiencia sonora en la que nuestra Winnie converge con las Winnies de otros montajes alrededor del mundo, en diferentes idiomas y, por supuesto, con la Winnie del Colectivo El Sótano. 


¿Es desalentador el universo beckettiano? 
BC: Los mundos beckettianos son estériles, desolados, oscuros, postapocalípticos, despojados de humanidad, y la inmediata sensación que producen es de desaliento y tristeza. Sin embargo, a medida que se va uno adentrando en el universo de cualquiera de sus obras, la lectura se tornará optimista. Aun en esos estados de profunda depresión y miseria, el humano late, vive o al menos lo intenta. El intentar una y otra vez, a pesar de que todo conspire para que desistas, es un grito de alegría por sabernos resilientes.

 UV: Sí, lo es [risas].


¿Cuáles fueron las particularidades durante su proceso de trabajo? 
BC: Supongo que al interior de Síndrome Belacqua deben tener muchas anécdotas que desconozco. En cuanto a lo que ocurrió en El Sótano, tal vez lo más relevante fue la errancia. Hubo 5 personas que pasaron por el proyecto y no permanecieron. Si me remonto en el tiempo, incluso podría decir que ni siquiera iba a ser ésta la obra a montar, sino una de Paul Auster que tempranamente escribió bajo inspiración beckettiana, y en cuyo proceso leímos al propio Beckett para entender la influencia, y entre las obras leídas estuvo Los días felices. Aquel proyecto no se concluyó, pero de alguna forma esta puesta en escena es continuación de lo mismo.

UV: Por mi parte puedo decir que ha sido una tortura [risas]. La verdad es que, en mi ignorancia, mi primer impulso al transcribir el texto fue quitarle las acotaciones pero al leer una y otra vez me di cuenta de que sería un error garrafal ya que cada acotación es una acción que detona sentido pero además construye ritmo. Beckett es un genio maquiavélico, te puedo decir. Hizo una máquina muy compleja, casi perversa, pero por lo mismo esférica, real. El equipo tenía muchas ideas sobre cómo resolver (espacial, actoral y musicalmente) la obra, pero poco a poco dejamos que ella nos oriente.  


Beckett establece una relación dialéctica entre el deseo de callar y la necesidad de seguir hablando. ¿Cómo se logra transmitir esa complejidad a nivel escénico?
BC: Quien lo transmite en primera instancia es el propio autor, en la voz de Winnie, cuyo discurso encierra mucho de esa contradicción. Por nuestra parte, optamos por trabajar con la idea del precipicio, no como algo plástico con presencia física en el escenario sino como imagen interior, desde donde situamos al personaje. Cada diálogo emitido es producto de un desgarramiento, de un vaivén indeciso sobre aquella caída libre. Saltar o aferrarse se volvió la herramienta básica para la construcción de sentidos en el trabajo de la actriz, en quien se centra el 90% de la pieza. Los días felices prácticamente es un monólogo y el trabajo que tuvimos Ulises y yo con nuestras respectivas actrices, Xhaíl  y Mabel, fue íntimo e intenso. La obra obliga a la mirada interior, es una construcción desde las entrañas, donde el vacío se vuelve sustancia de trabajo; emociones límite, suicidio, desesperanza, los más horribles temores, todos juntos y condensados en Winnie, y lograr que eso se encarne fue el mayor de los retos. El trabajo con Willie fue más formal y plástico, uno más de los contrastes que la obra plantea entre aquella pareja.

UV: La paradoja que mencionas está depositada en el trabajo actoral de Xhaíl Espadas y Miguel Ángel Canto, quienes dan materia a las voces de Winnie y Willie. La idea ha sido, por una parte, enfocarse en la partitura ofrecida por Beckett y, por otra, construir a cada momento la relación entre los dos personajes. Sabemos que la comunicación no es el fin último del lenguaje en esta obra, sino la existencia. Winnie encuentra en el lenguaje el camino para llenar una existencia en la que la muerte no parece ser una opción, mientras Willie encuentra en el silencio la forma de "desaparecer". Por otro lado, creamos un dispositivo en el cual las cajas, los cofres de aquellos tesoros, cubren el "desierto". Las cajas son vestigios del tiempo, recuerdos (o lo que queda de ellos), en los que Winnie se va hundiendo. Después de analizar el texto y dividirlo en secuencias, creamos una estructura muy sólida en la que Xhaíl y Miguel establecieron secuencias de acciones, cada uno trabajando con la idea de una figura (el círculo para Winnie, la línea para Willie) y una vez creada esta estructura (casi coreográfica) dejamos que se moldee por las relaciones, la densidad de los pasajes y el ritmo. Cabe mencionar que esto funcionó para el primer acto porque para el segundo, en el cual el movimiento se reduce al gesto facial, Xhaíl trabajó a partir de un estado casi de trance provocado por la posición en la que se encontraba, el estado del personaje, las imágenes y los sonidos.


