no-lugar
JDR: Manual de
cacería transcurre en una especie de no-lugar, un espacio impersonal que
podría ser un aula, un laboratorio, un salón de clases. Uno de estos lugares en
los que uno está de paso. El que sea de color blanco le da una categoría de
portaobjetos, como cuando examinas un organismo en el microscopio. Y a medida
que van apareciendo objetos e imprimiendo una huella, el espacio queda marcado; lo que se forma es
una especie de paisaje de objetos, que al final se convierte en una
escena del crimen. Somos tres
actores, cada uno cuenta dos relatos—uno personal y otro de una conducta
criminal ya documentada, lo cual permite que se pueda referir un testimonio y
al mismo tiempo ponernos en lugar de otro que fue juzgado y condenado por
nuestro sistema de justicia. Con ello, señalamos la posibilidad de que tanto el
espectador como el actor tienen algo que decir sobre la violencia; no es un
problema de criminales y policías, sino una construcción social.
AM: Estéticamente, el manejo de los objetos es fundamental porque
tratamos de crear metáforas con ellos. No es
cualquier objeto el que veremos sobre el escenario, sino el objeto. El
manejo de éstos—cómo se van usando, cómo se van presentando, cómo la unión de
dos objetos puede dar una tercera lectura—es muy importante. Asimismo, en el
momento en el que Manual de cacería cobraba forma, tomábamos un curso de
cine con Jorge Prior, y dijimos: Vamos a presentar las historias como un
documental.
Esta caja impecable se ve intervenida por cada
escena del crimen que al final es una sola. Y se hace sutilmente, sin
mostrar el tipo de violencia efectista a la que estamos expuestos diariamente
en los medios de comunicación.