CONEJOBELGA

03 junio 2013

My favourite things



 My favourite things

Sueño con esto. Si pudiera meter a una caja las obras que me han procurado ratos felices, pondría, sin orden fijo, en contra de las jerarquías, varias canciones, fragmentos de libros, poemas y reflexiones. Desde niño soy así. Sueño con alejarme y guardar en una mochila lo que permitiría mi subsistencia en otro universo. Como es de suponerse, tengo una selección de autores favoritos, un engargolado del cual tomo epígrafes, epílogos y epitafios. Si pudiera guardar en un objeto mis cosas favoritas, preferiría una caja fúnebre. Pondría papelitos de citas que he apuntado al azar, notas dispersas y transcripciones pormenorizadas de ensayos. Enterrar eso. Llevarlo al más allá. Mi triunfo. 
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Los Cuadernos 1957-1972 de Cioran engloban una cantidad suculenta de contradicciones. Epítetos para Cioran: un autor esencialmente contradictorio, un hijo bastardo del tedio, el padrastro de los pensadores malditos. Igual que Beckett. Yo prefiero a este par delante de pesimistas como Nietzsche. En Nietzsche había un optimismo orgulloso y humillado al mismo tiempo, difícil de sostener. Habrá muerto loco por eso. La mirada de Cioran no tiene desahogo. Beckett y él han visto puros pedazos, montoncitos de piedras. Un Superhombre castrado.

Sartre había descrito un personaje, Antoine Roquentin, alejado espiritualmente de los hombres que, desde los cafés de Bouville y su habitación-refugio, despotricaba en nombre de la contingencia su náusea por la vida. Gaspar Noé actualiza el mito. El carnicero de Seul contre tous/Solo contra todos (1998), un misántropo incestuoso atrapado en la rutina del desempleo, va hilando un monólogo que rompe con la sociedad y sus fariseísmos radicalmente. Una de las mejores secuencias, a mi gusto, es la del cine porno. El destino de la especie humana reducido al mero acto de coger.

Cioran, Roquentin y el carnicero interpretado por Philippe Nahon consolidan una trinidad perfecta sobre cuyo eje gira la menopausia social mencionada en El crimen perfecto, de Jean Baudrillard: “Antes teníamos unos objetos en los que creer, unos objetos de fe. Han desaparecido. Pero teníamos también unos objetos en los que no creer, función tan vital como la primera. Unos objetos de transición, irónicos en cierto modo, objetos de nuestra indiferencia, pero objetos en cualquier caso. Las ideologías desempeñaban bastante bien ese papel. También han desaparecido. Y sólo sobrevivimos gracias a un acto reflejo de credulidad colectiva que consiste no sólo en absorber todo lo que circula bajo el signo de la información, sino en creer en el principio y en la trascendencia de la información, sin dejar de sentirnos profundamente incrédulos y refractarios a este tipo de consenso reflejo. Al igual que los siervos jamás creyeron que eran siervos por derecho divino, nosotros no creemos en la información por derecho divino, pero actuamos como si así fuera. Detrás de esta fachada crece un principio de incredulidad gigantesco, de desafección secreta y de denegación de cualquier vínculo social.”

La filosofía era un objeto de fe y en los últimos cien años se transformó en una disciplina desobediente, antidogmática. Ahora está en peligro de extinción, y es casi un chiste que la mayoría de la gente no se haya dado cuenta. Van a seguir dormidos en una especie de sueño sin ruido ni furia. Un sueño sin idiota, sin Shakespeare.

En tiempos de apatía, Cioran reconforta. Lo leo a menudo, no de forma sistemática (su pensamiento lo impide), ni como un trasnochado existencialista (tengo que trabajar al día siguiente), sino para estrechar lazos con el cementerio. Las ideas y los ataúdes son epitafios mutuos. Un monólogo que lo constata es El desbarrancadero, de Fernando Vallejo. El argumento: el hermano del escritor está muriéndose de SIDA y él regresa a Columbia, su país natal, para escoltarlo. Y despotrica contra Colombia. Y despotrica contra su familia. Y despotrica contra Dios y el Papa. Vallejo donó el dinero del premio Rómulo Gallegos a una asociación protectora de perros. Toda la rabia contra la muerte y el horror vacui salvaron cientos de vidas.

Es real. Vivo en una ciudad pequeña, con gente de cabeza grande y escaso interés en la filosofía, la poesía, la literatura, el cine, las artes visuales. Quienes conocen de esto, relativamente, se pelean entre sí para ganar espacios. Los grupúsculos abundan. Los odios y egos enfermizos. Ante la cantidad pavorosa de basura cultural generada en la región, una reacción heroica es distanciarse. Tanto manoseo, tantos farsantes, y tan pocas balas. En Aproximaciones al desarraigo, ensayo contenido en El mundo como supermercado, Michel Houellebecq se pronuncia a favor de una revolución fría, esto es, una absoluta indiferencia ante el flujo de información y publicidad que nos rodea. Conexiones entre sus palabras y las de Baudrillard las hay, y muchas: “Es muy fácil de hacer; de hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una posición estética con relación al mundo: basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos.”

Pienso en Tala, de Thomas Bernhard, en el odio que Bernhard siente hacia la pareja Auersberger, porque representa la prostitución de sus altos ideales artísticos. Y pienso en cómo se aprovechan del cadáver de Joana, la amiga recién fallecida, para rendirle tributo en su cena artística. Gente como los Auersberger crece bajo las piedras de Mérida. Gente como Joana se cuelga del techo y los Auersberger sacan partido. Es raro que Baudrillard diga que “contra la perfección del sistema, el odio es la única reacción vital.” No olvidemos el suicidio. Ni el sillón de Thomas Bernhard. Ni la caja de nuestras cosas favoritas. Hagan la suya.
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PD. Pues bien, hace dos semanas volví a leer un poema de Bukowski, El genio de la multitud, y me dije: así quiero terminar.

hay suficiente traición, odio, violencia, necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejército o cualquier jornada

y los mejores asesinos son aquellos que predican contra eso
y los que mejor odian son aquellos que predican amor
y los que mejor luchan en la guerra son al final aquellos que predican paz

aquellos que hablan de dios, necesitan a dios
aquellos que predican paz, no tienen paz
aquellos que predican amor, no tienen amor

cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben
cuidado con aquellos que están siempre leyendo libros
cuidado con aquellos que detestan la pobreza
o están orgullosos de ella
cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio
cuidado con aquellos que censuran con rapidez
tienen miedo de lo que no conocen
cuidado con aquellos que buscan constantes multitudes
no son nada solos
cuidado con el hombre corriente, con la mujer corriente
cuidado con su amor, su amor es corriente
busca lo corriente

pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial al odiar como para matarte
para matar a cualquiera
al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir cualquier cosa
que difiera de lo suyo
al no ser capaces de crear arte
no entenderán el arte
considerarán su fracaso como creadores
sólo como un fracaso del mundo
al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es incompleto
y entonces te odiarán
y su odio será perfecto

como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre
como cicuta

su mejor arte


  [Fotos: conejobelga]