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22 diciembre 2014

La práctica del ensayo



 
La práctica del ensayo
Christian Núñez
 

El ensayo es camaleónico por naturaleza, y hay cierta contradicción en decir cómo debe practicarse. Pero quizá algunas recomendaciones para los menos expertos sean útiles. Como decía Kalimán, es cosa de serenidad y paciencia.


Encuentra la libertad en la pérdida de ella. Sólo estableciendo límites precisos podemos abordar el acto creativo de manera eficaz, entendiendo eficacia como el perfecto equilibrio fondo-forma. Esto no significa de ninguna manera encorsetar el discurso, sino más bien sujetarnos a ciertas condiciones para ser más certeros. Circunscribirnos.

Elige un tema. Puede ser prácticamente cualquiera, siempre y cuando te interese lo suficiente para leer sobre él, investigar cuanto sea necesario, desvelarte y recorrer sitios web inhóspitos en busca de información.

Toma notas. Siempre es bueno llevar una libreta (de preferencia roja) que te permita apuntar ideas al vuelo, epifanías domésticas o simples comentarios insignificantes que luego, quizá incluso muchos años después, cobrarán una importancia desproporcionada.

Establece objetivos. Evita pensar que la escritura es demasiado laxa como para extenderla por años (a menos que seas Elias Canetti) o tan inmediata como para generar novelas de 144 caracteres. ¿O por qué no? Si eres de emociones fuertes, y te gusta arriesgarte, haz un ensayo cuya escritura dure 20 años, escribe una novela hiperbreve en un tweet. Pero establece objetivos.

Aprovecha la promiscuidad conceptual. Con ello nos referimos precisamente a la inclusión de todo tipo de referencias en tu discurso, no necesariamente literarias, ni eruditas, ni forzosamente intelectuales. Si te interesa el tema de las navajas suizas, puedes investigar sobre las herramientas en el catálogo de alguna tienda departamental, o en una tlapalería. Si quieres hablar sobre la violencia en México, quizá sea interesante rastrear información sobre las estructuras de poder y el patriarcado en tu núcleo familiar y en tus propias vivencias. El nivel de promiscuidad es directamente proporcional a la ambición de tu obra. Irás tan lejos como pretendas.

Haz un índice. Pero no te sometas a él. Úsalo como marco de referencia, no como camisa de fuerza. Puedes irte por las ramas, recuerda que la digresión es importante. El pensamiento lateral cumple una función básica: la transversalidad de ideas. Acuérdate del rizoma y sus vastas posibilidades.

Juega con los géneros. Intenta pensar en algún punto de tu ensayo que estás escribiendo una novela. Experimenta con los distintos registros, valora la esquizofrenia del acto creativo: ¿por qué defender una idea si puedes contradecirla? ¿Para qué fijar una postura, si quizá en otro momento la vida te llevará a convicciones contrarias? ¿Acaso la novela o el teatro no incluyen valiosas digresiones? ¿Acaso el dibujo no es una especie de ensayo visual? Cuestiona todo, y relativízalo. La verdad última es efímera, como todo.

No desdeñes el aforismo como forma de ensayo hipersintético. Acuérdate de Nietzsche, pero sobre todo de Cioran. Más vale una sola bala en el pecho que mil esquirlas innecesarias. Sé breve y letal.

Escribe bajo presión. Puede ser una buena manera de probarte a ti mismo. Lleva las cosas al límite, no te molestes en limpiar la mesa de tus ideas: desordena todo, encuentra la lógica del caos, poco a poco irá emergiendo una forma. La santa estructura. El estrés psicológico agiliza este proceso.

Aborda la filosofía como un género literario. O como una forma de ensayo ilustrado (en el sentido kantiano y en el de las novelas gráficas, ¡simultáneamente!). El ensayo filosófico eleva el nivel del discurso, proporciona herramientas cognitivas y una visión panorámica. Háblale de tú a Platón, a Foucault, a Lacan. Te asombrará descubrir cuánto tienes en común con ellos.

No creas nada de lo que está escrito aquí. Organiza tu propia teoría general del ensayo. Ensaya tu ensayo. Haz poesía con las ideas. Asocia elementos que aparentemente no tienen nada en común. Deconstrúyelos. Vete a jugar al parque, abandona tu escritorio. No desdeñes la experiencia directa, la exploración del mundo. Huye al mar.