CONEJOBELGA

06 junio 2012

el club silencio

    
Todas las voces muertas hacen un ruido de alas.

1. Me pregunto si el siguiente ensayo debería ser extenso. De seguir la lógica del título, lo mejor sería frenarlo justo ahora. Sin embargo, me hago concesiones. Lo quiero escribir. Diré: silencio. Antes de darme por vencido.

2. La escena del teatro de Mulholland Drive, en la que un presentador anuncia el número de la Llorona de los Ángeles, Rebekha del Río, podría servir como metáfora. La cantante se desploma en medio del escenario en el momento climático de su tema, un doloroso gemido a capella titulado Llorando. La pista continúa. Inmediatamente, el tipo del saco rojo y un tramoyista recogen del piso a la mujer y se la llevan tras bambalinas. Las dos protagonistas del filme lloran. Se genera un miedo terrible a lo desconocido. Recordamos lo que previamente había dicho el presentador: «No hay banda. Esto es una grabación.» En la escena siguiente, Rita y Betty, al abrir la primera una misteriosa cajita azul, serán transportadas a una realidad paralela.

3. El silencio es así. Nace del lenguaje y contra la palabra. Pervierte desde adentro a la mujer llorando y mientras ella grita, él prepara su aniquilación. A través del silencio se intuye la muerte y el horror al vacío. Aquí está el pánico. Un maestro de ceremonias y un tramoyista vienen por nosotros.

4. Un gran escritor del mutismo fue Samuel Beckett. Los rasgos formales de sus obras (elipsis, reiteraciones, fragmentación, deconstrucción, austeridad y crisis verbal) y el contenido de las mismas (vacío, incertidumbre, angustia metafísica, sensación de que ha llegado el fin) conducen al paisaje blanco del silencio definitivo. Después de Beckett sólo hay derrota. Su discurso es autófago, se destruye a sí mismo a medida que avanza. Y no avanza en el sentido tradicional del término: repta. La mayoría de las veces la prosa está golpeada, es un saco de huesos. Los personajes, vagabundos en el límite. La sintaxis, telegráfica. Beckett redacta monólogos, misivas fúnebres. Los libros han muerto.

5. Las fotografías de Beckett dibujan un rostro en el que la vida está ausente. Duro, vegetal, con arrugas en todas partes. Los ojos mirando un lugar impreciso. ¿El más allá? ¿El podrido más allá? Tal vez.

6. Semejante al de Cioran, el mensaje de Beckett es el de la vida como sufrimiento gratuito, desde el polo de la cuna, sostenido, hasta el del ataúd. Incomprensible, no hay nada que comprender. Patético, tragicómico, circense. Vladimir y Estragón, los payasos de la existencia, no se deciden a colgarse del árbol o seguir esperando. ¿Pero esperando qué? Lo ignoran. Y si alguien llegara –el supuesto Godot–, ¿para qué vendría? Lo ignoran. La historia se repite, los días transcurren y un niño enviado por Eso Incognoscible asoma diciéndoles: Señores, Todavía No, Esperen Otro Tanto.

7. En Decasia, filme de Bill Morrison, el silencio se traduce a tiras de imágenes desvaídas por el tiempo y amenazadas constantemente por el blanco, la forma más pura de la nada, al compás de una sinfonía progresiva. Sacamos tres conclusiones. En primer lugar, el silencio recurre a otros contenidos, vaciándolos de significado, mas nunca opera solo. Además, requiere de tales estructuras, puesto que todo parásito necesita un cuerpo. Finalmente, el silencio cobra fuerza a partir de las palabras, los ruidos, las figuras, detonándolas y esparciendo moscas en torno a los restos. No hay silencio puro, así como tampoco existe el color blanco. El mutismo nace de la palabra, infecta sus órganos: es un cáncer que resiste cuando todo yace muerto.

8. Quien se dirige al mutismo por convicción intuye algo; su actitud refleja un aprendizaje espiritual profundo. “¿Lo dicho? Todo es lo mismo. La misma nada. La misma apenas nada”, confiesa Beckett. ¿Qué hacer? ¿Cuál es el camino indicado? ¿Hacia dónde dirigirnos?

9. Susan Sontag, en su ensayo La estética del silencio, menciona que únicamente puede aspirar al mutismo el artista que ha demostrado superioridad respecto a sus pares. La afirmación, más allá del barniz aristocrático, implica también una toma de postura sobre la vida artística y un cuestionamiento radical, por extensión, del mundo. El que guarda silencio en el arte no es menos valiente que el condenado a la horca en el patíbulo.

A pesar de la limitación enorme que conlleva la creación desde los postulados del silencio, Sontag explica que difícilmente el artista que opta por esta vía llega al extremo de quedarse literalmente callado. «Lo más común es que continúe hablando, pero de modo tal que su público no pueda oírlo.» Las obras adquieren así un hermetismo sorprendente. Kafka, Duras, Bellatin y varios más desarrollan narrativas que cuestionan el papel del lector y no le ofrecen (casi) ninguna pista.

En el caso específico de Beckett, se sirve del silencio como factor de ruptura entre sus personajes y el mundo. Ninguno anhela vivir, insinúan el suicidio, la tentación es inmensa, pero no se matan. El tema recurrente de estos clochards metafísicos es el de la conciencia queriendo abolirse. De ahí la aspiración al vacío y a la nulidad verbal manifestada en textos límite como Rumbo a peor y el deterioro lingüístico extremo de Cómo es. Las palabras  de los vagabundos beckettianos se ahogan en el balbuceo y procuran la disminución de la capacidad comunicativa, pues su finalidad no es el contacto sino la fuga del mundo.

Compañía incluye un fragmento que sin duda Beckett asumiría como su arte poética: «Una voz apagada al máximo de su potencia. Va menguando poco a poco hasta volverse casi inaudible. Luego recupera despacio su débil potencia máxima. A cada lento reflujo nace la esperanza de que se extinga. Ha de saber que volverá a oírse. Y, sin embargo, a cada lento reflujo nace, lenta, la esperanza de que se extinga.»

Volviendo a Sontag, para cerrar de una vez nuestra boca, debemos decir, con sus palabras, que: «El vacío genuino, el silencio puro, no son viables, ni conceptualmente ni en la práctica. Aunque sólo sea porque la obra de arte existe en un mundo pertrechado con otros múltiples elementos, el artista que crea el silencio o el vacío debe producir algo dialéctico: un vacío colmado, una vacuidad enriquecedora, un silencio resonante o elocuente. El silencio continúa siendo, inevitablemente, una forma del lenguaje (en muchos casos, de protesta o acusación) y un elemento del diálogo.»

10. Las estaciones de la vida, del director Kim Ki-Duk, nos alecciona con la escena de un monje budista que, al término del otoño, decide prenderse fuego sobre una balsa. La noble actitud del anciano, su estoicismo heroico, le obligan a permanecer tranquilo ante su propia extinción. Se cubre los ojos y la boca, y en ésta escribe la única oración con la que siempre nos morimos: Silencio.

11. Y bien, ¿nos callamos? 




Imagen: Not I, Jessica Tandy as Mouth