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14 diciembre 2013

Velázquez norteado



 Velázquez norteado
 
El karma de vivir al norte, de Carlos Velázquez (Torreón, 1978), pertenece al grupo de los libros que surgen bajo situaciones-límite. Este límite —en su acepción de barrera geográfica y obstáculo mental— no sólo se refiere al hecho de hacer crónicas sobre una ciudad y al mismo tiempo querer abandonarla cuanto antes, sino también a la línea fronteriza entre el reino de los vivos y el de los muertos, al tono que oscila entre la viñeta paranoica y el relato de horror. Una forma de escritura tan descarnada más que un estilo funda una terapéutica. La enfermedad es el norte. En México, durante el sexenio del presidente Felipe Calderón, la guerra contra el narcotráfico superó las 100,000 ejecuciones. Bajo el clima de violencia imperante, Torreón se convirtió en una fosa común abierta —Torreonistán— y Velázquez crea un fresco a partir de sus vivencias desde una perspectiva más cercana a Breaking Bad que a las notas rojas de los diarios. No encontrará el lector en las casi doscientas páginas la mirada fría del oficio periodístico porque el fin es otro. “Una de las tantas razones que me impulsaron a escribir este libro es que todas las obras que conocía sobre el tema estaban filtradas por la mirada del reportero. Pero no existía un relato autobiográfico de primera mano. Así que me decidí a contar mi historia como padre de una hija, como habitante de la ciudad y como consumidor de sustancias.” Dicho movimiento desde el interior privilegia la honestidad brutal de quien nada tiene que perder porque está de regreso de todo.  

Por momentos Velázquez tiende al soliloquio, como si hablara con cadáveres. En su intención de remover la tierra se ensucia las manos. Así, de pronto, viaja en el asiento trasero de un taxi conducido por un sicario que precisamente disfruta dialogar con los muertos, e intenta salvar su propia vida y la de su hija. O es testigo de una escena de porno hardcore en un bar de oscuras confianzas. Atrapado entre los zetas y el cártel de Sinaloa, examina los pilares que constituyen la identidad torreonense —leche, carne, cerveza, cumbia y futbol— y de paso los disfruta. Se implica en el mal activamente. Y jamás moraliza. Si acaso, paladea la emoción de vivir al borde. El lector puede apreciar de forma inmediata el ritmo, la cadencia y la decadencia que la prosa va chorreando. Gota a gota, se vuelve cómplice. Termina por ceder. El karma de vivir al norte no denuncia la violencia en el país bajo el tono juicioso de los humanistas preocupados en abstracto. A ésos otro libro, quizá la biblia. Si se tratara de un virus, podríamos decir que Velázquez ya está infectado. Únicamente deja un testimonio. No espera un futuro antídoto: sabe que va a morir. La escena concreta en que el evento ocurra y las variaciones forman parte de la trama. Allá va corriendo él con su hija, transpira miedo puro. Cierra la puerta de su casa, se sienta con una botella de vodka y, frente a la mesa, explota en llanto. Velázquez se siente norteado. Una brújula para él, por favor.

–Christian Núñez



El karma de vivir al norte
Carlos Velázquez
Sexto Piso, México, 2013



  Publicado originalmente en Diario La Tempestad [12.12.2013]