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08 enero 2014

La moral de Thomas Bernhard

 
 La moral de Thomas Bernhard
 
Tala, de Thomas Bernhard (1931-1989), aborda problemáticas donde la dimensión moral de los actos humanos es el eje básico de la acción, si acaso podemos llamar ‘acción’ a lo que ocurre durante el inmenso monólogo que se desarrolla en sus páginas. Desde el sillón de orejas en el que relata sus recuerdos a partir de una cena artística a la que es invitado por cortesía de los Auersberger, el autor austriaco hace una crítica del mundo artístico y sus hipocresías, atacando el oportunismo de sus antiguos amigos y su actitud falsa pequeñoburguesa. El hecho de haber utilizado el reciente fallecimiento de Joana, una amiga en común, para celebrar dicha cena, cuyo objetivo principal era homenajear a un actor de teatro que nada tenía que ver con el suicidio de aquélla, detona uno de los monólogos más intensos y viscerales que se hayan escrito jamás. La forma reiterativa de contar lo ocurrido produce un efecto de circularidad hipnótico. Bernhard repite una y otra vez los elementos de la trama y los concatena a sus impresiones personales, abusando del recurso con una maestría diabólica. La sensación de observar una cascada verbal majestuosa y terrorífica se apodera del lector. Leer implica dejarse arrastrar por el remolino. Ser golpeado. Dimitir. La subyugante claustrofobia no sólo física —el protagonista de la novela se halla en la sala de los Auersberger, a oscuras, recluido en sus razonamientos devastadores, lejos de la mirada ajena— sino filosófica y existencial sirve a Bernhard para colocarnos en el bando de los marginales, quienes a menudo se autoexilian de su entorno social. A esta especie de observadores de la desgracia humana pertenecen muchos personajes de ficción, desde Holden Caulfield hasta los coléricos antihéroes de Fernando Vallejo, otro endemoniado, y las criaturas maltratadas de John Steinbeck. Bernhard conmueve precisamente por la soledad que descubre a su alrededor, que él mismo persigue porque no encuentra mejores opciones, y gracias a la cual mantiene cierta pureza de espíritu. Lo que reprocha a los Auersberger, a sus colegas artistas de generación, a la ciudad de Austria y al universo, es la simulación en la que han caído en nombre del arte y la cultura. Precisamente porque él mismo se dedica al arte y la cultura, denuncia la corrupción que lo rodea esa noche, síntoma de una sociedad enfermiza y de un sistema de relaciones humanas en decadencia. Y gracias a ello se salva. El moralista Bernhard pone punto final a viejas cuestiones que todavía hoy siguen vigentes, y en su denuncia del manoseo artístico nos identificamos.  

Todas esas gentes que un día fueron realmente artistas o, por lo menos, artísticas, no son ahora más que las máscaras y las cáscaras de lo que un día fueron; sólo tengo que oír lo que dicen, sólo tengo que mirarlas, sólo tengo que entrar en contacto con sus creaciones para sentir lo mismo que siento ahora en relación con este banquete, con esta insulsa cena artística. Qué ha sido de todas estas gentes en estos treinta años, pensaba, qué han hecho todos estos seres de sí mismos en estos treinta años. Y qué he hecho yo de mí mismo en estos treinta años, pensaba. En cualquier caso, es deprimente ver lo que estas gentes han hecho de sí mismas en estos treinta años, qué he hecho yo de mí, de todas esas condiciones y circunstancias en otro tiempo felices, todas esas gentes han hecho condiciones deprimentes y circunstancias deprimentes, pensaba en mi sillón de orejas, lo han convertido todo en algo totalmente deprimente, toda su felicidad en nada más que depresión, lo mismo que yo he convertido mi felicidad nada más que en depresión. Porque indudablemente todas esas personas fueron un día, es decir, en aquella época, hace treinta, incluso sólo veinte años, seres felices, fueron felices, y ahora no son más que seres deprimentes, deprimentes como yo, en fin de cuentas, no soy más que deprimente y no soy feliz, pensaba en mi sillón de orejas. De nada más que felicidad han hecho nada más que catástrofe, pensaba en mi sillón de orejas, de una pura esperanza, una pura desesperanza. Porque si miraba a la sala de música, miraba francamente nada más que la desesperanza, pensaba en mi sillón de orejas, nada más que desesperanza humana y, por decirlo así, nada más que desesperanza artística, ésa es la verdad.

Poco antes de fallecer, Bernhard prohibió la puesta en escena de sus obras de teatro en Austria. Tala, una de sus últimas novelas, se publicó en 1984, apenas cinco años antes de su muerte. Hay que leerla como un testamento.

–Christian Núñez

 
Tala
Thomas Bernhard
Traducción de Miguel Sáenz
Alianza Editorial, 2007