Dado que toda escritura puede postularse como un palimpsesto con capas de sentido superpuestas,
no siempre configuradas alrededor de un nodo centralizado, cuyas
interpretaciones se multiplican rizomáticamente, emulando las raíces vegetales
mediante una abstracción de segundo grado, así Monolitos Urbanos: Topología y Proximidad, clúster rústico de papel y tinta de Felipe Mazzeo, dibuja tensiones entre estética y discurso, urbanismo y
ecología, marginalidad y focalización, conceptos que tejen redes nuevas a
partir de materiales efímeros, residuos generados por inercia debido al consumo
vertiginoso en ciudades que ya empiezan a revelar síntomas de cansancio/desgaste,
escenarios para futuros distópicos, así Mérida como superficie rugosa se vuelve
protagonista de un eco: miles de voces marginales, de palabras perdidas en documentos
derivativos, se transforman, adquieren gracias al papel devenido en tótem estriado
la personalidad de Frankenstein: somos y no somos, somos dos abismos—un pozo mirando fijamente al cielo, ha escrito Pessoa en el Libro del
Desasosiego, así Mazzeo aglutina una serie de imágenes con el remanente del
consumismo gracias a un salto conceptual pantagruélico, una bofetada con guante
blanco que te invita, lector, a flirtear con
el ecologismo, a responder preguntas que el Gato de Cheshire dejaría en
suspenso, de modo que la obra no comprometa al gato, ni al autor, ni al viajero
infeliz mientras examina su mapa, no señale hacia dónde dirigir los pasos, cómo
plantarse ante los dilemas y de qué
color elegir el cristal para mirarse en el espejo, toda vez que estamos
condicionados a interpretar lo que conviene, a repetir determinadas moralejas
según la fábula en curso, ciertamente disonante, a favor o en contra, así como
Lucky emite un hermoso galimatías en el primer acto de Esperando a Godot, puesto que Beckett retrata vagabundos para
transmitir conceptos metafísicos en sus obras, también Mazzeo, en su proceso
creativo, integra la marginalidad como detonante de hallazgos simbólicos, y como
Radiohead rastrea emisiones radiofónicas fantasmales en sus composiciones de free jazz—el bullicio, ese activador de
experiencias sonoras: se compran
colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas, o algo de
fierro viejo que venda—, también Mazzeo cultiva el gusto por la acumulación
aleatoria de sonidos callejeros, pájaros, campanillas, automóviles, un aleph heteróclito,
una constelación que participa del reciclaje, por la cual Borges quizá guiñaría
un ojo, tal vez dos, en complicidad frente al nuevo jardín de senderos que se
bifurcan, Mazzeo lucha contra la repetición mediante la repetición, contra el
serialismo a partir del serialismo, contra la abstracción a través de
abstracciones, y el resultado es, por decir lo menos, compacto y elocuente, resulta curioso cómo su proyecto, en medio del auge inmobiliario de la urbe,
justo cuando se ofertan, a distintos precios y latitudes, terrenos de inversión
cercanos a las zonas costeras, traza un camino distinto: dónde se ubica Mérida
como ciudad sustentable, qué papel jugamos
en el ciclo de la publicidad impresa y otros productos comerciales germinados con frenesí masivo dentro de la metrópoli, cuáles son los peligros de no aplicar una
serie de medidas a favor del uso responsable del mismo, y cómo saldremos del
círculo vicioso, reflexiones que de ninguna forma comprometen posibles lecturas
a futuro, desde nuevos ambientes o lenguajes, por supuesto, bajo la premisa de
mirar, solo mirar, lejos de la ortodoxia, el papel de la memoria, la memoria
del papel, dado que toda escritura es palimpsesto.