Harold Pinter ha escrito sobre Beckett que "es el más valiente e implacable de los escritores, y cuanto más me hunde la nariz en la mierda, más agradecido le estoy." ¿Qué nos sigue aportando su obra?
BC: Un poco de eso mismo, junto con otras muchas cosas. La mierda ahí está y es adictiva, en buena parte porque siempre nos ha gustado lamernos las heridas. Y sin embargo, no hay concesiones en la dramaturgia de este autor. A pesar de ello, nos dolemos de nuestra miseria, pero creo que vale la pena mirar a este clásico contemporáneo desde otros ángulos, el estético por ejemplo, porque por absurdo que parezca, pocas veces se le mira desde ahí, hay la necesidad de pasar por ahí para rápidamente llegar al plano filosófico, como si la ficción creada fuera el puente para hablarnos de otra cosa. Y es verdad, eso ocurre, pero también ocurre que los mundos que nos regala son fantásticos, mágicos, redondos, seductores, y que uno puede deleitarse sólo en su contemplación, en el goce estético que puede producir la maestría con la que delinea un personaje, la genialidad con la que nos induce a completar el caosmos del que proceden los personajes, aquello que no vemos ahí pero que intuimos, y no hablo de lo metafísico, sino de la ficción extendida más allá de la boca escena. El universo beckettiano es doloroso, en principio. Nunca es placentero mirar la nada, tomar conciencia de nuestra soledad, de nuestras miserias. También podría decir sanador, puesto que atravesar por esas dolorosas realidades nos permite aligerar su peso y andar más livianos. Y, por último, es gratificante.

UV: No sé cómo responder a esta pregunta. Tal vez podría decir que en mí genera mucha compasión. La compasión es un sentimiento que escasea, creo yo. Para mí ha sido muy intenso. Me pone al límite como director y como persona, y sé que para los actores también ha sido así. En muchos sentidos fue como caminar a oscuras.


¿Cuáles son sus expectativas sobre la puesta en escena? 
BC: Larga vida, básicamente. Derroteros imprevistos, públicos diversos, retroalimentaciones formadoras. Lo que se desea después de un año de proceso es cosechar frutos, lo cual en el teatro significa llegar a más gente y de forma más profunda y sensible.

UV: Yo creo que a ambos, tanto a Bryant como a mí, nos gustaría superar el morbo de "a ver cuál montaje es mejor" y provocar un nivel de reflexión no sólo sobre el texto, sino sobre el acontecimiento teatral. Por eso la importancia de las charlas-desmontajes que serán guiadas por creadores y estudiosos de las artes escénicas y el universo beckettiano.

Variaciones sobre Beckett: Los días felices es uno de los proyectos beneficiarios del Fondo Municipal para las Artes Escénicas y la Música 2013.


Variaciones sobre Beckett: Los días felices
Versión de Síndrome Belacqua
Reparto: Xhaíl Espadas y Miguel Ángel Canto
Dirección: Ulises Vargas
Del 01 al 21 de noviembre
20:00 horas
Olimpo. Auditorio “Dr. Silvio Zavala Vallado”

Versión del Colectivo Escénico El Sótano
Reparto: Mabel Vásquez y Bryant Caballero
Dirección: Bryant Caballero
Del 02 al 24 de noviembre
Sábados 20:00 horas
Domingos 19:00 horas
Tapanco Centro Cultural (47 x 68, Centro)

Costo: $50 (general) y $25 (estudiantes e INAPAM)

Las charlas-desmontajes serán:
Martes 12, 19 y 26 de noviembre
20:00 horas
Centro Cultural Olimpo
Videosala
Entrada gratuita


Publicado originalmente en Origama [08.11.2013]